Sílvia Alemany no era ni adolescente ni hermosa, y era de constitución delgada por naturaleza, sin necesidad de ayudas adicionales. Se parecía a su hermano, pensó Héctor, aunque le faltaba encanto o le sobraba autosuficiencia. Si en su momento había comparado a Víctor con Michael York, su hermana le recordaba vagamente a Tilda Swinton, una actriz a la que admiraba a pesar de que sus papeles solían ponerlo nervioso. Era consciente de que gran parte de su mal humor procedía de la charla con Savall de hacía un rato, pero también de que una porción significativa la provocaba aquella mujer educada y altamente razonable que tenía sentada al otro lado de la mesa.
El despacho no era en absoluto ostentoso, lo cual le había sorprendido. Más bien parco en detalles, de una austeridad que tenía poco que ver con lo que él había imaginado al pensar en una empresa dedicada a la estética, el espacio engañaba: Sílvia Alemany no era, sin lugar a dudas, una mujer sencilla.
– La verdad es que no sé en qué podemos ayudarle, inspector. Aún estamos en shock por la muerte de Sara; en realidad, sabemos pocas cosas de la vida privada de nuestros empleados. Nunca habría sospechado que Sara fuera tan… infeliz.
– No era una mujer con muchos amigos, ¿verdad?
Sílvia se encogió de hombros, como dando a entender que eso no era asunto suyo.
– No tengo la menor idea de si tenía amigos o no fuera de aquí. Personalmente creo que Sara no era de las que trababa amistad con sus compañeros de trabajo, sin embargo, eso no implica que no los tuviera en otros ámbitos.
Por supuesto. Nadie podía quitarle la razón en eso.
– ¿Y Gaspar Ródenas?
Sílvia tomó aire antes de contestar.
– Inspector Salgado, ya hablé con sus compañeros sobre Gaspar -replicó con voz entre seria y fatigada-. No veo qué relación guarda con la muerte de Sara.
– Tampoco yo lo tengo muy claro aún -dijo Héctor, mientras sacaba la foto de grupo de la carpeta-. No obstante, resulta cuando menos raro que dos de las personas que aparecen en esta imagen hayan muerto, ¿no cree?
Ella ni siquiera miró la foto.
– Yo no lo calificaría de raro, inspector. Triste, tal vez.
– ¿Cuándo se tomó la fotografía?
– El año pasado, en marzo o abril, no lo recuerdo. Y no sé qué…
Héctor la interrumpió a propósito.
– ¿Fue una salida de empresa?
– Fueron unas jornadas de team building. No sé cómo traducírselo… -El tono condescendiente apareció de nuevo.
– Sé lo que es, gracias. Veo que usted también asistió.
Ella sonrió.
– Ocupar un cargo directivo no implica estar fuera del equipo, inspector. Más bien al contrario. Solemos organizar varias jornadas similares a lo largo del año, con diferentes empleados.
– ¿Puede darme los nombres del resto?
Sílvia miró la foto, como si no recordara con exactitud quién había participado.
– El hombre moreno, de cabello muy corto, es Brais Arjona, brand manager de la línea Young; a su lado está Amanda Bonet, responsable de diseño…
– ¿De la misma línea?
– Sí, aunque no en exclusiva. No sé si sabe que Laboratorios Alemany ha experimentado un gran crecimiento en los últimos años. Nuestros envases habían quedado anticuados y, cuando contratamos a Brais Arjona, éste insistió en la modernización del packaging del producto. Fue él quien propuso a Amanda. Y, por supuesto, ella se ha ocupado directamente del diseño de la nueva línea.
– Comprendo. ¿Y los demás?
– Aparte de mí, está César Calvo, responsable de almacenaje y distribución. -En la foto, César la abrazaba por los hombros, así que en tono frío añadió-: Y mi prometido. Nos casaremos en unos meses. -Sin dar tiempo a otros comentarios, prosiguió-: Manel Caballero, el chico más joven, forma parte del departamento de I+D, investigación y desarrollo.
Héctor no acababa de decidir si Sílvia Alemany le explicaba conceptos obvios por pura amabilidad o con la intención de irritarle. En cualquier caso, le irritaba. Si ella se percató del ceño fruncido del inspector, no le prestó la menor atención.
– Octavi Pujades, el de más edad, es nuestro director financiero desde hace años; ya lo era en la última etapa de mi padre. Y los otros dos son, como usted ya sabe, Gaspar Ródenas y Sara Mahler.
– Si no recuerdo mal, Gaspar pertenecía al mismo departamento que el señor Pujades, ¿no es así? ¿Es habitual en esas jornadas que asistan dos personas del mismo departamento?
Ella sonrió.
– Eso depende. En ocasiones se organizan por departamentos, para cohesionar el grupo. En otras, como ésta, se trata de acercar a personas de distintas divisiones. Así que la respuesta es no, no es habitual en este caso.
– ¿Cómo se escoge a los participantes?
– Bueno -Sílvia mantenía aquella sonrisa amable-, no se trata de un sorteo, la verdad: el azar y la empresa no casan bien. Brais y Amanda llevaban meses de intensa colaboración, con los roces que eso siempre comporta, y pensé que les iría bien colaborar en un ambiente distinto. Al mismo tiempo, me pareció conveniente que establecieran un contacto más personal con los responsables de otras áreas: César, Octavi y yo misma. A veces los perfiles creativos como los suyos tienden a olvidar que forman parte de una realidad más amplia, que existen otros empleados que se ocupan de temas más tangibles. El grupo se equilibra también por edades, así que se escogió a Manel Caballero, de I+D, y a otra persona de ventas que finalmente no pudo asistir. Gaspar Ródenas pertenecía al mismo rango, así que, aunque también era de finanzas, decidimos incluirlo.
– ¿Y Sara Mahler?
– Bueno, para ser sincera, me temo que a veces el personal administrativo se siente un poco excluido. Necesitábamos una mujer más, para compensar, y Saúl y yo pensamos en Sara.
– ¿Saúl…?
– Saúl Duque. Es quien se encarga de organizar los detalles de estas actividades. Mi segundo de a bordo. Odio la palabra asistente, tiene algo de servil, ¿no cree? Le ha visto al entrar, su mesa está justo frente a la puerta de mi despacho.
Sílvia Alemany se había relajado. Estaba claro que hablar de los entresijos de la empresa le resultaba agradable.
– ¿Y fueron bien? Me refiero a esas jornadas.
– Ni bien ni mal. Entre usted y yo, inspector, poco a poco voy llegando a la conclusión de que esa clase de actos tienen más un efecto motivador que otra cosa. Las personas se sienten valoradas, lo cual ya es positivo en sí mismo.
Héctor asintió.
– Pero en este caso las jornadas sirvieron para algo más. Al menos para Gaspar Ródenas, ¿no?
Sílvia volvió a ponerse en guardia.
– ¿Lo dice porque posteriormente fue elegido para desempeñar las funciones de Octavi durante su excedencia? Bueno, yo no diría que eso sucediera a raíz de esas jornadas. Se tuvieron en cuenta un par de nombres, y el de Gaspar era uno de ellos.
Mentía. Y cuando mentía su tono de voz adoptaba un ligero tono desdeñoso.