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Ha anochecido cuando Octavi Pujades acompaña con la mirada el coche de su hijo, que se aleja por el camino. Todos se van, piensa sin resentimiento. La noche y la enfermedad combinadas dan miedo. Un perro aúlla no muy lejos de su casa, como si con sus ladridos pudiera ahuyentar a los malos espíritus. Octavi entra en casa y cierra la puerta. El silencio del interior vuelve a golpearle y enciende la televisión, sólo para oír alguna voz. Eugènia duerme arriba, si es que a eso se le puede llamar dormir. Más bien va muriendo lentamente, consumiéndose hasta que ya no sea capaz de abrir los ojos. En los últimos días ha empeorado, su deterioro es evidente, y él apenas soporta verla. El dolor y el cansancio son otra combinación peligrosa: a ratos uno supera al otro y consigue dar fuerzas para seguir luchando, pero hay momentos, como éste, en que la fatiga se impone y lo único que desea, de todo corazón, es que todo termine de una vez.

Desear la muerte de un ser al que ha amado es terrible, y Octavi es consciente de ello. Pero no puede negar la realidad. Aquella casa que los acogió cuando se amaban se está convirtiendo poco a poco en una tumba. En su tumba.

Sentado en el sofá, frente a la chimenea, intenta alejar de su mente esas ideas oscuras. Ha estado esperando que Sílvia le llamara durante todo el día, pero ella no lo ha hecho. Llegará el momento, no le cabe duda. Habló con Víctor ayer. Víctor… tan ilusionado, tan pueril en sus planteamientos… O quizá no, quizá son las personas como él y Eugènia los que han vivido equivocados, encadenados a trabajos, rutinas y obligaciones. Y total ¿para qué? Para acabar muriendo cuando están a punto de disfrutar de un poco de libertad pagada con años de esfuerzo. No, no puede echarle en cara a Víctor Alemany que quiera comprar la suya si tiene los medios para hacerlo.

Los ladridos del perro suenan más próximos, más acuciantes, y Octavi va hacia la ventana y retira los visillos. Como es de esperar, no ve nada. Se queda allí, atento a esos aullidos cada vez más histéricos. Alguien debe de rondar por los alrededores, piensa, intranquilo, antes de subir al cuarto de Eugènia a ver cómo está. A ver si sigue viva o la muerte ha ganado por fin.

«Quiero que me esperes dormida. Que seas mi bella durmiente. Ése será tu castigo, sólo yo gozaré de tu cuerpo esta noche.»

Y Amanda obedece, a sabiendas de lo que se espera de ella. Ha cambiado las sábanas, como hace siempre, y ha puesto unas nuevas de color blanco. Blanco es también el camisón que él le exige para este juego. Blancas son las pastillas que debe tomar para que, cuando él llegue, la encuentre profundamente dormida y disfrute de su cuerpo inconsciente como le plazca.

Las toma sentada en la cama, con un vaso de agua. Sabe de otras veces la cantidad necesaria. Él se enojaría si ella despertara en mitad del juego. Sucedió la primera vez y se mostró tan disgustado que Amanda decidió no volver a fallarle. Se tumba y se deja acariciar por el sueño; imagina lo que le hará él mientras está dormida… Lo ve desnudo, esposando sus brazos inertes, tratando su cuerpo como el hermoso trozo de carne que es. Está a punto de perder el sentido cuando oye abrirse la puerta de su habitación. No es culpa suya si las pastillas no han hecho efecto del todo aún, se le cierran los ojos, le pesa todo el cuerpo y, aunque tiene la sensación de estar soñando, nota que unas manos la agarran por los hombros y la incorporan bruscamente.

Amanda sabe que debería estar dormida. Por eso no se resiste cuando advierte que le abren la boca y empiezan a echarle pastillas, y luego agua, y más pastillas. Con las pocas fuerzas que le quedan consigue tragar, y lo último que piensa es que Saúl estará contento y se quedará a pasar la noche. Así podrá verlo cuando se acabe el juego, cuando recupere la consciencia. Cuando despierte…

Leire

Capítulo 25

Dormías y no he querido despertarte. Tengo que irme. Nos vemos pronto. Un beso. T. Ah, y cuida del Gremlin.»

La nota estaba en la mesita de noche cuando Leire regresó al mundo después de una siesta dominical inusualmente larga. Se había echado un rato sobre las tres y media, convencida de que no dormiría más de treinta minutos, pero al leer el mensaje y mirar el reloj se percató de que eran casi las seis; teniendo en cuenta que ésa era la hora de salida del AVE, ya hacía rato que Tomás se había marchado. Demasiado aturdida para reaccionar con rapidez, se quedó sentada en la cama, con los pies apoyados en el suelo, dudando entre acostarse de nuevo o recomenzar el día a media tarde. Al final optó por lo último, sobre todo porque, aunque pareciera raro, volvía a tener hambre. El Gremlin, como lo llamaba Tomás, le provocaba un apetito voraz en momentos insospechados. O, mejor dicho, casi en cualquier momento, aunque siguiendo los consejos del padre de la criatura no lo alimentaba nunca después de medianoche, por si acaso.

Un rato después, tras engullir un par de sándwiches de queso y comer algo de fruta, se sintió activa, como si en lugar de merendar hubiera desayunado y tuviera todo el día por delante. Que a la jornada sólo le quedaran cinco horas no le preocupó demasiado; empezaba a habituarse a la anarquía de no tener horarios y hacer lo que le apeteciera. «Aprovecha ahora, cuando nazca el niño será él quien te marque la pauta», le había dicho su madre. A Leire le parecía curioso que nadie se refiriera a él como Abel, un nombre que estaba decidido desde meses atrás: para su madre era el «niño»; para Tomás, el Gremlin y para su amiga María, el «bebé». En cambio, ella sí pensaba en él por su nombre, quizá para acostumbrarse a la idea de que muy pronto alguien llamado así ocuparía un espacio fuera de su cuerpo: alguien que sería dormilón o llorón, o las dos cosas, alguien con cuerpo y personalidad propias.

Ese fin de semana Leire y Tomás habían abordado de nuevo el tema de cómo serían las cosas a partir del instante en que Abel abandonara su refugio y se lanzara al mundo. De hecho, fue Tomás quien sacó a relucir la cuestión, de repente y en tono casual, como si todo fuera de una obviedad aplastante.

– Tendré que empezar a buscar un piso por aquí -había dicho justo antes de acostarse la noche anterior-. No puedo seguir siendo un padre okupa para siempre.

– ¿Te vas a instalar en Barcelona? -le preguntó ella, insegura de haberlo entendido bien.

– Será lo más práctico, ¿no crees? Tendré que seguir viajando mucho, ya sabes cómo es mi trabajo, pero puestos a tener un nido de alquiler, lo más lógico es que esté en la misma ciudad que mi hijo.

Era la primera vez que se expresaba en esos términos y Leire se sintió embargada por una absurda sensación de agradecimiento, contra la que trató de luchar, parecida a la que había experimentado el viernes por la noche, a su llegada. Aunque no estaba en absoluto segura de cuáles eran sus sentimientos hacia Tomás, Leire se había mirado en el espejo del recibidor poco antes de que él apareciera y se había visto inmensa, como una modelo de Botero. La idea de que todas las mujeres embarazadas están guapas nunca había cuajado en ella, por eso casi se echó a llorar cuando, nada más entrar, él soltó la maleta, prácticamente se abalanzó sobre ella y, apoyando las manos en sus pechos, murmuró algo así como:

– ¿Me dejas, verdad? Llevo todo el viaje deseando hacerlo. Están gloriosos.

Luego se dedicó a acariciárselos y lamérselos, como si ella fuera una reina del porno y él su más rendido y excitado admirador.

– Bueno, ¿qué dices? ¿Podrás resistir vivir a menos de diez kilómetros de mí? -preguntó él, sonriendo con los ojos-. Prometo no saquearte la nevera.

Leire asintió, consciente a medias de que por lógica tenía más sentido que Tomás se instalara con ella y con Abel en lugar de buscar apartamento propio. Pero si él esperaba que se lo propusiera, tuvo la prudencia de no mencionarlo. Y ella desde luego no lo hizo. El ofrecimiento, o mejor dicho la ausencia de éste, planeó sobre ambos durante toda la mañana del domingo cual objeto volador no identificado, y después de la comida adquirió tal solidez en el aire que Leire se acostó un rato para ignorarlo.