Se vistió como si fuera a salir, aunque al asomarse al balcón le asaltaron las dudas. El tiempo había sido terrible durante todo el fin de semana, y a pesar de que en ese momento no llovía, el aire frío le arañó las mejillas. Malhumorada por esa indecisión que parecía abarcar hasta los aspectos más nimios de su vida, una inseguridad nueva para ella, se le ocurrió de repente que Ruth Valldaura habría sabido qué hacer. Era una idea absurda, improcedente, pero de la que estaba absolutamente convencida. Ruth, que había decidido irse a vivir con Héctor Salgado cuando tenía poco más de veinte años, que había tenido un hijo a los veinticinco, que a los treinta y ocho se había separado para empezar una vida sentimental distinta llevándose a ese hijo consigo, no daba la impresión de ser una persona indecisa. Quizá ahí radicara su encanto, pensó mirando de nuevo las fotos: la aparente placidez escondía una voluntad de hierro, la capacidad de cambiar un camino trazado por otro más incierto sin despreciar a quienes dejaba atrás. Por lo que ella sabía, Ruth había conseguido mantener una buena relación con sus padres, con su ex marido, con su hijo. Personas poco dadas al elogio, como Martina Andreu y el mismo comisario Savall, se habían quedado conmovidas cuando se supo la noticia de su desaparición, seis meses atrás. Y no sólo por el aprecio que sentían hacia Héctor, sino por ella. Por Ruth. E incluso cuando Carol había mencionado que suponía que acabaría abandonándola, lo había hecho con tristeza, no con odio. «El amor genera deudas eternas.»
Le has echado valor a la vida, Ruth Valldaura, le dijo a la foto. ¿Qué más hiciste por tu cuenta? ¿Por qué tenías anotada la dirección del doctor Omar? Eso, al menos, quizá lo supiera pronto. Lo bueno de su posición actual, poli de baja, era que seguía conservando amigos en varios sitios y, a la vez, disponía de mucho tiempo libre. Por eso, después de encontrar el pedazo de papel con la dirección de Omar, había movido sus hilos. No le había costado demasiado conseguir que un conocido de la cárcel de Brians 2 le concediera un permiso especial para interrogar en privado a Damián Fernández, el abogado que asesinó a Omar y que llevaba ya unos meses en chirona a la espera de que se celebrara el juicio. Al día siguiente, el lunes por la tarde a las cuatro, podría hablar con él.
Sin embargo, poco había averiguado sobre la niña de la foto que, según la madre de Ruth, había sido algo más que una amiga para su hija. Patricia Alzina había muerto en un accidente de tráfico en agosto de 1991, a los diecinueve años. Tal como había dicho Montserrat Martorell, el coche que conducía Patricia se había despeñado por la montaña del Garraf y el accidente se había achacado a la inexperiencia de la conductora y a la relativa dificultad de la vía, una carretera plagada de curvas. Lo que Leire no terminaba de comprender era por qué Patricia, conductora novata, había escogido ese camino en lugar de usar la autopista que cruzaba la montaña por dentro en línea recta. Cualquier conductor novel lo habría hecho a pesar del precio del peaje. Pero la madre de Ruth se había negado a dar más explicaciones y Leire tampoco se había visto con ánimos de localizar a la familia de la joven muerta. Al fin y al cabo, el accidente había tenido lugar veinte años atrás… Y Leire no creía en chicas fantasmagóricas que acechaban a sus amigas de la infancia en las curvas de las carreteras. Ni siquiera en noches como ésta, pensó mirando hacia la calle, en que el viento parece capaz de insuflar vida a los muertos. Te estás poniendo macabra, Leire, se dijo. Y Abel, que desde su interior parecía leerle la mente, le indicó con un par de patadas que le apetecía un poco de movimiento. Sin saber muy bien hacia dónde iba, se puso el abrigo de cantautora rusa y salió a la calle.
Era el primer fin de semana de rebajas, y eso había animado a la gente a pesar del frío que había invadido la ciudad con rencor acumulado, como si hubiera estado rondándola durante meses y ahora por fin lograra saquear a unos peatones que regresaban a sus casas encogidos ante su crudeza. Un viento sonoro, de esos que evocan ramas nerviosas y remolinos de hojas secas, asaltaba las calles y flagelaba sin piedad a quienes se atrevían a ocupar unas aceras por las que él pretendía campar a sus anchas, sin obstáculos que frenaran su avance. Leire no había dado ni cuatro pasos cuando pensó en dar media vuelta, pero al ver la luz verde de un taxi que se detenía en el semáforo cambió de opinión. Se le ocurrió de pronto, y aunque la noche no invitaba a aventuras, las ganas de llevar su plan a cabo contra toda lógica vencieron a los elementos sin casi proponérselo.
Después de decir en voz alta la dirección de Ruth, se preguntó por qué diablos había tenido la idea de dirigirse a una casa tan desangelada como los días que se avecinaban. Una casa cerrada. Quizá fuera eso, el zumbido del viento combinado con el ambiente glacial, lo que la empujaba hacia aquel lugar temporalmente abandonado. O quizá fuera que, sin explicación razonable, necesitaba ver de nuevo uno de los escenarios de aquel caso que desde hacía dos días había dejado estancado. Como quien visita una tumba secreta donde no se pueden dejar flores. «Tienes una mamá loca», le dijo a Abel en voz baja. «Pero te prometo que volveremos enseguida a casa. Será nada más un momento.»
El taxi la dejó frente al edificio. La calle estaba tan desierta esa noche como podría haberlo estado el verano anterior, el fin de semana que desapareció Ruth. Leire anduvo hasta la esquina y sólo vio a una pareja paseando a un perro. Durante el mes de julio, con la ciudad más vacía, alguien fuerte podría haber matado a Ruth y haber metido su cadáver en un coche de madrugada con escaso riesgo de ser visto. Pero eso ya lo sabías, se reprendió. ¿Qué diablos estaba haciendo allí entonces, además de gastar dinero en taxis? Levantó la vista hacia el ventanal del piso de Ruth, visible desde la calle. Y, sorprendida, vio que dentro había luz.
Llamó al timbre sin pensar demasiado, creyendo que se trataría de Carol, y sólo un segundo después de hacerlo se le ocurrió la horrible posibilidad de que fuera Héctor quien estuviera allí. Si me contesta él me largo corriendo, se dijo, aunque sabía que, de momento, correr quedaba fuera de sus posibilidades. Le sorprendió oír una voz masculina y joven. No la reconoció, aunque no podía ser otro que Guillermo.
– Hola -dijo Leire-. Soy… soy una amiga de…
No tuvo que terminar la frase. Un zumbido metálico le permitió la entrada en la escalera.
El chico la esperaba arriba, con la puerta entreabierta.
– ¿Buscas a mi madre? -le dijo él sin moverse del umbral. La miraba con una mezcla de curiosidad y suspicacia, que no disminuyó al ver que estaba embarazada.
– Tú debes de ser Guillermo. Me llamo Leire, Leire Castro. Quizá hayas oído a tu padre mencionar mi nombre.
Él asintió, pero permaneció junto a la puerta, impidiéndole el paso.
– ¿Te importa que entre?
Aunque no sabía muy bien qué iba a decirle, tenía claro que se le había presentado una oportunidad de oro para hablar de Ruth con la única persona de su entorno a la que no habría tenido acceso fácilmente. Y no pensaba desaprovecharla.
El chico se tomó sus buenos segundos para pensarlo; luego se encogió de hombros y dio media vuelta, dejándole vía libre. Leire le siguió y entró por segunda vez en aquella semana en ese espacio de grandes dimensiones y techos altísimos. La tumba de Ruth, pensó con un estremecimiento.
El televisor estaba encendido y de reojo vio en la pantalla a una joven rubia en la cama, aunque enseguida se percató de que no era lo que parecía. No recordaba haber visto nunca porno en blanco y negro.
Guillermo se dejó caer en el sofá y ella buscó una silla con la mirada: prefería un asiento menos blando.