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– Trabajas con mi padre, ¿verdad? -preguntó él.

Leire sonrió.

– Bueno, en realidad es mi superior. Pero ahora estoy de baja. Por… -Señaló la barriga. Como temía la siguiente pregunta: «¿Y tú qué haces aquí?», de difícil respuesta sin parecer una lunática, decidió hacerla ella aunque en el tono más amable que pudo adoptar-. ¿Y tú qué haces aquí?

Por un momento creyó que él iba a replicarle con un: «¿Y tú?». Sin embargo, no lo hizo.

– Era mi casa. Ahora vengo a veces.

– Claro. -Guillermo no demostraba hacia ella ni curiosidad ni hostilidad, así que Leire decidió ser franca. Los adolescentes no soportan que les mientan, pensó-. Mira, ya sé que te parecerá raro que haya aparecido así. Sabes… Sabes que seguimos buscando a tu madre.

Guillermo se puso tenso y dejó de mirar a Leire para centrar su atención en la pantalla.

– ¿Estabas viendo una peli? -Ella tenía que volverse hacia el televisor para poder verla.

– Es Al final de la escapada.

– ¿Está bien? No la he visto…

Él volvió a encogerse de hombros. Cuando habló lo hizo sin emoción.

– Era la película favorita de mamá.

Y entonces, tal vez porque quizá Abel la estuviera cambiando, tal vez porque el fin de semana había sido extraño y la tarde de domingo estaba resultando más inesperada aún, Leire sintió algo parecido a la compasión por aquel chico que buscaba refugio en lo que había sido la casa de su madre. Un espacio inmenso y silencioso donde el eco de Ruth estaba por todas partes.

Guillermo debía de tener catorce años, pero no era muy alto y seguía siendo más niño que adolescente. Le observó sin pudor, buscando parecidos, y llegó a la conclusión de que había en él mucho más de Ruth que de Héctor, al menos en lo físico. Su mirada, sin embargo, era seria. Sí, ésa era la palabra. Ni triste, ni emocionada, sólo seria. Como si perteneciera al semblante de un tipo mayor. La escasa luz de la sala, que procedía de una lámpara de pie, dibujaba en la pared una sombra estática.

– Oye, ya sé que me he presentado aquí de improviso y entiendo que no tengas ganas de hablar conmigo. Tampoco me conoces de nada. -Intentó darle un tono relativamente desenfadado a sus frases-. Pero quiero que sepas que estamos haciendo todo lo posible por averiguar qué le pasó a tu madre.

– Sé que a mi padre le quitaron el caso -dijo él. Era escueto, conciso. Y, de nuevo, serio.

– Contra su voluntad, puedo asegurártelo -repuso Leire-. Por eso aprovecho la baja para investigar un poco por mi cuenta. Él no lo sabe, así que si no te importa no se lo digas… O me crucificará.

Fue la primera vez que Guillermo sonrió, aunque no hizo ningún comentario.

– ¿Y de qué trata? Me refiero a la película. ¿Está bien?

Él negó con la cabeza, como si le doliera tener que reconocerlo.

– Es bastante aburrida. Él es un ladrón al que busca la policía y que le propone a su novia que huyan juntos. Ella le quiere, aunque al final le traiciona. Le delata y lo matan.

Lo dijo como si fuera algo incomprensible, y probablemente debía de serlo para un chaval de su edad.

– No sé por qué lo hace -prosiguió él-. Mamá me dijo que era porque le amaba demasiado y porque eso a veces da miedo. Pero tampoco entendí esa explicación.

No, pensó Leire con cierta ternura, no la entendiste. Sintió un escalofrío y se dio cuenta de que la casa estaba helada. Le entraron unas ganas terribles de sacar a aquel crío de allí cuanto antes.

– ¿No tienes frío? -le preguntó.

– Un poco.

– ¿Quieres… que vayamos a comer algo?

Él la miró, vagamente sorprendido.

– Yo invito -dijo Leire-. Seguro que conoces alguna pizzería por aquí cerca. Si te apetece, claro…

Guillermo asintió. Apagó el reproductor con el mando y se levantó del sofá.

– No puedo volver muy tarde -le dijo sonriendo-. O papá me crucificará.

Fueron a una pizzería cercana y tan vacía como el loft que acababan de dejar. Leire entró convencida de que no iba a comer casi nada y acabó pidiendo dos porciones de pizza, igual que Guillermo. Charlaron un poco de todo, de Carol, del colegio e incluso de Héctor en su papel de padre, pero al final, mientras esperaban la cuenta, la conversación volvió a su punto de origen.

– Descubriremos qué le pasó, Guillermo.

Él bajó la cabeza y murmuró:

– Al principio todos decían: «Encontraremos a tu madre». Todos…, papá, la señora Carmen, incluso el tutor del colegio. Ahora ya no dicen eso.

– Bueno, si descubrimos qué le pasó, tal vez…

– Piensas que está muerta. -Lo dijo en voz baja, y de no haber sido por su mirada, Leire habría creído que no comprendía el alcance de la frase-. Todos lo creen. Sobre todo papá.

Ella tragó saliva. Buscó algo que decir; cualquier frase se le antojaba ridícula.

– Por eso voy a veces a su casa. Para pensar en ella sin que papá se dé cuenta. Algún día la cerrarán y nos llevaremos sus dibujos, y sus cosas…, pero mientras sigan ahí puedo pensar que quizá vuelva algún día. -La miró con una expresión que ella no había visto nunca en un chico tan joven-. No, no soy tonto. También yo creo que está muerta, aunque, a veces, engañarse un rato no está mal, ¿no?

– Desde luego que no. Todos lo hacemos -murmuró Leire.

– Lo peor es luego, cuando vuelvo a casa y veo que papá no duerme, casi ni come. Sólo fuma, sin parar. Y tengo miedo de que también a él le pase algo.

– Tu padre es mucho más fuerte de lo que crees. No le pasará nada.

Él negó con la cabeza.

– Mamá siempre decía que papá sólo es duro por fuera. Y ella lo conocía bien.

El camarero les llevó la cuenta, y cuando se fue, Leire estuvo a punto de coger la mano de Guillermo. Fue un gesto espontáneo, que le habría extrañado más a ella que al propio chico, y que contuvo a tiempo. El instinto maternal parecía ir creciendo dentro de su cuerpo por cuenta propia.

– Escucha, no puedo prometerte que encontraré a tu madre viva. Pero haré todo lo posible por averiguar qué le pasó. Y cuando sepamos la verdad, tu padre podrá descansar. Te lo prometo. -Tuvo la impresión de que Guillermo la miraba con escepticismo, así que continuó-. Otra cosa: te voy a dar mi número y mi dirección, y si alguna vez quieres hablar de Ruth, de tu madre, llámame o ven a verme. ¿De acuerdo?

Él grabó el número en su móvil y ambos salieron a la calle. Aunque aún no eran las diez, el frío arreciaba. Leire paró un taxi y se ofreció a dejar a Guillermo cerca de su casa.

– Pero acuérdate de no comentarle nada a tu padre, por favor -insistió.

Él sonrió y aceptó el trato.

Ninguno de los dos se fijó en el coche que los seguía.

Capítulo 26

Las prisiones, como los hospitales, despedían un olor característico e inconfundible. Por mucho que se intentara despojarlas de cualquier connotación carcelaria externa dándoles un aspecto más parecido al de un colegio mayor, en cuanto franqueabas la entrada, los patios, las rejas e incluso las oficinas que los internos rara vez pisaban, hablaban en voz baja de marginación, de encierro. De castigo.

Y eso que Brians 2 era bastante nueva y la filosofía que abogaba por la reinserción se había aplicado con énfasis en todos sus detalles. Pensado para aligerar la carga humana de cárceles centenarias como la Modelo de Barcelona, ese edificio nuevo, situado en la carretera de Martorell, había sido inaugurado con orgullo en la primera década del siglo veintiuno. En enero de 2011, apenas unos años después, ni la Modelo estaba significativamente más vacía ni Brians 2 conseguía ocultar ya su verdadera condición a pesar de que una mirada superficial habría escandalizado a los funcionarios de prisiones de otras épocas. La verdadera esencia se imponía a la arquitectura, como si hubiera ido contagiándola desde su núcleo. Es absurdo engañarse, pensaba Leire, cuyas opiniones al respecto no eran políticamente correctas: los internos habían delinquido y por tanto se les había condenado a vivir, unos meses o unos años, apartados de la sociedad. Si aprovechaban o no ese tiempo para reeducarse acababa siendo, como todo, el resultado de combinar la personalidad de cada uno con sus circunstancias. Algunos lo lograban, otros salían aún peor de lo que habían entrado. Así era la vida.