Mientras esperaba que el contacto que tenía entre el personal acudiera a la sala de visitas con el interno, Leire sintió el hormigueo clásico del investigador que cree estar a punto de desvelar algo importante. Era una sensación conocida y nunca del todo infundada. A pesar de que el inspector Salgado había interrogado a conciencia a Damián Fernández, que había sido testigo del supuesto «maleficio» que el doctor Omar había realizado en contra de Ruth, siempre quedaba la posibilidad de averiguar algo nuevo. Y eso, para ella, era un chute de adrenalina. Oyó que se abría la puerta y volvió la cabeza.
Los meses de reclusión ya habían dejado huella en el semblante de Damián Fernández y, al verlo, Leire se preguntó cómo ese hombre había sido capaz de terminar con el doctor Omar, aquel viejo zorro que, con toda probabilidad, se había enfrentado en su vida a adversarios más amenazadores. Quizá ahí radicaba su secreto: en esa cara anodina, en el aspecto de hombre corriente. En apariencia, Fernández tenía una sola cualidad, si es que pasar desapercibido era algo de lo que uno pudiera vanagloriarse. Lo único de él que llamaba la atención era un moretón azulado en la mejilla derecha.
– Supongo que no me recuerda, Damián -empezó Leire, pensando que era probable que así fuera-. Mi nombre es Leire Castro.
– Sí. Me acuerdo de usted; es la compañera del inspector Salgado, ¿no es verdad?
Se habían visto sólo un par de veces, en comisaría. Leire sospechó de nuevo que en aquel tipo se escondía un cerebro bastante bien dotado, así que decidió actuar con cautela.
– Supongo que ha venido a verme a causa de la desaparición de la ex mujer de su jefe.
– Es usted muy sagaz.
– ¿Por qué otra cosa iba a venir? -preguntó él, encogiéndose de hombros-. Todas las visitas que recibo tienen que ver con eso. El propio inspector, en varias ocasiones, e incluso su superior… Al principio eran más frecuentes. Ahora hacía tiempo que nadie venía a verme. Creo que poco a poco se han ido convenciendo de que no tengo nada que decir. Sólo lo que me contó Omar.
– ¿Y qué fue, exactamente?
Damián parecía aburrido, harto de tener que contar la misma historia una y otra vez.
– Ya no recuerdo sus palabras exactas. El sentido general era que pensaba asestar un fuerte golpe a Salgado. «Sufrirá la peor de las condenas» o algo así. Omar nunca hablaba claro: le gustaba la ambigüedad.
– ¿Y usted no sintió curiosidad? ¿No se interesó por sus planes de venganza?
– Omar no era un tipo al que pudieras hacer preguntas, agente Castro. Y le gustaba mostrarse enigmático. Sólo añadió que lo había investigado a fondo, y luego empezó a decir frases de las suyas, sobre el origen del mal, el destino, el azar… Su letanía habitual.
– ¿No le comentó si Ruth, la ex mujer de Salgado, había ido a verle?
Ahí sí pareció sorprendido.
– No. Tenía una foto de ella, pero nunca me dijo nada parecido. Y no lo creo. ¿Para qué iba a ir?
Ésa era la cuestión. ¿Para qué?, pensó Leire. La única respuesta posible era que Ruth se sintiera responsable de lo que había hecho Héctor y quisiera ayudarle, aunque eso significara meterse en la boca del lobo.
– Quizá para pedirle que cejara en su empeño por hundir al inspector.
Damián se rió.
– Si lo hizo, era una ilusa. Omar estaba decidido a acabar con Salgado. En el fondo el inspector debería estar agradecido de que el viejo ya no esté en este mundo.
– Dudo que el inspector Salgado esté de acuerdo -repuso Leire, mientras pensaba cómo dar el siguiente paso. Si Damián Fernández no podía confirmarle que Ruth había ido a ver a Omar, tendría que averiguarlo de otra forma. Y sólo existía una-. Damián, ¿qué pasó con las cintas? Ya sabe a cuáles me refiero: las que grababa Omar en su consulta de todas sus visitas.
– No tengo nada que decir de esas cintas -dijo Damián.
– ¿Ni siquiera a cambio de… mi ayuda?
– ¿Su ayuda?
– No nos engañemos, Damián -Leire señaló el moretón-, la cárcel no le está sentando muy bien. Y yo tengo amigos entre los funcionarios de aquí. Buenos amigos, ya lo sabe. ¿Está seguro de que no le iría bien cierto trato… especial? Le espera bastante tiempo entre rejas.
– Ya me conozco esas promesas, agente. Se olvidan tan rápidamente…
Leire decidió jugar su baza final.
– Mire, Damián, si le soy sincera, no creo que eliminar de este mundo a Omar fuera un acto muy grave. Pero obstruir la investigación de la desaparición de Ruth Valldaura sí me lo parece. Así que le voy a proponer un trato.
– Es usted más lista que los otros. Al menos no me amenaza.
– Yo no investigo la muerte del doctor Omar. Lo único que me interesa es averiguar si Ruth fue a verle o no. Si me dice dónde guardó esas cintas, y los dos sabemos que usted las ocultó en alguna parte, le prometo que me ocuparé de que su vida en la cárcel sea distinta. Mejor. Y, si finalmente consigo encontrar a Ruth gracias a su ayuda, estoy segura de que Salgado, e incluso el comisario, se mostrarán más que dispuestos a interceder por usted. No va a librarse de su condena, eso está claro, pero puede ser más breve… y más cómoda. Si no, seguirá pasándolo igual de mal aquí dentro. -Estuvo a punto de decirle que también podía conseguir que su estancia allí fuera peor de lo que era, sin embargo, no lo hizo.
– ¿Y yo qué tendría que hacer?
– Dígame dónde están las cintas.
Él bajó la voz.
– Sólo tengo algunas, las de los últimos meses. Desde el día que el inspector Salgado atacó a Omar.
– ¿Dónde?
– En un trastero de la ciudad, junto con otras cosas. No quería guardarlas en casa.
Leire se sorprendió. ¿Cómo se les podía haber pasado eso por alto?
– ¿Lo alquiló a su nombre?
Él sonrió.
– No soy tan tonto, agente. Lo alquilé a nombre de Héctor Salgado.
– ¿Me da la dirección y la llave?
– ¿Me promete que no se olvidará de mí?
Leire era sincera en sus tratos y eso se notaba.
– Haré cuanto pueda por mejorar su vida aquí, Damián. Se lo juro.
Y él la creyó.
Capítulo 27
En condiciones normales, Leire habría ido al trastero ese mismo lunes por la tarde, pero la perspectiva de cruzar toda la ciudad para llegar hasta allí la disuadió. Además, cuando bajó del tren, en plaza Espanya, estaba cansada. Tenía muy cerca la comisaría y, por un momento, sintió la tentación de entrar y hablar con la subinspectora Andreu. Decidió esperar: era más sensato hacerlo cuando hubiera abierto ese trastero, que generar vanas esperanzas antes de tiempo.
Frente a ella, en la plaza de toros de las Arenas, cuya inauguración como centro comercial estaba prevista para pocos meses después, se probaba la iluminación. Tras años de obras, aquellas luces le recordaron al Exin Castillos de su hermano mayor. Aunque Leire detestaba profundamente la llamada «fiesta nacional», reconvertir aquella plaza en otro montón de tiendas le parecía casi una falta de respeto hacia los pobres animales que habían muerto en la arena. Pero la palabra «tienda» le dio una idea: pasaría por un vídeoclub que había visto cerca de su casa y alquilaría, o en su defecto compraría, la película que Guillermo estaba viendo en casa de su madre.
Al final llegó a casa pasadas las siete, francamente agotada, decidida a no salir de nuevo hasta el día siguiente. Tenía visita con el médico a las diez de la mañana y quería que la encontrara bien y descansada. Abel también parecía fatigado y ella estuvo un buen rato esperando a que se moviera. Sonrió cuando al fin lo hizo. «Estás ahí, ¿eh, chaval? Hoy mamá se ha pasado un poco, pero te prometo que ahora nos vamos a quedar tranquilitos en casa viendo la tele.» Llamó a María, que solía acompañarla en sus visitas médicas siempre que podía, y quedó con ella para la mañana siguiente. Hace días que no nos vemos, pensó, lo que debía de significar que existía otro novio en su vida. Después de las aventuras africanas, María había vuelto sin su amigo de la ONG, despotricando contra él aunque satisfecha de haber pasado un verano diferente. Es extraño, pensaba Leire. El embarazo le había cambiado la perspectiva de la vida, y las correrías de su amiga, que antes la divertían, empezaban a aburrirla. Te estás haciendo vieja, se advirtió. Y vas a ser madre, no abuela.