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– No era más que un juego… Es… es muy difícil explicárselo a quienes no están metidos en el tema. Si le digo que yo era su amo, que la controlaba, que le ordenaba cómo debía vestirse, qué debía cenar, pensará que éramos un par de chalados.

– En absoluto. -Lo dijo en un tono que debió de resultar convincente porque Duque prosiguió.

– No sé por qué me gusta esto, y Amanda, por su parte, tampoco lo sabía. Simplemente disfrutábamos con ello. Con las llamadas y los correos electrónicos. Con las cuerdas, con los azotes. Con los juegos.

– ¿Cuándo empezó?

– Poco después de que Amanda entrara a trabajar en Laboratorios Alemany. Se preguntará cómo llegamos a descubrir lo mucho que nos complementábamos. -Sonrió-. Supongo que ambos íbamos buscando eso, y tanteamos el tema, en tono informal, en un par de ocasiones. La segunda vez que quedamos me arriesgué a insinuarlo, medio en broma, y vi que la idea le atraía tanto como a mí.

– ¿Se veían muy a menudo?

– Todos los domingos, y algún día más, por sorpresa. Pero pocos: no hay que abusar demasiado o se rompe el encanto.

Héctor asintió.

– ¿Le dio unas llaves de su casa?

– No, sólo de la puerta de la escalera. Dejaba la otra debajo del felpudo poco antes de que yo llegara. Formaba parte de la escenografía. Así yo entraba como si fuera mi casa, y ella ya me esperaba… Bueno, me esperaba metida en su papel.

– Comprendo. ¿Y hoy?

Duque volvió a suspirar. En ese momento, su aspecto proclamaba más debilidad que capacidad de dominar.

– Lo de hoy era un juego especial -confesó por fin, sonrojándose-. Ella debía esperarme dormida. Completamente dormida -recalcó.

– ¿Y usted mantenía relaciones sexuales con ella sin que se enterara? ¿Ése era el juego? -preguntó Héctor con cierto sarcasmo.

– Sabía que no lo iba a entender. Dicho así yo parezco un enfermo y ella… -Entrecruzó las manos y fijó la mirada en el inspector en un intento desesperado de apelar a su empatía-. Nuestra relación tenía más que ver con la entrega que con el sexo propiamente dicho. Ella me ofrecía su cuerpo a cambio de nada para que yo disfrutara de él. La máxima prueba de sometimiento, de obediencia…

Héctor tardó unos instantes en reaccionar.

– Está bien -dijo con voz neutra-. Así que ella debía esperarle dormida, con lo cual supongo que se tomó los somníferos bastante antes de que usted llegara. ¿Me equivoco?

– Así es. Supongo que… que se tomó más de la cuenta…

– Espere un momento, ya llegaremos a la dosis. -La frente arrugada del inspector indicaba una gran concentración-. Lo que quería decir antes es que tuvo que dejar la llave fuera un buen rato antes de su llegada.

– Sí… No lo había pensado. Claro. Antes de que las pastillas hicieran efecto.

– ¿Y a qué hora vino usted?

– Más tarde de lo previsto. Se presentaron unos amigos en casa y no conseguí librarme de ellos hasta las ocho y media, así que no aparecí hasta las nueve y media pasadas. No miré la hora. La llave estaba donde siempre, así que entré y fui directamente a su cuarto.

Por un instante, Héctor, y también Fort, temieron que aquella confesión llegara más allá de lo que podrían soportar sin perder la profesionalidad.

– No sucedió lo que están pensando -dijo Saúl Duque-. Ella estaba preciosa, tal como yo le había pedido. Sábanas blancas y camisón blanco. Dormida para mí. La admiré durante unos minutos y empecé a excitarme. Era tan bella. Se veía tan indefensa, allí, tumbada en la cama… Saqué las cuerdas del cajón de la mesita, y cuando la cogí por las muñecas me di cuenta de que sus manos estaban inertes. Intenté que volviera en sí, la zarandeé, la besé… Estaba como loco. No sé cuánto tiempo pasó hasta que por fin llamé a la policía.

– Llamó a comisaría a las 22.34 -intervino Fort.

Héctor meditó durante unos segundos.

– Saúl… Lo que voy a preguntarle ahora quizá le extrañe, pero ¿se da cuenta de que tres personas de la empresa han muerto en pocos meses en circunstancias extrañas? Tres personas -continuó en voz baja aunque firme- de las ocho que formaron parte de un mismo grupo.

Saúl lo miró sin comprender. Luego, poco a poco, su semblante reaccionó ante aquella revelación.

– Gaspar. Sara. Y ahora… Amanda. ¿Qué quiere decir con eso?

– No lo sé. Es lo que intentamos averiguar. Saúl, ¿Amanda le contó algo de lo que sucedió ese fin de semana? ¿Algo inusual, extraño? ¿Algo relacionado con los perros que encontraron ahorcados quizá?

Él meneó la cabeza y Héctor sintió que la exasperación lo desbordaba. Por un momento había creído que tal vez ese hombre lo sabría, que tendría la respuesta aunque fuera de manera inconsciente.

– Bueno, lo único que sucedió, que le sucedió a Amanda, fue el susto que se llevó aquel viernes por la noche, cuando la llamé. Pero eso no tiene nada que ver con los perros… -Parecía confundido.

– Cuéntemelo.

– Yo la llamaba todos los viernes por la noche, sobre las nueve. Ella debía estar libre para contestar. Obviamente yo sabía que estaba con todos en la casa, pero la llamé de todos modos y le ordené que saliera. Ella me obedeció, como siempre.

– ¿Y qué más?

– Empezamos a jugar. Le dije que se alejara de la casa, la reprendí, le pedí que… -Se interrumpió, súbitamente avergonzado de nuevo.

– Prosiga -ordenó Héctor.

– No sabe cómo es la casa, ¿verdad? Se trata de una antigua masía del Empordà, ahora reconvertida en centro de actividades. Había funcionado como alojamiento rural de lujo también. Está alejada del pueblo y rodeada de bosques, aunque se puede llegar a ella sin problemas por carretera… Amanda había cogido la linterna y, para no ser sorprendida por ninguno de ellos, recorrió el camino de acceso hasta internarse un poco entre los árboles. Me dijo que no le gustaba, que estaba oscuro; yo insistí, así que me hizo caso. En eso y en acariciarse. Yo quería que se excitara, que se tocara los pechos al aire libre… Quería oírla gemir y ella empezó a hacerlo. Y entonces oí un grito y la llamada se cortó.

– ¿Un grito de Amanda?

– Sí. Me llamó unos minutos después, muy alterada. Al parecer creyó ver a un hombre vigilándola en la oscuridad. Viendo cómo… se tocaba. El hombre no hizo nada, no la siguió ni nada de eso; de todos modos, Amanda se asustó y volvió corriendo al sendero.

– ¿Eso es todo?

– Sí. Pero eso fue el viernes. Encontraron aquellos pobres animales al día siguiente.

– Ya. Y los enterraron, eso ya nos lo han dicho todos -afirmó Héctor, contrariado-. ¿Está seguro de que no sucedió nada más?

– No fue en esos días, sino más tarde, pero también tiene que ver con ellos. Después del verano, Amanda me dijo que debíamos tener más cuidado porque sospechaba que Sara Mahler se había enterado de lo nuestro. Sara era extraña, ¿sabe? Nunca podías saber qué estaba pensando.

Héctor asintió. La compañera de piso holandesa también había hecho algún comentario de esa índole. La imagen de Sara, aquella mujer poco agraciada y solitaria, escuchando los secretos de quienes disfrutaban de una vida sexual más intensa, le causó un malestar momentáneo.

– ¿Sabe si Amanda llegó a confirmar sus sospechas o eran sólo suposiciones?

Saúl Duque movió la cabeza en sentido negativo, aunque antes de que pudiera añadir algo más, el secretario del juzgado, que había aparecido a media conversación y se había dirigido a la habitación donde había muerto Amanda, ordenó el levantamiento del cadáver. Saúl se puso en pie, como si quisiera presentar sus respetos a aquel cuerpo cubierto por una sábana blanca que era transportado en una camilla hasta la puerta por un séquito de desconocidos.

Héctor Salgado observó el rostro del chico y le sorprendió la expresión de dolor que apareció en él. Inconfundible y difícil de fingir. Y pensó que Saúl Duque quizá tuviera unos gustos sexuales poco comunes, quizá disfrutara ejerciendo un amago de poder sobre una víctima que se prestaba al juego con las mismas ganas, quizá se excitara flagelándola o humillándola… Sin embargo, estaba seguro de que al mismo tiempo ese hombre había sentido por Amanda algo que muchos no llamarían amor, pero que iba más allá del mero placer.