– Lo siento, señor Duque, tendrá que acompañarme a comisaría -le dijo Héctor, en parte porque no podía descartarlo como sospechoso y en parte porque, por un instante, temió que Saúl Duque hiciera algo terrible esa noche si lo dejaban solo. Ya basta de suicidas, pensó. Falsos o auténticos. Ya basta de muertos-. Fort, registra a fondo la casa. Sobre todo el dormitorio. Huellas, ya sabes, cualquier cosa… -Y sin que Duque le oyera añadió-: Trata esto como si fuera un homicidio. Tres suicidios son demasiados. Llámalo instinto o tozudez, pero no me lo trago.
Desprovista de las tiendas y bares que disimulaban su condición de simple lugar de paso, la terminal se convertían en un espacio tranquilo, silencioso. Si el asiento fuera más cómodo, casi podría calificarse de acogedor. Algunos viajeros avanzaban por las cintas, alejándose de él sin esfuerzo en dirección a sus puertas de embarque, como autómatas de una película muda. La visión le serenó después de un día largo, plagado de tensión. Un lunes que tenía visos de no terminar nunca.
– Tres suicidios son demasiados. -Héctor repitió la frase delante de Sílvia Alemany que, de pie en su despacho, tuvo la decencia de mostrarse afectada.
A las ocho de la mañana, después de pasar la noche en comisaría custodiando a Saúl Duque, había conseguido localizar a un amigo de éste, abogado, que cursó los trámites pertinentes para llevárselo a casa. Héctor se tomó un café rápido, sin hambre para desayunar, y apaciguó la sensación de mareo con dos cigarrillos. Una breve conversación con Fort, que había vuelto ya del piso de la presunta suicida, había aportado su parte de luz y de sombra al caso. Si quedaba alguna duda de la relación que unía a Amanda con Saúl, los utensilios encontrados en el piso de ella la habían despejado por completo. Uno de sus armarios podría haber formado parte de un sex-shop, a juzgar por la profusión de «juguetes»: un látigo, varias fustas, una vara fina de bambú y unas cuantas paletas de cuero de distintos tamaños y grosores; cuerdas, esposas, consoladores de tamaños diversos, bolas chinas; lencería y otros disfraces… Para gustos los colores, pero lo cierto era que Amanda y Saúl no se habían aburrido. Los interrogantes venían por otro lado. La muerte de Amanda podía ser el suicidio de una joven cuya vida sexual parecía indicar cierto conflicto interno. Podía tratarse también de un homicidio, porque resultaba difícil creer que alguien como Amanda ignorase que una caja entera de pastillas la dormiría para siempre. Esa hipótesis era la que le conducía, de momento, a Saúl Duque.
Héctor decidió ser él quien llevara la noticia de la muerte de Amanda Bonet a la empresa donde trabajaba. Quería ver la cara de Sílvia Alemany al enterarse y pretendía aprovechar el impacto para pillarla con la guardia baja y sacarle información de una maldita vez. No obstante, Sílvia era un hueso duro de roer, y así lo estaba demostrando.
– No puedo creerlo, inspector. -Se llevó la mano a la cara y dio la impresión de tambalearse un poco-. Deje que me siente. Amanda… Pero ¿cuándo ha sido? ¿Dónde?
– Anoche, en su propia casa. El forense estima que su muerte se produjo entre las ocho y las nueve. A su lado se encontró una caja de somníferos, vacía.
Héctor hablaba con la mayor frialdad posible. Si quería doblegar la voluntad de la mujer que tenía delante no podía andarse con paños calientes. Y, la verdad, tampoco le apetecía ser cortés.
– ¿Quiere decirme dónde estaba usted a esa hora?
– En casa. He estado enferma todo el fin de semana. Pero, inspector…, ¿no pensará que yo…? Por favor, eso es ridículo.
Se sonrojó, más por miedo que porque se sintiera ofendida, Héctor estaba seguro.
– En este momento no pienso, señora Alemany. Sólo intento atar cabos. Y los cabos me llevan hacia Gaspar Ródenas, Sara Mahler y Amanda Bonet. Tres personas sanas, jóvenes, sin problemas aparentes, cuyos únicos nexos en común son su trabajo aquí y esta foto. Puede decirme lo que quiera; no me convencerá de que no me está ocultando algo. Esta vez no.
Las cartas sobre la mesa, una declaración de guerra expresada con todas las letras.
– ¿Cree que le escondemos algo?
– Hablaba sólo de usted, pero veo que pasa rápidamente a la primera persona del plural. -Héctor tuvo la satisfacción de verla palidecer-. ¿Ese «nosotros» se refiere a los demás? ¿A César Calvo, Brais Arjona, Octavi Pujades y Manel Caballero, además de a usted misma? ¿O sólo a algunos de entre todos ellos?
– Inspector, está usted en mi despacho, así que le ruego que no me levante la voz.
– Y usted está ante un inspector de policía, y le ruego que deje de mentirme.
– Para demostrar una mentira hay que descubrir la verdad, inspector Salgado. Hasta ese momento las mentiras no existen.
Él sonrió. En parte le gustaba tener adversarios de altura.
– ¿Tiene alguna sala de reuniones por aquí? Pues llame a los demás y dígales que vengan. Inmediatamente.
– Le repito que no voy a aceptar órdenes suyas. Soy abogada, inspector, y aunque no ejerzo como tal, no estoy dispuesta a permitir que se me trate, a mí o a mis empleados, como simples delincuentes.
– Quítele el «simples». Eso seguro que no. Lo de delincuentes está por ver. -Hizo una pausa breve y aflojó un poco el tono-: Oiga, sería mucho más inteligente por su parte que colaboraran. Tal como están actuando, es fácil llegar a la conclusión de que tienen algo que ver con las muertes de sus compañeros.
Sílvia seguía lívida. Quizá fuera cierto que había pasado el fin de semana enferma. En cualquier caso, no parecía encontrarse muy bien.
– Se lo repito: ¿quiere hacerme el favor de convocar a los otros en esa sala? Creo que será mejor reunirlos allí que ir a interrogarlos por toda la empresa, ¿no le parece?
No respondió. Descolgó el teléfono para avisarlos.
La sala se hallaba entre los despachos de los hermanos Alemany, y Héctor advirtió que el de Víctor seguía vacío. Los jefes nunca aparecen antes de las diez, se dijo, pensando en Savall.
Les pidió que se sentaran, sin embargo, Sílvia Alemany permaneció de pie, a su lado, mientras él exponía punto por punto todos sus razonamientos. Octavi Pujades no estaba, por supuesto, y Héctor tendría que enviar a Fort a interrogarlo a su domicilio en caso de que no pudiera ir él mismo. Los rostros de los tres hombres expresaban emociones diversas, aunque sobresalía una entre las demás: la sorpresa, sobre todo en el semblante de Brais Arjona y de Manel Caballero, este último casi al borde del pánico. En cambio, César Calvo, el prometido de Sílvia, parecía haber encajado la muerte de Amanda con más aplomo.
– Así están las cosas, señores. De las ocho personas que pasaron juntas ese fin de semana de team building -dijo, mirando de reojo a Sílvia-, tres han muerto en circunstancias extrañas. El 5 de septiembre, Gaspar Ródenas se mató de un tiro después de asesinar a su mujer y a su hija; exactamente cuatro meses más tarde, el 6 de enero, de madrugada, Sara Mahler saltó a las vías del metro. Y anoche, apenas diez días después, Amanda Bonet se tomó presuntamente una caja entera de somníferos. Tres suicidas. Sin motivo aparente. Sin notas que expliquen sus razones. Sin avisos ni intentos previos. Y ahora les pregunto: ¿están seguros de que no tienen nada que contarme?
A Manel Caballero le temblaban las manos. Era el único que daba muestras de algo que iba más allá de la preocupación. Sin embargo, no fue él quien habló, sino Brais Arjona.