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Las oficinas del CFEC, Centro de Formación Empresarial Continuada, se encontraban en la avenida Diagonal, no muy lejos de la plaza Francesc Macià, y tenían un aire aún más estadounidense que las conversaciones familiares en la cocina. En un día claro de verano debía de apreciarse una vista fantástica desde sus ventanas, pero aquel martes de mediados de enero las gotas de lluvia sucia empañaban los cristales y desdibujaban el fondo. Después de conseguir la información gracias a Saúl Duque, Héctor había llamado el día anterior, a media tarde, para concertar una cita con los formadores que se habían encargado del grupo de Laboratorios Alemany. Y ahora los tenía delante: un tipo ya entrado en años, en kilos y en canas que respondía al nombre de señor Ricart, y otro más joven pero totalmente calvo. Cuando le habían dado cita, el artículo no había aparecido aún, no obstante, ambos parecían estar al tanto de la situación. Y con toda probabilidad Sílvia Alemany les habrá llamado esta mañana, pensó Héctor. Para prevenirlos.

– Por teléfono no entendí muy bien en qué podíamos ayudarle, inspector -empezó el de menor edad. El otro, sin duda su jefe, miraba y callaba.

– Si le soy sincero, tampoco yo lo sé -admitió Salgado-. Según mis datos, ustedes se encargan desde hace tiempo de las jornadas de formación de Laboratorios Alemany. En marzo del año pasado organizaron un fin de semana para un grupo de ocho personas. Sílvia Alemany, César Calvo, Brais Arjona, Octavi Pujades, Manel Caballero, Gaspar Ródenas, Sara Mahler y Amanda Bonet. Como ustedes ya sabrán -esperó a que asintieran, pero ninguno lo hizo-, tres de esas personas han muerto en los últimos meses en circunstancias digamos… extrañas. Es demasiada coincidencia, ¿no creen? Así que les agradeceré que me proporcionen toda la información que tengan sobre esos días.

Sus dos interlocutores intercambiaron una mirada rápida y, por primera vez, el mayor de los dos tomó la palabra.

– Creo que no hay inconveniente, inspector. Aunque francamente no creo que haya mucho que comentar.

Se puso las gafas de leer y revisó unos papeles que tenía en la mesa.

– Sí, ya recuerdo. -Se las quitó y siguió hablando-. Fue un grupo interesante desde nuestro punto de vista, inspector.

– ¿Ah, sí?

– Sí. -Se calló un momento, inseguro de cómo enfocar el tema-. ¿Sabe algo de teoría de grupos?

– Algo, aunque estoy seguro de que usted puede ampliar mis conocimientos con un esclarecedor resumen -dijo Salgado, sonriendo.

– Lo intentaré, inspector. Joan -dijo el señor Ricart, dirigiéndose a su ayudante-, creo que no hace falta que estemos los dos aquí. Si el inspector Salgado quiere hablar contigo, puede hacerlo luego.

El tal Joan pareció sorprendido, pero captó la indirecta más directa que Salgado había oído en tiempo y se marchó.

– Así estamos más tranquilos. Hablar delante de mis empleados me obliga a respetar una corrección política muy aburrida. -Sonrió-. Inspector, antes que nada debo decirle que no creo que lo que voy a contarle le aporte información relevante…

– Deje que sea yo quien lo juzgue.

– Al menos intentaré ser claro. A ver, le he dicho antes que era un grupo interesante desde nuestro punto de vista, y le explicaré el porqué: en un grupo de ocho suele identificarse un líder, dos a lo sumo. Sin embargo, en éste contabilizamos tres y eso no es habitual.

»Estaba, por supuesto, el líder oficial, Sílvia Alemany, y lo que nosotros llamamos el líder por experiencia, Octavi Pujades. Pero enseguida surgió otro, muy fuerte, que relegó a los dos primeros a un segundo plano.

– ¿Brais Arjona? -aventuró Héctor.

– Diez puntos, inspector. Sí: el líder natural, el que se impone por capacidad, no por cargo, por edad o por experiencia. El señor Arjona cumplía todos los requisitos para ese puesto: joven, fuerte, inteligente. Muy implicado y resolutivo.

– ¿Qué quiere decir con eso?

– Quiero decir que inspiraba confianza a la hora de trabajar, aunque no intentaba ganarse a los otros socialmente.

– ¿Los otros?

– Amanda, Gaspar, César… Meros seguidores, de uno o de otro. Sí anoté cierta tensión entre el líder natural, Brais Arjona, y otro de los seguidores incondicionales de Sílvia Alemany: César Calvo.

Héctor asintió, interesado.

– ¿Se produjo alguna discusión?

– No, no en el sentido que usted está pensando. Simples desacuerdos entre ellos a la hora de afrontar tareas en común. Piense que cuando hablo de tensión me refiero a momentos concretos, puntuales: tendencia a competir, a alinearse en equipos distintos, a plantear enfoques opuestos para resolver una cuestión. Eso en los dos primeros días. El tercero, el domingo, la situación había cambiado.

– ¿En qué sentido?

El señor Ricart sonrió.

– Veo que aprecia lo que le cuento. Normalmente la gente suele escuchar nuestras exposiciones con escepticismo, pero le diré que la teoría de grupos es una materia fascinante… La mayoría de las veces nuestras jornadas siguen un patrón muy parecido: se diseñan pruebas, tareas… Llámelo como quiera. No obstante, en alguna ocasión un elemento externo, a ellos y a nosotros, altera la dinámica del grupo mucho más de lo que pensábamos.

– ¿Y en este caso se produjo ese elemento? -Héctor intuía la respuesta, pero no quiso anticiparse.

– ¡Sí! -El semblante del formador demostraba una satisfacción similar a la de un hincha de un equipo de fútbol que ha ganado la liga-. Durante una de nuestras pruebas el grupo se topó con un elemento externo… perturbador.

– ¿Los perros ahorcados? -apuntó Héctor.

– Bravo. Sí. Fue una experiencia desagradable, por supuesto, y lo bastante chocante para que el grupo realizara una actividad por su cuenta, según supe luego. Los encontraron a media mañana del sábado y, aunque regresaron a la casa a terminar la prueba prevista, después decidieron ir a enterrarlos. Ahí ya no estábamos ni Joan ni yo; por norma, se les deja libre el sábado por la tarde para que interactúen sin intermediarios: eso también forma parte del programa. Así que el grupo se reunió, votó y actuó como un todo. Un gran logro si tenemos en cuenta que sólo un día antes no se ponían de acuerdo en el reparto de habitaciones.

– ¿Discutieron por eso?

– Siempre hay desacuerdos, inspector. En ese caso, lo recuerdo bien, uno de los miembros se sentía incómodo por tener que compartir habitación. Espere… -Ojeó sus notas-. Sí, Manel Caballero. Preguntó si era posible dormir solo, lo cual tiene poco sentido en unas jornadas de grupo. De todos modos, y aunque las observaciones proceden sólo de un fin de semana, le diré que Manel era el clásico participante distorsionador: no protestaba nunca abiertamente, pero aprovechaba cualquier circunstancia para poner en entredicho la tarea de todo el grupo. Un joven de lo más antipático, hablando claro; un elemento incómodo, nada proclive a cooperar. De los que se sienten víctimas del mundo entero.

– ¿Y con quién acabó durmiendo?

– Eso no lo recuerdo -respondió-. Aunque lo más probable es que compartiera habitación con los dos más jóvenes. La casa es grande y había habitaciones vacías, pero, como le he dicho antes, demuestra un escaso espíritu de cooperación pedir un cuarto individual. Son unas jornadas de trabajo en equipo, no un fin de semana de vacaciones.

Héctor iba procesando la información con la sensación constante de que en ese rompecabezas que tenía delante faltaba una pieza esencial.

– Ya le he dicho que no creía que esto le sirviera de mucho -apuntó el hombre, sagaz lector de expresiones ajenas.