– En una investigación todo resulta útil -repuso Héctor.
– Usted es el experto en eso, no yo. Yo sólo puedo decirle que el grupo se marchó mucho más cohesionado de lo que llegó. Conste que eso no tiene por qué mantenerse luego en su trabajo.
– ¿No?
– En absoluto. Aunque puede ser que quede algo, por supuesto. En algunos grupos se genera una energía positiva, de logro común, sin embargo, no es una sensación permanente. Cuando los conflictos la ponen a prueba, se resiente.
– Y en ese caso, ¿para qué sirven? Las jornadas, quiero decir.
– Negaré haberlo dicho, inspector -dijo el hombre-. Sirven para poco y para mucho. Se lo explicaré muy rápido: los empresarios han aprendido que el conflicto es costoso, a muchos niveles. Y que una manera de evitarlo es haciendo que sus empleados se sientan bien tratados, cómodos, apreciados. Antes las categorías estaban claras y los miembros de las diferentes clases luchaban entre sí. Ahora flota una especie de armonía entre todos, una armonía que a unos les interesa y a otros les hace felices. Una armonía que sólo dura mientras hay beneficios… Ya lo estamos viendo.
Héctor empezaba a perderse y no quería olvidar el objetivo de su visita.
– Una cosa más, ¿recuerda si Amanda Bonet se quejó de haber visto a alguien la noche del viernes? A alguien merodeando por la casa, quiero decir.
– No… Al menos no me acuerdo de que comentara nada parecido, aunque tampoco es raro. La casa está un poco aislada y la gente de ciudad tiende a sentir cierto temor, sobre todo por la noche.
– ¿Dónde está exactamente?
El hombre sacó una fotografía del cajón. Se trataba, como Duque le había dicho, de la típica masía ampurdanesa.
– Pertenece al término municipal de Garrigàs, pero está apartada del pueblo.
– ¿Y los formadores van y vienen todos los días?
– No, sería agotador. Está a unos diez kilómetros de Figueres, y nos alojamos allí los fines de semana que tenemos que trabajar en la casa.
– Ya. ¿Y alguien se ocupa del mantenimiento, de la comida…?
– Sí y no. Los participantes se hacen cargo de la casa durante el tiempo que están en ella: es decir, cocinan o salen a comer fuera excepto cuando la actividad requiere un catering. Sí tenemos contratada a una pareja que vive relativamente cerca, a un kilómetro y medio, para las tareas de limpieza y mantenimiento una vez ha quedado vacía.
Héctor asintió. No tenía mucho más que preguntar, pero no pudo evitar la tentación de formular una última cuestión.
– ¿Advirtió algo especial en los miembros de ese grupo? Nada que tuviera que jurar ante un tribunal, sólo alguna impresión subjetiva. No saldrá de aquí -aseguró.
– No. Le digo la verdad, llevo pensando en ello desde que usted llamó ayer, y por supuesto más aún desde que he visto la noticia en el periódico. -Meneó la cabeza, con un atisbo de pesar-. El último día, el domingo, estaban cansados, pero eso suele ser lo normal. Interactuaban mucho mejor, ya se lo he dicho, aunque tampoco es extraño. A veces sucede lo contrario, se van más enfrentados. Los grupos son imprevisibles, inspector. Principalmente porque están compuestos de personas, o sea, individuos. Individuos distintos que se ven obligados a colaborar. No se habrían escogido como amigos, ni les unen lazos familiares; tan sólo comparten un espacio, responsabilidades, objetivos.
– Como en un trabajo.
– Exacto. Me va a permitir una comparación con el mundo animal. ¿Sabe cuál es la virtud más apreciada por los cazadores en una jauría de perros?
– ¿El olfato? -aventuró Héctor.
– Más que el olfato. -Hizo una pausa algo teatral, antes de anunciar en tono didáctico-: La cohesión. Mientras dure la cacería, los perros deben ser capaces de trabajar juntos para conseguir un objetivo común. Sin embargo…
– ¿Qué?
– Cuando acaba la cacería, deles algo de comer y verá cómo pelean entre sí por el mejor trozo.
Capítulo 30
Aunque en esta ocasión iba acompañado, el camino hasta la casa de Octavi Pujades no se le hacía ni un segundo más corto. Con la vista fija en las curvas de la carretera, mojadas por la lluvia de la mañana, César conducía en silencio, sin dirigirle la palabra a su compañero de viaje. Brais, por su parte, tampoco parecía tener muchas ganas de hablar. En el coche flotaba un ambiente de duda, preguntas suspendidas en un espacio reducido comiéndose el oxígeno. Brais debió de notarlo porque, instintivamente, abrió un poco la ventanilla.
– ¿Te molesta?
César negó sin palabras. Había acelerado y tuvo que dar un frenazo brusco antes de tomar la siguiente curva.
– Perdona -le dijo a Brais, en un tono que expresaba poca disculpa.
Su acompañante se encogió de hombros.
– No estaría mal que tuviéramos un accidente -repuso-. Alguien podría calificarlo de justicia poética.
En opinión de César, un comentario de ese calibre no merecía respuesta.
– ¿No lo crees así? -insistió Brais-. ¿No crees que sería una buena forma de acabar con todo esto?
– Joder, Brais. -No estaba de humor para disquisiciones filosóficas sobre la vida, la muerte o la justicia-. No me vengas con estas historias, ¿vale?
Arjona sonrió.
– Me gustaría saber si te caigo tan mal porque soy gay o simplemente porque te gané en la carrera de canoas.
César soltó un bufido.
– Me caes mal porque haces ese tipo de comentarios.
– Ahí te doy la razón.
Brais se rió, y la carcajada, aunque breve y un punto amarga, disipó en cierta medida la tensión.
– En serio, César, ¿tú nunca tienes remordimientos? Por lo que hicimos. Es pura curiosidad y aquí no nos oye nadie.
– ¿Qué más da? ¿De qué sirve arrepentirse del pasado? -Sacudió la cabeza-. He aprendido que es mejor tragarse los remordimientos. O escupirlos. Cualquier cosa excepto dejarlos vivir.
– A lo hecho, pecho, ¿no?
– Algo así. -Ya llegaban, y César no quiso desaprovechar la ocasión de hacerle la misma pregunta-. ¿Y tú?
Brais tardó un poco más en contestar. Y cuando lo hizo, no fue exactamente lo que el otro esperaba.
– Tengo miedo de que se entere David. Tengo miedo de perderlo si llega a saberlo. -Miró a César con una franqueza que habría derribado cualquier barrera-. Tú al menos tienes a alguien con quien hablar de ello. Los demás no, o al menos yo no puedo. Y no sé si tengo más remordimientos por lo que hicimos o por estar ocultándoselo a él. -Esbozó una sonrisa irónica-. Y al mismo tiempo sé que no tengo más remedio que seguir mintiéndole porque le conozco bien y estoy seguro de que decirle la verdad significaría la ruptura definitiva, y eso es algo que no podría soportar. Ya no.
La casa apareció tras la cuesta. En esta ocasión, César la había encontrado sin problemas. Aparcó el coche y, por primera vez en todo el trayecto, se dirigió a Brais con semblante preocupado y voz sincera.
– No sé muy bien qué hacemos aquí…
– Sílvia insistió en que viniéramos.
– Ya.
Así había sido, y lo que César no lograba explicarse era el cambio de opinión de Sílvia respecto a Octavi Pujades. Unos días antes había reaccionado como una fiera cuando Amanda insinuó que sospechaba de él. Era cierto que ignoraban dónde había estado Octavi el domingo por la tarde. Sin embargo, pensó César, igual que él había mentido sobre la hora en que se fue de casa de Sílvia, porque a media tarde no aguantaba más y tuvo que salir de allí, Brais podía haber falseado su coartada.
– Por cierto, ¿para qué quedaste con Manel?
– ¿Quieres saber la verdad? -Brais bajó la voz-. Fui a verlo por lo mismo que estamos ahora aquí. Para saber si nos había traicionado, si era él quien estaba mandando esa maldita foto. -Prosiguió sin que el otro insistiera-: Y, si así era, para asegurarme de que dejara de hacerlo.