Brais no se movió ni un milímetro. Le sostuvo la mirada hasta que, con un gesto brusco, le dobló la muñeca con fuerza. El arma cayó al suelo y César la apartó del grupo de una patada.
– No basta una pistola para protegerse, Octavi. Hay que tener también cojones para usarla -le advirtió Brais.
Los perros dejaron de ladrar.
Capítulo 31
Héctor salía de uno de los lavabos de comisaría justo al mismo tiempo que el inspector Bellver entraba en ellos. El azar entrecruza nuestros caminos como en un mal western, pensó Salgado, aunque en ese caso ya haría mucho que nos habríamos batido en duelo, a pleno sol y en la plaza del pueblo. Pero Barcelona no era el salvaje Oeste y los duelos se dirimían a puerta cerrada, con armas más sofisticadas. De todos modos, pensó Héctor, una parte de esa filosofía sigue vigente: a los tipos como Bellver, es mejor no darles nunca la espalda.
Iba hacia su mesa cuando se cruzó con otra persona, mucho más agradable.
– Martina…
No había visto a la subinspectora Andreu desde la semana anterior. Esperaba poder hablar con ella el lunes, pero con la muerte de Amanda Bonet todos sus planes se habían ido al traste.
Ella esbozó una sonrisa a modo de saludo y enseguida cambió de expresión. Su semblante se puso serio.
– Ven conmigo. Tenemos que aclarar este lío.
Héctor no tuvo tiempo de preguntarle cómo se había enterado de todo, aunque tampoco era difícil de deducir: en algún momento del lunes por la tarde o de la mañana de ese mismo martes, alguien, probablemente Fort, se lo habría dicho. En cualquier caso, sin saber muy bien qué pretendía, Héctor la siguió.
Martina Andreu llamó con decisión a la puerta del despacho del comisario y, sin esperar respuesta, la abrió y entró, escoltada por Héctor.
– Andreu… ¿Ya estás por aquí? -Savall nunca se había molestado en disimular sus simpatías hacia la subinspectora Andreu-. ¿Todo bien con Calderón y su gente?
Ella resopló, como si Calderón, su gente y toda la mafia rusa le importaran poco en ese momento.
– Todo bien por ahora. -Martina Andreu adoptó un tono formal, distinto al que solían usar los tres a puerta cerrada después de tantos años de trabajar juntos-. Comisario, quiero decirle, ahora y delante del inspector Salgado, que saqué el expediente de Ruth Valldaura de los archivos de Bellver por mi cuenta. Sin que Héctor, ni nadie, lo supiera.
Savall la miró fijamente. Si dudaba o no de su palabra, nadie habría sabido decirlo, pero la vehemencia de la subinspectora no admitía réplica.
– ¿Y puede saberse por qué hiciste eso?
Martina vaciló durante un instante, tiempo suficiente para que tanto Salgado como Savall intuyeran que lo que diría a continuación no sería exactamente la verdad y nada más que la verdad. Ella se dio cuenta y, antes de soltar la excusa que había pensado a medias, se limitó a decir:
– No.
En boca de cualquier otro de sus subordinados, esa negativa habría desatado todas las furias del comisario, que eran muchas. Dicha por Martina Andreu, más bien le dejó sin palabras.
– Me disculparé ante Bellver si lo cree necesario.
Savall hizo un gesto de indiferencia con la mano, como si unir las palabras «disculpa» y «Bellver» en la misma frase fuera un absurdo.
– Déjalo. Todavía acabarían peor las cosas. Ya hablaré yo con él. -Entonces se volvió hacia Héctor, que había observado la escena en silencio-. De todos modos, será mejor que no tengáis demasiado contacto con Bellver y su gente en unos días. Evitad los posibles roces, ¿de acuerdo?
Hablaba en plural, pero sin duda se dirigía a Salgado.
– Eso no depende sólo de uno, comisario.
– Lo sé. -Savall suspiró-. Bien, dejémoslo aquí por ahora. Héctor, ¿cómo va el caso de los laboratorios?
– Si vais a hablar de eso, os dejo solos -repuso la subinspectora.
– Dile a Fort que venga, por favor -ordenó Salgado-. Fue esta mañana a interrogar a Pujades y aún no he podido hablar con él, aunque estoy casi seguro de que no debió de sacarle nada.
– Os lo envío enseguida. Pero tratadlo bien, ¿eh? No lo acojonéis en mi ausencia o me vengaré.
Sonreía, y la camaradería que siempre había reinado entre ellos tiempo atrás regresó fugazmente.
– Luego hablamos, Andreu -dijo Savall-. Tienes que contarme cómo te ha ido por allí.
Un buen rato más tarde, Savall y Salgado seguían discutiendo el caso de los suicidas ante la atenta mirada del agente Fort, demasiado tímido para intervenir a menos que se le formulara una pregunta directa.
– Veamos -dijo el comisario en un intento de recapitular-, a día de hoy, y si esos muertos no compartieran un mismo lugar de trabajo, tendríamos tres casos de suicidio, o incluso uno, y me estoy refiriendo a Amanda Bonet, que podría calificarse de muerte accidental.
Salgado negó con la cabeza.
– Tomó muchos somníferos, comisario. Y, según su amante, no era la primera vez que se divertían con esos «juegos», como él los llama.
– De acuerdo, pues entonces tres suicidios.
– Tres suicidios aunque cinco víctimas -apuntó Salgado-. La esposa de Ródenas y su hija, no las olvide.
– ¿Cómo olvidar eso? -Savall se calló unos instantes con el fin de ordenar sus ideas-. Empecemos por el principio. Gaspar Ródenas. Recién ascendido, preocupado por ese mismo ascenso, aunque sin otros problemas conocidos.
– Cierto. Su caso se incluyó en los delitos de violencia machista, pero jamás hubo denuncias por parte de su mujer ni la menor insinuación de malos tratos en el entorno familiar.
– Sin embargo, Ródenas compró una pistola, ¿no es así?
– Lo hizo. Pero esa arma podía ser para matar a su familia y luego suicidarse o… para protegerse y proteger a los suyos -señaló Héctor.
Savall asintió.
– Es una posibilidad. No obstante, en ese caso estaríamos delante de un asesino despiadado. Un asesino que no dudó en matar a una niña de meses para que la escena del crimen remitiera a un caso de violencia doméstica llevada al extremo. ¿De verdad crees que entre los sospechosos tienes a alguien así?
Rememoró las caras de los empleados de Laboratorios Alemany: Sílvia, César Calvo, Brais Arjona, Manel Caballero…
– No lo sé. Honestamente, no sabría decirlo -concluyó Salgado-. ¿Qué te pareció Octavi Pujades, Fort? Ya sé que su declaración se limitó a confirmar la versión de los otros, pero a nivel personal, ¿qué impresión te causó?
Fort se sonrojó un poco y pensó bien la respuesta antes de hablar.
– Diría que está mucho más afectado por la situación que tiene en casa de lo que él mismo piensa. -Se estremeció-. Prácticamente solo, cuidando a su esposa en sus últimos días… Me pareció que estaba sometido a un enorme estrés, aunque no puedo afirmar nada más con seguridad.
– Bien -intervino Savall-, dejemos el caso de Ródenas por un momento. Sara Mahler se arrojó a las vías del metro la noche de Reyes.
Héctor hizo un gesto de contrariedad.
– Seguimos sin saber de dónde venía o adónde iba a esas horas. No solía salir de noche.
Fort se sintió obligado a añadir:
– Hemos rastreado los movimientos de su cuenta. Sara Mahler sacó dinero de un cajero a las 21.35, pero lo hizo sola, cerca de su casa. Las imágenes del cajero así lo demuestran.
Pobre Sara, pensó Salgado. Sus últimas horas habían quedado grabadas en distintas cámaras: las del banco, las de la estación de metro…
– La muerte de Sara Mahler se produjo cuatro meses después de la de Ródenas y su familia -apuntó Héctor-. Así que, si Ródenas fue asesinado, quien lo hizo se sintió seguro hasta entonces.