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– ¿Necesitamos dinero? -preguntó bruscamente, interrumpiendo a su interlocutor.

– En absoluto, maestre.

– Entonces, ¿por qué me está usted molestando?

– El maestre debe ser informado de todas las decisiones monetarias.

Aquel idiota tenía razón. Pero no quería que le molestaran. Sin embargo, el tesorero podía servir de ayuda.

– ¿Ha estudiado usted nuestra historia financiera?

La pregunta pareció pillar desprevenido al hombre.

– Desde luego, maestre. Es algo que se exige a todo tesorero. Yo estoy actualmente enseñando a los que están a mis órdenes.

– En la época de la Purga, ¿cuál era nuestra riqueza?

– Incalculable. La orden poseía más de mil propiedades, y es imposible calcular el valor de todo eso.

– ¿Y nuestra riqueza líquida?

– De nuevo, es difícil decirlo. Había dinares de oro, monedas bizantinas, florines de oro, dracmas, marcos, junto con plata y oro sin acuñar. De Molay llegó a Francia en 1306 con doce monturas cargadas de plata sin acuñar que nunca fueron contabilizadas. Luego está la cuestión de los artículos que tenían en depósito.

De Roquefort sabía a qué se refería el hombre. La orden había sido la iniciadora de los depósitos de seguridad, guardando testamentos y documentos preciosos de hombres adinerados, juntamente con joyas y otros artículos personales. Su reputación de honradez había sido impecable, lo que permitió que el servicio prosperase en toda la Cristiandad… Todo ello, por supuesto, a cambio de unos emolumentos.

– Los artículos que se guardaban -dijo el tesorero- se perdieron en la Purga. Los inventarios estaban con nuestros archivos, que desaparecieron también. De manera que no hay forma de estimar lo que se guardaba. Pero se puede decir con seguridad que la riqueza total equivaldría a miles de millones de euros de hoy.

Tenía noticia de los carros de heno acarreados hacia el sur por cuatro hermanos elegidos y su líder, Gilbert de Blanchefort, que había recibido instrucciones, primero de no informar a nadie de su escondite y, segundo, de asegurarse de que lo que sabía era «transmitido a otros de la manera apropiada». De Blanchefort realizó bien su trabajo. Habían trascurrido setecientos años, y la ubicación seguía siendo un secreto.

¿Qué era tan valioso que Jacques de Molay había ordenado que se guardara en secreto con tan complicadas precauciones?

Venía dando vueltas a la respuesta a esta pregunta treinta años.

El teléfono que llevaba en su sotana vibró, lo cual le pilló por sorpresa.

Por fin.

– ¿Qué pasa, maestre? -preguntó el tesorero.

De Roquefort recobró el dominio de sí mismo.

– Déjeme ahora.

El hombre se levantó de la mesa, se inclinó y luego se retiró. De Roquefort descolgó el teléfono y dijo:

– Espero que esto no sea una pérdida de tiempo.

– ¿Cómo puede ser la verdad una pérdida de tiempo?

Instantáneamente reconoció la voz.

Geoffrey.

– ¿Y por qué habría de creer ninguna palabra que dijeras tú? -preguntó.

– Porque es usted mi maestre.

– Tu lealtad era hacia mi predecesor.

– Mientras él respiraba, eso fue cierto. Pero después de su muerte, mi juramento con la hermandad exige que sea leal con quien sea que lleve el manto blanco…

– Incluso aunque no te guste ese hombre.

– Creo que usted hizo lo mismo durante muchos años.

– ¿Y atacar a tu maestre es una muestra de tu lealtad?

No había olvidado el golpe en la sien con la culata del arma antes de que Geoffrey y Mark Nelle escaparan de la abadía.

– Una demostración necesaria ante el senescal.

– ¿Dónde has conseguido este teléfono?

– El antiguo maestre me lo dio. Iba a ser útil durante nuestra excursión más allá de los muros. Pero yo decidí darle un uso diferente.

– Tú y el maestre lo planeasteis bien.

– Era importante para él que tuviéramos éxito. Por eso envió el diario a Stephanie Nelle. Para involucrarla.

– Ese diario no tiene valor.

– Así me han dicho. Pero ésa fue una información nueva para mí. No me enteré hasta ayer.

De Roquefort preguntó lo que quería saber.

– ¿Han resuelto el criptograma?¿El del informe del mariscal?

– Cierto, lo han hecho.

– Bueno, dime, hermano. ¿Dónde estás?

– En St. Agulous. En la abadía en ruinas justo al norte del pueblo. No lejos de usted.

– ¿Y nuestro Gran Legado está ahí?

– Aquí es adonde conducen todas las pistas. Ellos están, en este momento, trabajando para encontrar el escondite. A mí me enviaron a Elne por provisiones.

De Roquefort estaba empezando a creer en el hombre que se encontraba al otro extremo de la línea. Pero no sabía si era por desesperación, o por una correcta apreciación.

– Hermano, te mataré si esto es una mentira.

– No dudo de esa declaración. Ya ha matado usted antes.

Sabía que no debía, pero tenía que preguntar.

– ¿Y a quién he matado?

– Probablemente fue usted responsable de la muerte de Ernest Scoville. ¿Y de Lars Nelle? Eso es más difícil de determinar, al menos por lo que me dijo el antiguo maestre.

Quería sondear más, pero sabía que todo interés que mostrara no sería más que una tácita admisión, de manera que dijo simplemente:

– Tú deliras, hermano.

– Me han dicho cosas peores.

– ¿Cuál es tu motivo?

– Quiero ser caballero. Usted es quien toma esa decisión. En la capilla, hace unas noches, cuando arrestó usted al senescal, dejó claro que eso no iba a pasar. Decidí entonces que tomaría un camino diferente… un camino que no le gustaría al antiguo maestre. De manera que seguí adelante. Me enteré de lo que pude. Y esperé hasta poder ofrecerle lo que usted realmente quería. A cambio, pediría sólo el perdón.

– Si lo que dices es verdad, lo tendrás.

– Volveré a las ruinas dentro de poco. Ellos tienen pensado acampar allí esta noche. Ya ha visto usted que tienen recursos, tanto individual como colectivamente. Aunque jamás me atrevería a anteponer mi juicio al suyo, yo recomendaría una acción decisiva.

– Puedo asegurarte, hermano, que mi respuesta será de lo más decisiva.

LIX

Malone se puso de pie y se dirigió al altar. A la luz de su linterna, había observado que no había ninguna junta de mortero bajo la losa superior. La disposición siete por nueve de las piedras del soporte había llamado su atención, y al arrodillarse vio la grieta.

Ya en el altar, se inclinó y acercó la luz.

– Esta losa no está fijada.

– No esperaría que lo estuviese. Es la gravedad lo que la mantiene en su lugar. Mírela. ¿Cuánto tiene eso?¿Siete u ocho centímetros de grosor y más de un metro ochenta de largo?

– Bigou escondió su criptograma en la columna del altar en Rennes. Yo me preguntaba por qué había elegido ese particular escondite. Único, ¿no te parece? Para llegar a él, tenía que levantar la losa lo suficiente para dejar libre el perno de fijación, luego deslizar el frasco de vidrio en el nicho. Devuelves la losa a su sitio y tendrás un magnífico escondrijo. Pero hay más cosas. Bigou estaba mandando un mensaje. -Dejó a un lado la linterna-. Tenemos que mover esto.