Malone indicó con la mano el criptograma.
– ¿Dónde encontró esto Lars?
– Corbu escribió un texto en el que lo contaba todo sobre Saunière.
Algunas de las palabras de las ocho páginas enviadas a Ernest Scoville pasaron por su cabeza. Lo que Lars había escrito sobre la amante. «En un momento dado, ella reveló a Noël Corbu uno de los escondrijos de Saunière. Corbu escribió sobre esto en un manuscrito que yo conseguí encontrar.»
– Aunque Corbu se pasó mucho tiempo contando a los reporteros la ficción de Rennes, en su manuscrito contó en detalle la verdadera historia, tal como la supo por la amante.
Más cosas de las que Lars había escrito acudieron a la mente de Malone. «Lo que Corbu encontró, caso de que realmente encontrara algo, nunca lo reveló. Pero la abundancia de información contenida en su manuscrito hace que uno se pregunte dónde pudo haberse enterado de todo lo que escribía.»
– Corbu, por supuesto, no dejaba que nadie viera el manuscrito, ya que la verdad no era ni mucho menos tan cautivadora como la ficción. Murió cuando se acercaba a los setenta años en un accidente de automóvil, y su manuscrito desapareció. Pero Lars lo encontró.
Malone estudió las filas de letras y símbolos que aparecían en el criptograma.
– Bueno, ¿y esto qué es?¿Alguna especie de código?
– Uno bastante corriente en los siglos xviii y xix. Letras y símbolos al azar, dispuestos en una parrilla. En algún lugar, en medio de todo este caos, hay un mensaje. Básico, sencillo y, para su época, bastante difícil de descifrar. Y lo sigue siendo incluso hoy, sin una pista.
– ¿Qué quiere usted decir?
– Se precisa alguna secuencia numérica para encontrar las letras que conforman el mensaje. A veces, para hacer un poco más confuso el tema, el punto de partida de la parrilla es aleatorio también.
– ¿Consiguió Lars descifrarlo? -preguntó Stephanie.
Claridon negó con la cabeza.
– Fue incapaz. Y eso lo frustró. Entonces, las semanas previas a su muerte, pensó que había tropezado con una nueva pista.
La paciencia de Malone se estaba agotando.
– Supongo que no le dijo a usted cuál era.
– No, monsieur. Él era así.
– Así pues, ¿adónde iremos desde aquí? Señale el camino, tal como se supone que debe hacerlo usted.
– Regresen aquí a las cinco de la tarde, a la carretera que hay más allá del edificio principal. Yo iré a su encuentro.
– ¿Cómo podrá salir?
– Nadie aquí se entristecerá de verme marchar.
Malone y Stephanie cruzaron una mirada. Seguramente ella dudaba, igual que él, de si seguir las indicaciones de Claridon sería inteligente. Hasta el momento toda esa empresa había estado plagada de personalidades peligrosas o paranoicas, por no hablar de especulaciones disparatadas. Pero algo se estaba poniendo en marcha, y si quería saber más iba a tener que jugar según las reglas que el extraño hombrecillo que se alzaba ante él estaba fijando.
Sin embargo, quería saber.
– ¿Adónde nos dirigiremos?
Claridon se volvió hacia la ventana y señaló al este. En la lejanía, a kilómetros de distancia, sobre la cima de una colina que dominaba Aviñón, se levantaba una fortaleza de aspecto palaciego con una apariencia oriental, como algo procedente de Arabia. Su dorada luminosidad destacaba contra el cielo del este con una intensidad fugitiva y su apariencia era la de varios edificios amontonados uno encima del otro, cada uno de ellos alzándose de la roca firme, en un claro desafío. Al igual que sus ocupantes habían hecho durante casi cien años, cuando siete papas franceses gobernaron la Cristiandad desde el interior de las murallas de la fortaleza.
– Al Palais des Papes -dijo Claridon.
El Palacio de los Papas.
XXX
Abadía des Fontaines
El senescal miró a Geoffrey a los ojos, y descubrió odio en ellos. Nunca le había visto esa emoción.
– Le he dicho a nuestro nuevo maestre -dijo Geoffrey, hundiendo el arma más profundamente en la garganta de De Roquefort- que se esté quieto o le dispararé.
El senescal se adelantó y metió un dedo bajo el blanco manto, hasta el chaleco antibalas.
– Si nosotros no hubiéramos empezado a disparar, lo habría hecho usted, ¿verdad? La idea era matarnos mientras tratábamos de huir. De esa manera, su problema quedaba resuelto. Yo quedo eliminado y usted es el salvador de la orden.
De Roquefort no dijo nada.
– Por eso ha venido usted aquí solo. Para terminar el trabajo por sí mismo. Ya le vi cerrar la puerta del dormitorio. No quería testigos.
– Tenemos que irnos -dijo Geoffrey.
Comprendía el peligro que la empresa significaba, pero dudaba de que ninguno de los hermanos quisiera arriesgar la vida del maestre.
– ¿Adónde iremos?
– Se lo mostraré.
Manteniendo el arma pegada al cuello de De Roquefort, Geoffrey condujo a su rehén a través del dormitorio. El senescal mantenía lista su propia arma. Abrió la puerta. En el pasillo había cinco hermanos armados. Al ver a su líder en peligro, levantaron sus armas, dispuestos a disparar.
– Bajad las armas -ordenó De Roquefort.
Pero las pistolas seguían apuntando.
– Os ordeno que bajéis las armas. No quiero más derramamiento de sangre.
El noble gesto provocó el efecto deseado.
– Apartaos -dijo Geoffrey.
Los hermanos dieron unos pasos atrás.
Geoffrey hizo un gesto con el arma y él y De Roquefort salieron al pasillo. El senescal los siguió. Las campanas sonaron a lo lejos, señalando la una de la tarde. Las plegarias de la Hora Sexta terminarían dentro de poco, y los corredores se llenarían una vez más de hombres vestidos con hábitos.
– Tenemos que movernos rápidamente -dejó claro el senescal.
Con su rehén, Geoffrey encabezaba la marcha por el corredor. El senescal le seguía, mirando de vez en cuando hacia atrás para no perder de vista a los cinco hermanos.
– Quedaos ahí -ordenó el senescal a los hombres.
– Haced lo que dice -gritó De Roquefort, cuando doblaron la esquina.
De Roquefort sentía curiosidad. ¿Cómo esperaban huir de la abadía?¿Qué había dicho Geoffrey? «Se lo mostraré.» Decidió que la única manera de descubrir algo era ir con ellos, y por eso ordenó a sus hombres que se quedaran atrás.
El senescal le había disparado dos veces. De no haber actuado con rapidez, una tercera bala le habría dado en la cabeza. Las apuestas habían subido. Sus apresadores tenían una misión, algo que él creía que implicaba a su predecesor, y un tema sobre el que necesitaba desesperadamente saber más cosas. La excursión a Dinamarca no había sido muy productiva. Hasta el momento no se había sacado nada en claro en Rennes-le-Château. Y aunque había conseguido desacreditar al antiguo maestre en su muerte, el viejo podía haberse reservado ser el último en reír.
Tampoco le gustaba el hecho de que hubieran sido heridos dos hombres. No era la mejor manera de comenzar su mandato. Los hermanos se esforzaban por mantener el orden. El caos era visto como un signo de debilidad. La última vez que la violencia había invadido los muros de la abadía fue cuando un populacho enfurecido trató de entrar en el recinto durante la Revolución francesa… Pero, después de sufrir varios muertos en el intento, se retiraron. La abadía era un lugar de tranquilidad y refugio. La violencia era enseñada -y en ocasiones empleada-, pero atemperada por la disciplina. El senescal había demostrado una total falta de disciplina. Los reticentes que pudieran haber albergado alguna efímera lealtad hacia él habrían quedado ahora convencidos por sus graves violaciones de la regla.