Se inclinó.
El recipiente de hierro estaba lleno de monedas. Levantó una de ellas y vio que se trataba de monedas de oro francesas, muchas de ellas con una fecha: 1768. Ignoraba su valor, pero razonó que debía de ser considerable. Era difícil decir cuántas había en el caldero, pero cuando probó su peso descubrió que no podía mover ni un milímetro el recipiente.
Alargó la mano hacia el cofre, y vio que no estaba cerrado. Levantó la tapa y descubrió que su interior estaba lleno, a un lado, de diarios encuadernados en tela, y, al otro, de algo envuelto en una especie de hule. Cuidadosamente, hurgó con el dedo y decidió que, fuera lo que fuera lo que había dentro, era pequeño, duro y numeroso. Dejó la lámpara y desdobló el pliegue superior.
La luz de nuevo captó un centelleo.
Diamantes.
Quitó el resto del hule y se quedó sin respiración. El cofre escondía un joyero.
Sin la menor duda, los saqueadores de cien años atrás habían cometido un error cuando pasaron por alto la desvencijada iglesia de Rennes-le-Château. O quizás la persona o personas que eligieron el lugar como su escondrijo habían elegido sabiamente.
– La cripta existía -dijo Claridon-. En el diario que tiene usted ahí, acabo de leer que Lars encontró un registro parroquial de los años 1694 a 1726 que habla de la cripta, pero el registro no menciona su entrada. Saunière anotó en su diario personal que había descubierto una tumba. Escribió luego en otra entrada: «El año 1891 lleva a lo más alto el fruto de aquello de lo que uno habla.» Lars siempre pensó que esa entrada era importante.
Malone aparcó el coche a un lado de la carretera y se volvió para mirar a Claridon.
– Así que ese oro y las joyas fueron la fuente de los ingresos de Saunière. ¿Fue eso lo que empleó para financiar la remodelación de la iglesia?
Claridon se rió.
– Al principio. Pero, monsieur, aún hay más cosas en la historia.
Saunière se puso de pie.
Nunca había visto tanta riqueza junta. Vaya fortuna la que había llegado a sus manos. Pero tenía que rescatarla sin despertar sospechas. Y para hacerlo así, necesitaría tiempo. Y no debía permitir que nadie descubriera la cripta.
Se inclinó, recuperó la lámpara, y decidió que bien podía empezar aquella misma noche. Sacaría el oro y las joyas, ocultando ambas cosas en la casa parroquial. Cómo convertir aquello en moneda útil, podía decidirlo más tarde. Se retiró hacia la escalera, echando otra mirada a su alrededor mientras caminaba.
Una de las tumbas llamó su atención.
Se acercó y vio que el nicho contenía a una mujer. Sus vestiduras de entierro habían desaparecido prácticamente; sólo quedaban huesos y el cráneo. Acercó la lámpara y leyó la inscripción que había debajo:
Marie d’Hautpoul de Blanchefort
Estaba familiarizado con el personaje de la condesa. Era la última de los herederos D’Hautpoul. Cuando murió, en 1781, el control, tanto del pueblo como de las tierras de los alrededores, escapó de las manos de su familia. La Revolución, que llegó sólo ocho años más tarde, suprimió para siempre toda la propiedad aristocrática.
Pero había un problema.
Regresó rápidamente al nivel del suelo. Una vez fuera, cerró las puertas de la iglesia y, a través de una cegadora lluvia, dio la vuelta apresuradamente al edificio hasta el recinto parroquial y caminó entre las tumbas, cuyas lápidas parecían nadar en la viviente negrura.
Se detuvo ante una que buscaba y se inclinó.
Al brillo de la lámpara, leyó la inscripción.
– Marie d’Hautpoul estaba también enterrada fuera -dijo Claridon.
– ¿Dos tumbas para la misma mujer?
– Al parecer, pero su cuerpo estaba realmente en la cripta.
Malone recordó lo que Stephanie había dicho el día anterior sobre Saunière y su amante, que toquetearon las tumbas del cementerio, y luego arrancaron la inscripción de la lápida de la condesa.
– De manera que Saunière abrió la tumba del cementerio.
– Eso fue lo que Lars pensó.
– ¿Y estaba vacía?
– De nuevo, no lo sabremos nunca, pero Lars creía que ése era el caso. Y al parecer la historia apoyaría su conclusión. Una mujer de la categoría de la condesa jamás habría sido simplemente enterrada. La habrían dejado en la cripta, que es realmente donde fue hallado el cuerpo. La tumba de fuera era algo diferente.
– La lápida sepulcral era un mensaje -dijo Stephanie-. Eso lo sabemos. Por ello, el libro de Eugène Stüblein es tan importante.
– Pero si no conocías la historia de la cripta, la tumba del cementerio no despertaría tanto interés. Un monumento conmemorativo más, junto con todos los otros. El abate Bigou era listo. Ocultó su mensaje a la vista de todo el mundo.
– ¿Y Saunière lo descubrió? -preguntó Malone.
– Lars lo creía así.
Malone se volvió hacia delante y puso en marcha el vehículo para volver a la carretera. Recorrieron el último tramo de autopista, y luego torcieron al oeste y cruzaron las rápidas aguas del Ródano. Al frente se encontraban las fortificadas murallas de Aviñón, con el palacio papal alzándose en lo alto. Malone se apartó del concurrido bulevar y entró en el casco antiguo, pasando ante la plaza del mercado que albergaba la feria de libros que habían visitado. Tomó por un camino sinuoso que llevaba al palacio y aparcó en el mismo garaje subterráneo.
– Tengo una pregunta estúpida -dijo Malone-.¿Por qué simplemente alguien no cava bajo la iglesia de Rennes, o utiliza un radar de tierra para verificar la cripta?
– Las autoridades locales no lo permitirán. Piense en ello, monsieur. Si no hay nada ahí, ¿qué pasaría con la mística? Rennes vive de la leyenda de Saunière. Todo el Languedoc se beneficia de ello. Lo último que la gente desea es la prueba de que no hay nada. Se aprovechan del mito.
Malone buscó bajo el asiento y recuperó el arma que le había cogido a su perseguidor la noche pasada. Comprobó el cargador. Quedaban tres balas.