La puerta que conducía fuera de los archivos se abrió, para cerrarse después. Bajo la cuña de luz que penetró desde el pasillo pudo distinguir dos piernas yaciendo boca abajo en el suelo entre las estanterías. Se lanzó hacia delante y descubrió a uno de sus subordinados inconsciente, con un pequeño dardo clavado en el cuello. Este hermano había sido apostado en la planta baja y había recuperado el libro, el diario y la litografía.
Que no aparecían por ninguna parte.
Maldita fuera aquella mujer.
– Haced como os he dicho -les gritó a sus hombres.
Y corrió hacia la puerta.
Malone oyó la orden lanzada por el hombre, y decidió regresar al lado de Stephanie. No tenía ni idea de lo que aquellos individuos tenían que hacer, pero suponía que eso les incluía a ellos, y no era bueno.
Se agachó y se abrió paso a través de las estanterías, hacia la mesa.
– Stephanie -susurró.
– Aquí, Cotton.
Se deslizó a su lado. Todo lo que podía oír ahora era la lluvia.
– Debe de haber otra manera de salir de aquí -murmuró ella a través de la oscuridad.
Malone la liberó del arma.
– Alguien salió por la puerta. Probablemente la mujer. Yo sólo vi una sombra. Los otros deben de haber salido después de Claridon y pasado por otra salida.
La puerta de salida volvió a abrirse.
– Ése es él, saliendo -dijo.
Se quedaron y regresaron precipitadamente a través de los archivos. En la salida, Malone vaciló, no oyó ni vio nada, y entonces fue el primero en salir.
De Roquefort divisó a la mujer corriendo a lo largo de la galería. Ella se dio la vuelta y, sin perder el paso, disparó un tiro en su dirección.
Él se lanzó al suelo, y ella desapareció por una esquina.
De Roquefort se puso de pie y salió tras ella. Antes de que la mujer le disparara, había distinguido el diario y el libro en su mano.
Tenía que ser detenida.
Malone vio a un hombre, vestido con unos pantalones negros y un jersey oscuro de cuello vuelto, pistola en mano, que doblaba una esquina a cuarenta y cinco metros de distancia.
– Esto va a resultar interesante -dijo.
Ambos echaron a correr.
De Roquefort no cejó en su persecución. La mujer estaba sin duda tratando de abandonar el palacio, y parecía conocerlo bien. Cada giro que efectuaba era el correcto. Había obtenido con habilidad lo que venía a buscar, de modo que De Roquefort tenía que suponer que su vía de escape no había sido dejada al azar.
A través de otro portal, entró en un pasillo de bóveda nervada. La mujer se encontraba ya en el otro extremo, doblando una esquina. De Roquefort trotó hacia delante y descubrió una amplia escalera de piedra que conducía abajo. La Gran Escalinata De Honor. Antaño, bordeada de frescos, interrumpida por verjas de hierro y cubierta de alfombras persas, la escalera se había prestado a la solemne majestad de las ceremonias pontificias. Ahora las contrahuellas y paredes estaban desnudas. La oscuridad al pie, situado a unos veinticinco metros de distancia, era absoluta. Sabía que abajo había unas puertas de salida que daban a un patio. Oyó los pasos de la mujer mientras ésta descendía, pero no pudo distinguir su forma.
Se limitó a disparar.
Diez tiros.
Malone oyó lo que parecía un martillo golpeando repetidamente un clavo. Un disparo silenciado tras otro.
Se acercó más lentamente a una puerta situada a tres metros de distancia.
Unas bisagras crujieron en la base de la escalera, donde reinaba una absoluta oscuridad. De Roquefort reconoció el sonido de una puerta gimiendo al abrirse. La tormenta se hizo más intensa. Aparentemente su ráfaga de disparos a ciegas había fallado. La mujer estaba saliendo del palacio. Oyó pasos detrás de él, luego habló por el micro fijado a su camiseta.
– ¿Tenéis lo que yo buscaba?
– Lo tenemos -fue la réplica a través de su auricular.
– Estoy en la Galería del Cónclave. El señor Malone y la señora Nelle están detrás de mí. Encargaos de ellos.
Bajó corriendo por la escalera.
Malone vio al hombre del jersey de cuello vuelto abandonando el cavernoso corredor que se extendía entre ellos. Pistola en mano, corrió hacia delante, seguido por Stephanie.
Tres hombres armados se materializaron en la habitación a partir de otros portales, y les bloquearon el camino.
Malone y Stephanie se detuvieron.
– Por favor, tire el arma -dijo uno de los hombres.
No había forma de que pudiera derribarlos a todos antes de que él, o Stephanie, o ambos, fueran abatidos. De manera que soltó el arma, que cayó con estrépito al suelo.
Los tres hombres se acercaron.
– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Stephanie.
– Estoy abierto a cualquier sugerencia.
– No hay nada que ustedes puedan hacer -dijo otro de los hombres de cabello corto.
Se quedaron inmóviles.
– Dese la vuelta -ordenó el que mandaba.
Él se quedó mirando a Stephanie. Se había encontrado en aprietos en el pasado, algunos como aquel con el que se estaban enfrentando. Aunque consiguiera dominar a uno o a dos, seguía estando el tercer hombre, y todos iban armados.
Un ruido sordo fue seguido de un grito de Stephanie y su cuerpo se desplomó en el suelo. Antes de que pudiera hacer ningún movimiento hacia ella, la nuca de Malone recibió el impacto de algo duro, y todo ante él se desvaneció.
De Roquefort siguió a su presa, que corría a través de la Place du Palais, huyendo rápidamente de la vacía plaza y siguiendo un serpenteante camino a través de las desiertas calles de Aviñón. La cálida lluvia seguía cayendo en constantes cortinas. Los cielos repentinamente se abrieron, hendidos por un inmenso relámpago que momentáneamente iluminó la bóveda de oscuridad. El trueno sacudió el aire.
Dejaron atrás los edificios y se acercaron al río.
Él sabía que, justo delante, el Pont St. Bénézet se extendía a través del Ródano. A través de la tormenta vio a la mujer recorrer un camino, que se dirigía directamente a la entrada del puente. ¿Qué estaba haciendo?¿Por qué iba allí? No importaba, tenía que seguirla. Ella poseía el resto de lo que había venido a recuperar, y no pensaba irse de Aviñón sin el libro y el diario. Sin embargo, se preguntó qué daño estaría causando la lluvia a las páginas. Tenía el cabello pegado al cuero cabelludo, y la ropa al cuerpo.
Vio un centelleo a unos diez metros de distancia, al frente, cuando la mujer disparó un tiro contra la puerta que conducía a la entrada del puente.
Y desapareció dentro del edificio.
De Roquefort corrió hacia la puerta y cuidadosamente miró dentro. Un mostrador de billetes se alzaba a su derecha. Y a su izquierda se exhibían unos recuerdos en otros mostradores. Tres tornos de entrada daban paso al puente. El incompleto tramo hacía mucho tiempo que no servía, y ahora no era más que una atracción turística.
La mujer se encontraba a una distancia de veinte metros, corriendo por el puente, encima del río.
Entonces desapareció.
El hombre se apresuró y saltó por encima de los tornos, corriendo tras ella.
Una capilla gótica se alzaba en el extremo del segundo pilón. Sabía que se trataba de la Chapelle Saint-Nicholas. Los restos de san Bénézet, que fue originalmente el responsable de la construcción del puente, estuvieron antaño preservados aquí. Pero las reliquias se perdieron durante la Revolución, y sólo quedó la capilla… Gótica en la parte superior. Románica abajo. Que era adonde la mujer había ido. Bajando por la escalera de piedra.
Otro verdoso rayo centelleó sobre su cabeza.
Se quitó la lluvia de los ojos y se detuvo en el escalón superior.
Entonces la vio.
No abajo, sino otra vez arriba, corriendo hacia el extremo del cuarto tramo, lo cual la dejaría en medio del Ródano, sin ningún lugar a donde ir, ya que los tramos que conducían al otro lado del río habían sido arrastrados por la corriente trescientos años antes. Evidentemente ella había usado la escalera para ocultarse bajo la capilla como una manera de protegerse de cualquier disparo que él hubiera querido hacer.