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Stephanie consiguió controlar la avalancha de sentimientos y se dijo que no debía reaccionar ante aquellos reproches.

– Papá era un académico serio. Su trabajo tenía mérito; él nunca habló abiertamente sobre lo que realmente buscaba. Cuando descubrió Rennes-le-Château en los años setenta y le contó al mundo la historia de Saunière, eso fue simplemente una manera de ganar dinero. Lo que pueda, o no, haber sucedido allí es una buena leyenda. Millones de personas disfrutaron leyéndola, independientemente de los adornos que incorporaba. Tú fuiste una de las pocas personas que no lo hizo.

– Tu padre y yo tratábamos de comunicarnos, pese a nuestras diferencias.

– ¿Cómo?¿Diciéndole que estaba desperdiciando su vida, haciendo daño a su familia?¿Diciéndole que era un fracasado?

– De acuerdo, maldita sea, me equivoqué. -Su voz era un grito-.¿Quieres que lo diga otra vez? Me equivoqué. -Se incorporó en la silla, llena de energía por una desesperada resolución-. Lo jodí todo. ¿Eso es lo que querías oír? En mi mente, tú llevas muerto cinco años. Ahora estás aquí, y todo lo que quieres de mí es que admita que estaba equivocada. Estupendo. Si pudiera decirle eso a tu padre, lo haría. Si pudiera pedirle perdón, lo haría. Pero no puedo. -Las palabras brotaban con rapidez, por la emoción, y tenía intención de decirlo todo mientras tuviera el valor-. Vine aquí para ver lo que podía hacer. Para tratar de llevar a cabo lo que fuera que Lars y tú considerabais importante. Ésa es la única razón por la que vine. Pensé que finalmente estaba haciendo lo correcto. Pero deja ya de soltarme toda esa mierda beata. Tú también la jodiste. La diferencia entre nosotros es que yo he aprendido algo durante los últimos cinco años.

Se dejó caer otra vez contra el respaldo de la silla, sintiéndose mejor, aunque sólo ligeramente. Pero comprendió que la brecha entre ellos más bien se había ensanchado, y un repentino estremecimiento recorrió su cuerpo.

– Es medianoche -dijo Malone finalmente-.¿Por qué no dormimos un poco y volvemos a enfrentarnos con todo esto dentro de unas horas?

XXXVIII

Domingo, 25 de junio

Abadía des Fontaines

5:25 am

De Roquefort cerró de golpe la puerta a sus espaldas. El hierro produjo un tremendo ruido metálico al chocar contra el marco, como un disparo de rifle, y la cerradura encajó.

– ¿Está todo preparado? -le preguntó a uno de sus ayudantes.

– Tal como usted especificó.

Bien. Ya era hora de salirse con la suya. Empezó a caminar a grandes zancadas por el corredor subterráneo. Estaban tres pisos por debajo del nivel del suelo, en una parte de la abadía ocupada por primera vez mil años atrás. Las sucesivas construcciones habían transformado las salas que lo rodeaban en un laberinto de cámaras olvidadas, ahora utilizadas principalmente para almacenar alimentos.

Había regresado a la abadía tres horas antes con el diario de Lars Nelle y Royce Claridon. La pérdida de Pierres Gravées du Languedoc, el libro de la subasta, constituía una pesada carga en su mente. Su única esperanza era que el diario y el propio Claridon le proporcionarían las suficientes piezas que le faltaban.

Y la mujer de color… Era un buen problema.

El mundo de De Roquefort era claramente masculino. Su experiencia con las mujeres, mínima. Eran una casta diferente, de eso estaba seguro; pero la hembra con que se había enfrentado en el Pont St. Bénézet parecía casi de otro mundo. En ningún momento había mostrado ni una pizca de miedo, y se movía con la astucia de una leona. Le había atraído directamente al puente, sabiendo con exactitud cómo pensaba efectuar su huida. Su único error había sido perder el diario. Tenía que descubrir su identidad.

Pero lo primero era lo primero.

Entró en una cámara rematada por vigas de pino que no habían sido modificadas desde los tiempos de Napoleón. El centro de la habitación estaba ocupado por una larga mesa, sobre la que yacía Royce Claridon, boca arriba, brazos y piernas atados con correas a unas estacas de acero.

– Monsieur Claridon, tengo poco tiempo y mucha necesidad de usted. Su cooperación lo hará todo más sencillo.

– ¿Qué espera que diga? -Sus palabras estaban teñidas de desesperación.

– Sólo la verdad.

– Sé muy poco.

– Vamos, no empecemos con una mentira.

– No sé nada.

De Roquefort se encogió de hombros.

– Le oí en el archivo. Es usted un pozo de información.

– Todo lo que dije en Aviñón se me ocurrió entonces.

De Roquefort hizo un gesto a un hermano que se encontraba al otro lado de la habitación. El hombre se adelantó y dejó una lata abierta sobre la mesa. Con tres dedos extendidos, el hermano recogió un pegajoso pegote blanco.

De Roquefort le quitó los zapatos y los calcetines a Claridon.

Éste levantó la cabeza para ver.

– ¿Qué está haciendo?¿Qué es eso?

– Manteca.

El hermano extendió la manteca por los desnudos pies de Claridon.

– ¿Qué hace?

– Seguramente conoce usted la historia. Cuando los templarios fueron arrestados en 1307, se usaron muchos métodos para obtener confesiones. Se arrancaban los dientes y en las cuencas vacías se echaba metal fundido. Se metían astillas bajo las uñas. El calor era utilizado de maneras muy imaginativas. Una de las técnicas empleadas consistía en untar de manteca los pies y luego acercarlos a la llama. Lentamente los pies se cocían, y la piel se iba desprendiendo como carne de un filete. Muchos hermanos sucumbieron a esa tortura. Incluso Jacques de Molay fue víctima de ella.

El hermano terminó con la manteca y se retiró de la habitación.

– En nuestras Crónicas, aparece el informe de un templario que, después de ser sometido a la tortura de los pies ardientes y confesar, fue trasladado ante sus inquisidores agarrando una bolsa que contenía los ennegrecidos huesos de sus pies. Se le permitió conservarlos como un recuerdo de su sufrimiento. Muy amable por parte de sus inquisidores, ¿no?

Se acercó a un brasero de carbón que ardía en un rincón. Había ordenado que lo prepararan una hora antes y sus brasas estaban ahora al rojo vivo.

– Supongo que pensaría usted que ese fuego era para calentar la cámara. Bajo el suelo, hace frío aquí, en las montañas. Pero hice preparar este fuego justamente para usted.

Hizo rodar el carrito con el brasero hasta situarlo a un metro de distancia de los desnudos pies de Claridon.

– La idea, me han dicho, es que el calor sea flojo y constante. No intenso… eso vaporizaría la grasa demasiado rápidamente. Igual que con un bistec, una llama lenta funciona mejor.

Los ojos de Claridon estaban abiertos de par en par.

– Cuando mis hermanos fueron torturados en el siglo xiv, se pensaba que Dios fortificaría al inocente para que pudiera soportar el dolor, de modo que sólo el culpable realmente confesaría. Del mismo modo (y de forma bastante conveniente, podría añadir) no se podía uno retractar de cualquier confesión extraída gracias a la tortura. Por lo que, cuando una persona había confesado, ahí se acababa el asunto.

Empujó el brasero hasta unos treinta centímetros de la desnuda piel.

Claridon lanzó un grito.

– ¿Tan pronto, monsieur? Aún no ha ocurrido nada. ¿No tiene usted ninguna resistencia?

– ¿Qué quiere usted?

– Un montón de cosas. Pero podemos empezar con el significado de Don Miguel de Mañana leyendo las reglas de la caridad.

– Hay una clave que relaciona al abate Bigou con la lápida sepulcral de Marie d’Hautpoul de Blanchefort. Lars Nelle encontró un criptograma. Él pensaba que la clave para resolverlo se encontraba en el cuadro.