– Saunière dirigió cada detalle de la decoración -estaba diciendo Mark-. Nada se colocaba aquí sin su aprobación. -Señaló una de las estatuas-. San Antonio de Padua. Le oramos a él cuando buscamos algo perdido.
Malone captó la ironía.
– ¿Otro mensaje?
– Evidentemente. Mire las estaciones del Vía Crucis.
Las tallas empezaban en el púlpito, siete a lo largo de la pared norte y luego otras siete en el sur. Cada una era un bajorrelieve lleno de color que describía un momento de la crucifixión de Cristo.
Su brillante pátina y sus ingenuos detalles parecían insólitos para algo tan solemne.
– Son extrañas, ¿no? -preguntó Mark-. Cuando fueron instaladas en 1887, eran corrientes para esta zona. En Rocamadour, hay una serie casi idéntica. La casa Giscard de Toulouse hizo las unas y las otras. Estas estaciones han sido interpretadas de muchas maneras. Algunos conspiradores pretenden que tienen origen masónico o son realmente alguna especie de mapa del tesoro. Nada de eso es cierto. Pero hay mensajes en ellas.
Malone se fijó en algunos de los aspectos curiosos. El muchacho negro esclavo que sostenía el cuenco para lavarse las manos de Pilatos. El velo que llevaba Pilatos. Una trompeta que se hacía sonar cuando Cristo caía cargando la cruz. Tres platos de plata sostenidos en alto. El niño que se enfrentaba a Cristo, envuelto en un manto de tela escocesa. Un soldado romano tirando los dados por las vestiduras de Cristo, los números tres, cuatro y cinco visibles en las caras.
– Mire la estación catorce -dijo Mark, haciendo un gesto hacia la pared sur.
Malone se puso de pie y anduvo hacia la parte delantera de la iglesia. Las velas parpadeaban ante el altar, y enseguida observó el bajorrelieve de debajo. Una mujer -María Magdalena, supuso- llorando, arrodillada en una gruta ante una cruz formada por dos ramas. Un cráneo descansaba en la base de la rama, e inmediatamente Malone se acordó del cráneo de la litografía que viera la noche anterior en Aviñón.
Se dio la vuelta y examinó la imagen de la última estación del Vía Crucis, la número 14, que describía el cuerpo de Cristo transportado por dos hombres en tanto tres mujeres eran presa de las lágrimas. Tras ellos se levantaba una escarpadura rocosa sobre la cual pendía una luna llena en el cielo nocturno.
– Jesús transportado a la tumba -le susurró a Mark, que se le había acercado por detrás.
– Según la ley romana, a un crucificado nunca se le permitía ser enterrado. Esa forma de ejecución estaba reservada solamente para aquellos encontrados culpables de crímenes contra el imperio. La idea era que el acusado muriera lentamente en la cruz, que la muerte tardara en llegar varios días, y todos pudieran verlo. El cuerpo era abandonado a las aves carroñeras. Sin embargo, al parecer, Pilatos concedió el cuerpo de Cristo a José de Arimatea para que pudiera ser enterrado. ¿Se ha preguntado usted alguna vez por qué?
– No. La verdad es que no.
– Otros sí lo han hecho. Cristo murió la vigilia del Sabbath. No podía, según mandaba la ley, ser inhumado después de la puesta del sol. -Mark señaló a la estación 14-. Sin embargo, Saunière colgó esta representación, que evidentemente muestra al cuerpo transportado después del crepúsculo.
Malone seguía sin comprender el significado.
– ¿Y si en vez de ser transportado a la tumba, Cristo estuviera siendo sacado de ella, después del crepúsculo?
Malone no dijo nada.
– ¿Está usted familiarizado con los Evangelios Apócrifos? -preguntó Mark.
Lo estaba. Fueron encontrados en algún lugar junto al Nilo superior en 1945. Siete operarios beduinos estaban cavando cuando tropezaron con un esqueleto humano y una urna sellada. Pensando que contenía oro, abrieron la urna a golpes y encontraron trece códices encuadernados en piel. No exactamente un libro, sino un antepasado. Los textos, de bordes raídos, escritos con claridad, lo estaban en antiguo copto, sin duda compuesto por monjes que vivieron en un cercano monasterio basiliano durante el siglo iv. Contenían cuarenta y seis antiguos manuscritos cristianos, que databan del siglo ii, habiendo sido modelados los códices en el siglo iv. Algunos se perdieron posteriormente, utilizados para encender fuego o desechados, pero en 1947 el resto fue adquirido por un museo local.
Le contó a Mark lo que sabía.
– La respuesta de por qué los monjes enterraron los códices se encuentra en la historia -dijo Mark-. En el siglo iv, Atanasio, el obispo de Alejandría, escribió una carta que fue enviada a todas las iglesias de Egipto. Decretaba que sólo los veintisiete libros contenidos dentro del recientemente formulado Nuevo Testamento podían ser considerados Escrituras. Todos los demás, libros heréticos, debían ser destruidos. Ninguno de los cuarenta y seis manuscritos de aquella urna se ajustaba. De manera que los monjes del monasterio basiliano decidieron esconder los trece códices en vez de quemarlos, quizás esperando un cambio en la cúpula de la Iglesia. Por supuesto, no tuvo lugar ningún cambio. En vez de ello, la Cristiandad romana floreció. Pero, gracias al cielo, los códices sobrevivieron. Éstos son los Evangelios Apócrifos que ahora conocemos. En uno de ellos, el de Pedro, aparece escrito: «Y mientras declaraban las cosas que habían visto, nuevamente vieron a tres hombres aparecer de la tumba, y dos de ellos sostenían a uno.»
Malone volvió a contemplar la estación 14. Dos hombres sosteniendo a uno.
– Los Evangelios Apócrifos son textos extraordinarios -dijo Mark-. Muchos eruditos dicen ahora que el Evangelio de santo Tomás, que estaba incluido en ellos, puede ser lo más próximo que tenemos de las auténticas palabras de Cristo. Los primeros cristianos estaban aterrorizados por los gnósticos. La palabra viene del griego, gnosis, que significa «conocimiento». Los gnósticos eran simplemente personas informadas, pero la emergente versión católica del cristianismo acabó eliminando todo el pensamiento y enseñanzas gnósticas.
– ¿Y los templarios mantuvieron eso vivo?
Mark asintió.
– Los Evangelios Apócrifos, y otros textos que los teólogos de hoy jamás han visto, están en la biblioteca de la abadía. Los templarios eran de amplias miras cuando se trataba de las Escrituras. Se pueden aprender un montón de cosas de esas supuestamente heréticas obras.
– ¿Y cómo sabría nada Saunière de esos Evangelios? No fueron descubiertos hasta varias décadas después de su muerte.
– Quizás tuvo acceso a una información aún mejor. Deje que le muestre algo más.
Malone siguió a Mark de nuevo a la entrada de la iglesia y salieron al pórtico. Encima de la puerta había una caja tallada en la piedra sobre la que había pintadas unas palabras.
– Lea lo que está escrito debajo -dijo Mark.
Malone se esforzó en distinguir las letras. Muchas estaban difuminadas y eran difíciles de descifrar, y todas estaban en latín:
regnum mundi et omnem ornatum saeculi contempsi,
propter amorem dominin mei Jesu Christi: quem vidi,
quem amavi, in quem credidi, quem dilexi
– Traducido, quiere decir: «He sentido desprecio hacia el reino de este mundo, y todos sus ornamentos temporales, por el amor de mi Señor Jesucristo, al cual vi, a quien amé, en quien creí y al que adoré.» A primera vista, una interesante afirmación, pero hay algunos errores evidentes. -Mark hizo un gesto con la mano-. Las palabras soeculi, amorem, quem y cremini están todas mal escritas. Saunière se gastó ciento ochenta francos por esa talla y por las letras pintadas, lo cual era una suma considerable para su época. Lo sabemos porque tenemos las facturas. Se tomó muchas molestias para diseñar esta entrada, y sin embargo permitió que quedaran los errores de ortografía. Habría sido fácil enmendarlos, ya que las letras estaban sólo pintadas.