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Luego su padre hizo la pregunta que había flotado en su memoria desde entonces.

– ¿Y si eso no llegó a suceder?¿Y si Cristo simplemente murió, polvo al polvo?

Realmente, ¿y si?

– Piensa en todos los millones que fueron sacrificados en el nombre de Cristo. Durante la Cruzada Albigense solamente, quince mil hombres, mujeres y niños fueron quemados en la hoguera simplemente por negar las enseñanzas de la crucifixión. La Inquisición mató a millares más. Las Cruzadas a Tierra Santa costaron cientos de miles de vidas. Y todo por el supuestamente resucitado Cristo. Los papas, durante siglos, han utilizado el sacrificio de Cristo como una manera de motivar a los guerreros. Si la resurrección no ocurrió jamás, y por tanto no hay ninguna promesa de vida futura, ¿cuántos de aquellos hombres crees que se hubieran enfrentado a la muerte?

La respuesta era sencilla. Ni uno solo.

¿Y si la resurrección no hubiera ocurrido nunca?

Mark acababa de pasar cinco años buscando una respuesta a esa pregunta dentro de una orden que el mundo consideraba erradicada setecientos años antes. Sin embargo, había salido tan confuso como la primera vez que fue llevado a la abadía. ¿Qué se había ganado?

Y más importante aún, ¿qué se había perdido?

Se sacudió la confusión de la mente y volvió a concentrarse en la lápida de su padre. Él mismo había encargado la losa y contemplado cómo era colocada en su lugar una triste tarde de mayo. El cuerpo de su padre había sido encontrado una semana antes, colgando de un puente, a una media hora hacia el sur de Rennes. Mark estaba en casa, en Toulouse, cuando se produjo la llamada de la policía. Recordaba el rostro de su padre cuando identificó el cuerpo… la cenicienta piel, la abierta boca, los ojos sin vida. Una imagen grotesca que temía que jamás le abandonaría.

Su madre había regresado a Georgia poco después del funeral. Habían hablado poco entre ellos durante los tres días que ella estuvo en Francia. Él tenía veintisiete años, y acababa de empezar en la Universidad de Toulouse como profesor adjunto, no muy preparado para la vida. Pero se preguntaba ahora, once años más tarde, si estaba ya preparado. El día anterior hubiera matado a Raymond de Roquefort. ¿Qué había pasado con todo lo que le habían enseñado?¿Dónde estaba la disciplina que creía haber adquirido? Los fallos de De Roquefort era fáciles de comprender -un falso sentido del deber impulsado por el ego-, pero sus propias debilidades resultaban desconcertantes. En el lapso de tres días, había pasado de senescal a fugitivo. De la seguridad al caos. De tener un claro propósito al vagabundeo.

Y ¿para qué?

Sintió la presencia del arma bajo su chaqueta. La tranquilidad que ofrecía era algo incómoda… sólo otra sensación más, novedosa y extraña, que le daba seguridad.

Se apartó de la tumba de su padre y se deslizó hasta el lugar de reposo de Ernest Scoville. Conocía al solitario belga y le gustaba. El maestro al parecer también lo conocía, puesto que le había enviado una carta hacía sólo una semana. ¿Qué había dicho De Roquefort el día anterior sobre los dos correos? «Me he ocupado de uno de los destinatarios.» Al parecer, así era. Pero qué más había dicho. «Y no tardaré en hacerlo del otro.» Su madre estaba en peligro. Todos lo estaban. Pero no era mucho lo que se podía hacer. ¿Acudir a la policía? Nadie los creería. La abadía era muy respetada, y ni un solo hermano diría nada contra la orden. Todo lo que encontrarían sería un tranquilo monasterio dedicado a Dios. Existían planes para el encubrimiento de todas las cosas relacionadas con la hermandad, y ni uno solo de los hombres del interior de la abadía fallaría.

De eso estaba seguro.

No. Estaban solos.

Malone esperaba en el Jardín del Calvario a que Mark regresara del cementerio. No había querido entrometerse en algo tan personal, pues comprendía totalmente las perturbadoras emociones que el hombre estaría seguramente experimentando. Él tenía sólo diez años cuando su padre había muerto, pero la pena que sintió al saber que no volvería a ver a su padre nunca se había desvanecido. A diferencia de Mark, no había ningún cementerio donde él pudiera visitarlo. La tumba de su padre se encontraba en el fondo del Atlántico Norte, dentro del aplastado casco de un submarino hundido. Había intentado en una ocasión averiguar los detalles de lo que había ocurrido, pero todo el incidente estaba clasificado como información reservada.

Su padre había amado a la Marina y a Estados Unidos… Un patriota que gustosamente dio su vida por su país. Y esa idea siempre había enorgullecido a Malone. Mark Nelle, en cambio, había sido afortunado, pudiendo vivir muchos años con su padre. Llegaron a conocerse y a compartir la vida. Pero, en muchos sentidos, él y Mark eran parecidos. Sus dos padres se habían entregado por completo a su trabajo. Los dos habían desaparecido. Y para ninguna de las muertes existía una adecuada explicación.

Se quedó junto al Calvario y observó, mientras más visitantes entraban y salían en tropel del cementerio. Finalmente, descubrió a Mark, que seguía a un grupo de japoneses a través de la verja.

– Ha sido duro -dijo Mark cuando se acercó-. Lo echo de menos.

Malone decidió reanudar la conversación donde la había dejado.

– Tú y tu madre vais a tener que poneros de acuerdo.

– Flota un montón de malas vibraciones, y ver su tumba no ha hecho más que reavivarlas.

– Ella tiene su corazón. Está blindado, lo sé, pero, con todo, sigue ahí.

Mark sonrió.

– Parece que la conoce usted.

– He tenido alguna experiencia.

– Por el momento, necesitamos concentrarnos en lo que fuera que el maestre maquinó.

– Vosotros dos sabéis eludir una cuestión la mar de bien.

Mark volvió a sonreír.

– Viene con los genes.

Consultó su reloj.

– Son las once y media. Tengo que irme. Quiero hacer una visita a Casiopea Vitt antes del anochecer.

– Le haré un croquis. No es un viaje largo en coche desde aquí.

Salieron del Jardín del Calvario y giraron hacia la rue principal. A unos treinta metros de distancia, Malone descubrió a un hombre bajo, de aspecto robusto, que llevaba las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta de piel, y se dirigía directamente a la iglesia.

Agarró a Mark por el hombro.

– Tenemos compañía.

Mark siguió su mirada y vio a De Roquefort.

Malone valoró rápidamente sus opciones mientras descubría a otros tres cabellos cortos. Dos de ellos estaban delante, en Villa Betania. El otro bloqueaba el callejón que conducía al aparcamiento.

– ¿Alguna sugerencia? -preguntó Malone.

Mark se adelantó hacia la iglesia.