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– Sígame.

Stephanie abrió la puerta y Royce Claridon entró en la casa.

– ¿De dónde viene? -preguntó ella, haciendo un gesto a Geoffrey para que bajara el arma.

– Me cogieron en el palacio anoche y me condujeron en coche hasta aquí. Me encerraron en un piso, dos calles más allá, pero conseguí escaparme hace unos minutos.

– ¿Cuántos hermanos hay en el pueblo? -le preguntó Geoffrey a Claridon.

– ¿Quién es usted?

– Se llama Geoffrey -dijo Stephanie, esperando que su acompañante entendiera el hecho de ser tan escueta.

– ¿Cuántos hermanos hay aquí? -volvió a preguntar Geoffrey.

– Cuatro.

Stephanie se acercó a la ventana de la cocina y miró a la calle. Los adoquines estaban desiertos en ambas direcciones. Pero ella estaba preocupada por Mark y Malone.

– ¿Dónde están esos hermanos?

– No lo sé. Les oí decir que estaba usted en casa de Lars, de manera que vine directamente aquí.

A ella no le gustó esa respuesta.

– No pudimos ayudarle anoche. No teníamos ni idea de que le habían cogido. Nos golpearon hasta dejarnos inconscientes mientras tratábamos de atrapar a De Roquefort y a la mujer. Para cuando nos despertamos, todo el mundo se había ido.

El francés levantó las palmas.

– Está bien, madame, lo entiendo. No pudieron hacer nada.

– ¿Está De Roquefort aquí? -preguntó Geoffrey.

– ¿Quién?

– El maestre. ¿Está aquí?

– No se dieron nombres. -Claridon se volvió hacia ella-. Pero oí decirles que Mark está vivo. ¿Es cierto eso?

Ella asintió con la cabeza.

– Él y Cotton se fueron a la iglesia, pero deberían volver dentro de poco.

– Un milagro. Pensaba que había desaparecido para siempre.

– Los dos lo pensábamos.

La mirada de Claridon barrió la habitación.

– No he estado en el interior de esta casa desde hace algún tiempo. Lars y yo pasamos mucho tiempo aquí.

Ella le ofreció una silla junto a la mesa. Geoffrey se situó cerca de la ventana, y Stephanie observó un punto de tensión en su actitud por lo general fría.

– ¿Qué le pasó? -le preguntó a Claridon.

– Estuve atado hasta esta mañana. Me desataron para que pudiera hacer mis necesidades. Una vez en el baño, me encaramé por la ventana y vine directamente aquí. Seguramente me estarán buscando, pero no tenía ningún otro lugar al que ir. Salir de este pueblo es bastante difícil, dado que sólo hay un camino. -Claridon se movió nerviosamente en la silla-.¿Sería mucha molestia pedirle un poco de agua?

Ella se puso de pie y llenó un vaso del grifo. Claridon la ingirió de un trago. Ella volvió a llenar el vaso.

– Estaba aterrorizado por ellos -dijo Claridon.

– ¿Qué es lo que quieren? -preguntó ella.

– Buscan su Gran Legado, como dijo Lars.

– ¿Y qué les contó usted? -preguntó Geoffrey, con una pizca de desprecio en su voz.

– No les dije nada, pero ellos preguntaron muy poco. Me dijeron que mi interrogatorio tendría lugar hoy, después de que atendieran a otro asunto. Pero la verdad es que no llegaron a decir de qué se trataba. -Claridon miró a Stephanie fijamente-.¿Sabe lo que ellos quieren de usted?

– Tienen el diario de Lars, el libro de la subasta y la litografía del cuadro. ¿Qué más pueden desear?

– Creo que es a Mark.

Esas palabras visiblemente afectaron a Geoffrey, y se puso rígido.

Ella quiso saber.

– ¿Qué quieren de él?

– No tengo ningún indicio, madame. Pero me pregunto si en todo esto hay algo que merezca el derramamiento de sangre.

– Los hermanos han muerto durante casi novecientos años por lo que ellos creían -dijo Geoffrey-. Esto no es diferente.

– Habla usted como si fuera de la orden.

– Estoy sólo citando la historia.

Claridon se bebió su agua.

– Lars Nelle y yo estudiamos la orden durante muchos años. He leído esa historia de la que habla usted.

– ¿Qué ha leído usted? -preguntó Geoffrey, con asombro en su voz. -Libros escritos por personas que no saben nada. Escribieron sobre herejía y adoración de ídolos, sobre besarse mutuamente en la boca, sobre sodomía y sobre la negación de Jesucristo. Ni una sola palabra de ello es cierta. Todo mentiras concebidas para destruir a la orden y apoderarse de su riqueza.

– Ahora habla usted realmente como un templario.

– Hablo como un hombre que ama la justicia.

– ¿Eso no es ser un templario?

– ¿No deberían ser así todos los hombres?

Stephanie sonrió. Geoffrey era rápido.

Malone siguió a Mark al interior de la iglesia de María Magdalena. Se abrieron paso por el pasillo central, pasando por delante de nueve filas de bancos ocupados por una multitud de papamoscas, en dirección al altar. Allí Mark giró a la derecha y entró en una pequeña antecámara a través de una puerta abierta. Tres visitantes con sus cámaras se encontraban dentro.

– ¿Podrían ustedes excusarnos? -les dijo Mark en inglés-. Trabajo con el museo y necesitamos esta habitación durante unos momentos.

Nadie cuestionó su evidente autoridad y Mark cerró la puerta suavemente a sus espaldas. Malone miró a su alrededor. El espacio estaba iluminado de forma natural por la luz de una vidriera. Una fila de aparadores vacíos dominaba una de las paredes. Las otras tres eran todas de madera.

– Esto era la sacristía -dijo Mark.

De Roquefort estaba sólo a un minuto de caer sobre ellos, de manera que quería saber.

– ¿Imagino que tienes algo en mente?

Mark se adelantó hacia el aparador y buscó con la punta de sus dedos encima de la estantería superior.

– Como le dije, cuando Saunière construyó el Jardín del Calvario, construyó también la gruta. Él y su amante bajaban al valle y recogían piedras. -Mark continuó buscando algo-. Volvían con capachos llenos de rocas. Ahí está.

Mark retiró la mano y tiró del aparador, que se abrió para revelar un espacio sin ventanas.

– Éste era el escondite de Saunière. Fuera lo que fuese que trajera con aquellas rocas, estaba almacenado aquí. Pocos conocen esta cámara. Saunière la creó durante la remodelación de la iglesia. Los planos de este edificio, anteriores a 1891, lo muestran como una sala abierta.

Mark sacó una pistola automática de debajo de su chaqueta.

– Esperaremos aquí, y veremos qué ocurre.

– ¿Conoce De Roquefort esta cámara?

– Lo averiguaremos dentro de poco.

XLII

De Roquefort se detuvo frente a la iglesia. Era extraño que sus perseguidos se hubieran refugiado en el interior. Pero no importaba. Él iba a ocuparse personalmente de Mark Nelle. Su paciencia estaba tocando a su fin. Había tomado la precaución de consultar con sus colaboradores antes de marcharse de la abadía. No iba a repetir los errores del antiguo maestre. Su mandato tendría al menos la apariencia de una democracia. Afortunadamente, la huida del día anterior y los dos tiroteos habían movido a la hermandad hacia una postura concreta. Todos estaban de acuerdo en que el antiguo senescal y su cómplice debían ser devueltos a la abadía para recibir su castigo.

Y él tenía la intención de hacer la entrega.

Inspeccionó la calle.

La multitud crecía. Un día cálido había atraído a los turistas. Se volvió hacia el hermano que se encontraba detrás de él.

– Entra y evalúa la situación.

Hizo un gesto con la cabeza y el hombre avanzó.

De Roquefort conocía la arquitectura de la iglesia. Una única salida. Las vidrieras eran todas fijas, por lo cual tendrían que romper alguna para escapar. No veía gendarmes, lo que era normal en Rennes. Pocas cosas ocurrían aquí, excepto el gasto de dinero. Aquella comercialización le ponía enfermo. Si fuera decisión suya, todas las visitas turísticas de la abadía serían canceladas. Comprendía que el obispo discutiría esa acción, pero había decidido ya limitar el acceso sólo a unas pocas horas, los sábados, aduciendo la necesidad de los hermanos de un mayor aislamiento. Eso, el obispo lo comprendería. Estaba completamente resuelto a restaurar las viejas costumbres, unas prácticas que hacía mucho tiempo que habían sido abandonadas, rituales que antaño distinguieron a los templarios de todas las otras órdenes religiosas. Y para ello necesitaría que las puertas de la abadía estuvieran cerradas durante más tiempo del que estaban abiertas.