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– No hay viento aquí, pero cuando demos la vuelta a esa esquina… -señaló Malone al frente- me imagino que soplará.

– Como un huracán. Pero no tenemos elección.

XLIII

De Roquefort se llevó a un hermano con él cuando entró en el cementerio, en tanto los demás aguardaban fuera. Era inteligente lo que Mark Nelle había hecho: utilizar la cámara secreta como diversión. Probablemente se habían quedado dentro el tiempo suficiente para que su explorador abandonara la iglesia. Y luego se escondieron en el confesionario hasta que él mismo hubo entrado en la sacristía.

Dentro del recinto mortuorio se detuvo y tranquilamente examinó las tumbas, pero no veía a su presa. Le dijo al hermano que se quedara cerca de él, buscando a su izquierda, y De Roquefort se fue a la derecha, donde se tropezó con la tumba de Ernest Scoville. Cuatro meses antes, cuando tuvo noticias por primera vez del interés del antiguo maestre por Scoville, había enviado a un hermano a controlar las actividades del belga. Por medio de un dispositivo de escucha instalado en el teléfono de Scoville, su espía se había enterado de la existencia de Stephanie Nelle, de sus planes para visitar Dinamarca y luego Francia, así como de su intento de hacerse con el libro. Pero cuando se hizo evidente que a Scoville no le gustaba la viuda de Lars Nelle y estaba meramente engañándola, tratando de desbaratar sus esfuerzos, un coche lanzado a gran velocidad en la pendiente de Rennes resolvió el problema de su potencial interferencia. Scoville no era un jugador en el juego que se desarrollaba. Stephanie sí lo era, y, en aquel momento, no se podía permitir que nada estorbara sus movimientos. De Roquefort se había encargado personalmente de acabar con Scoville, sin involucrar a nadie de la abadía, ya que no podía permitirse explicar por qué era necesario aquel asesinato.

El hermano regresó del otro lado del cementerio e informó.

– Nada.

¿Dónde podían haber ido?

Su mirada descansó en el muro gris rojizo que formaba el borde exterior. Se acercó a un lugar donde la pared se alzaba sólo hasta la altura del pecho. Rennes estaba situada en la loma de una cumbre con laderas tan empinadas como las de una pirámide en tres de sus caras. Los objetos del valle de abajo se perdían en una neblina gris que envolvía la tierra, como algún lejano mundo liliputiense, y la cuenca, las carreteras y las poblaciones parecían como vistas en un atlas. El viento azotaba su rostro y le secaba los ojos. Plantó ambas manos sobre la pared, se izó e hizo balancear su cuerpo hacia delante. Miró a su derecha. El saliente rocoso estaba vacío. Entonces miró a la izquierda y captó una vislumbre de Cotton Malone girando desde el lado norte de la pared hacia el occidental.

Se dejó caer nuevamente hacia atrás.

– Están en un saliente, dirigiéndose hacia la Torre Magdala. Detenlos. Yo voy camino del belvedere.

Stephanie encabezó la marcha cuando ella y Geoffrey salieron de la casa. Un callejón calentado por el sol corría paralelamente al muro occidental y conducía al norte, hacia el aparcamiento, y más allá al dominio de Saunière. Geoffrey bullía de expectación y, para ser un hombre que parecía tener sólo veintiocho o veintinueve años, se había manejado con soltura profesional.

Sólo algunas casas diseminadas se levantaban en ese rincón de la villa. Pinos y abetos, formando grupos, se alzaban hacia el cielo.

Algo zumbó junto a su oído derecho y produjo un ruido metálico al rebotar contra la piedra caliza del edificio que estaba justo delante. Se dio la vuelta, descubriendo al cabello corto de la casa, que apuntaba desde unos cuarenta y cinco metros de distancia. Stephanie se escondió tras un coche aparcado, que se encontraba junto a la parte trasera de una de las casas. Geoffrey se dejó caer al suelo, rodó sobre sí mismo, se incorporó y luego disparó. La detonación, como un petardo, fue ahogada por el viento, que no paraba de aullar. Una de las balas encontró su blanco y el hombre lanzó un grito de dolor, luego se agarró el muslo y cayó al suelo.

– Buen disparo -dijo ella.

– No podía matarlo. Di mi palabra.

Se pusieron de pie y echaron a correr.

Malone siguió a Mark. La escarpadura rocosa, bordeada por espigas de hierba parda, se había estrechado, y el viento, que antes era sólo una molestia, se había convertido ahora en un peligro, azotándolos con la fuerza de una tempestad, su monótono soplo enmascarando cualquier otro ruido.

Se encontraban en el lado occidental de la villa. La elevada línea de sotos que había en la vertiente norte había desaparecido. Nada más que roca desnuda se extendía hacia el fondo, brillando bajo el ardiente sol de la tarde, salpicada por penachos de musgo y brezo.

El belvedere que Malone había cruzado dos noches antes, persiguiendo a Casiopea Vitt, se extendía a unos seis metros por encima de ellos. La Torre Magdala se levantaba allí delante y pudo ver a gente en lo alto de la misma admirando el distante valle. A él no le volvía loco la vista. Las alturas le afectaban la cabeza como el vino… Una de aquellas debilidades que había ocultado a los psicólogos del gobierno que en el pasado eran requeridos, de vez en cuando, para evaluarle. Arriesgó una mirada hacia abajo. Escasa maleza salpicaba el plano profundamente inclinado durante varios cientos de metros. Luego se extendía un breve saliente, y debajo de él empezaba una pendiente aún más pronunciada.

Mark se encontraba a unos tres metros por delante de él. Malone vio que miraba hacia atrás, se detenía, daba la vuelta y levantaba el arma, apuntando el cañón hacia él.

– ¿Es algo que he dicho? -gritó.

El viento zarandeó el brazo de Mark y sacudió el arma. Otra mano acudió para fijar el blanco. Malone captó la mirada en los ojos del hombre y se dio la vuelta, descubriendo a uno de los cabellos cortos, que venía directamente hacia ellos.

– No sigas, hermano -gritó Mark por encima del viento.

El hombre sostenía una Glock 17, parecida a la de Mark.

– Si esa arma se levanta, dispararé contra ti -dijo Mark, dejando las cosas claras.

La pistola del hombre se detuvo en su ascenso.

A Malone no le gustaba su apurada situación, y se apretó contra la pared con el fin de dejarles espacio para el duelo.

– No es tu batalla, hermano. Comprendo que tú simplemente estás haciendo lo que el maestre te ha ordenado. Pero si te disparo, aunque sólo sea en la pierna, caerás por el precipicio. ¿Merece la pena?

– Estoy obligado a obedecer al maestre.

– Él os está conduciendo hacia el peligro. ¿Has considerado siquiera lo que estás haciendo?

– No es responsabilidad mía.

– Salvar tu propia vida sí lo es -dijo Mark.

– ¿Me dispararía usted, senescal?

– Sin la menor duda.

– Lo que busca ustedes tan importante como para hacer daño a otro cristiano?

Malone observó que Mark meditaba la cuestión… y se preguntó si la resolución que descubría en sus ojos se correspondía con el coraje necesario para continuar. Él también se había enfrentado a un dilema similar… varias veces. Disparar contra alguien nunca resulta fácil. Pero a veces simplemente tenía que hacerse.

– No, hermano, no vale una vida humana.

Y Mark bajó el arma.

Por el rabillo del ojo, Malone captó el movimiento. Se volvió a tiempo de ver que el otro hombre se aprovechaba de la renuncia de Mark. La Glock empezó a levantarse mientras la otra mano del hombre acudía para sostener el arma, seguramente para ayudar a fijar el disparo que se disponía a hacer.

Pero no llegó a disparar.

Una detonación ahogada por el viento brotó a la izquierda de Malone y el cabello corto cayó hacia atrás cuando una bala se hundió en su pecho. Malone no pudo decir si el hombre llevaba un chaleco protector o no, pero eso carecía de importancia. El disparo, muy próximo, lo desequilibró y el fornido cuerpo se balanceó. Malone corrió hacia él, tratando de evitar su caída, y pudo captar una expresión de tranquilidad en sus ojos. Recordó la mirada de Cazadora Roja en lo alto de la Torre Redonda. Dos pasos más era todo lo que necesitaba para llegar a él, pero el viento empujó al hermano y el cuerpo rodó hacia abajo como un tronco.