– No puedo creer que nadie dijera eso. -Casiopea miró a Mark con evidente picardía-. Decirle semejante cosa a su madre.
– No. No fue él -aclaró Stephanie-. Fue Royce Claridon quien me lo dijo.
– Bueno, ése es un tipo al que hay que vigilar. Depositar su confianza en ese individuo no le traerá más que problemas. Ya advertí a Lars en contra suya, pero no quiso escucharme.
– En eso estamos de acuerdo -repuso Stephanie.
Malone presentó a Geoffrey.
– ¿Es usted de la hermandad? -preguntó Casiopea.
Geoffrey no dijo nada.
– No, no esperaba que me respondiera. Sin embargo, es usted el primer templario al que he conocido de manera cortés.
– No es cierto -replicó Geoffrey, señalando a Mark-. El senescal es de la hermandad, y le conoció usted primero.
Malone se extrañó ante aquella información dada voluntariamente. Hasta entonces, el joven había mantenido cerrada la boca.
– ¿Senescal? Estoy segura de que ahí hay una historia interesante -dijo Casiopea-.¿Por qué no entran ustedes? Me estaban preparando el almuerzo, pero, cuando les vi, le dije al chambelán que pusiera más servicios. Ya deberían haber acabado con eso.
– Estupendo -exclamó Malone-. Estoy muerto de hambre.
– Entonces vayamos a comer. Tenemos mucho de qué hablar.
La siguieron al interior de la casa, y Malone se fijó inmediatamente en los caros cofres italianos, inusuales armaduras de caballero, soportes españoles de antorchas, tapices de Beauvais y pinturas flamencas. Todo un banquete para el experto.
Marcharon tras ella hasta un espacioso comedor revestido de cuero. La luz del sol entraba a través de unos ventanales adornados con elaboradas colgaduras y cubría la mesa de blanco mantel, y el suelo de mármol, de sombras verdosas. Del techo colgaba un candelabro eléctrico de doce brazos, apagado. Los sirvientes estaban colocando una reluciente cubertería de plata en cada lugar de la mesa.
El ambiente era impresionante, pero lo que llamó toda la atención de Malone fue el hombre que estaba sentado al otro extremo de la mesa.
Forbes Europe lo había clasificado como la octava persona más rica del continente, su poder e influencia en proporción directa con sus miles de millones de euros. Los jefes de Estado y la realeza lo conocían bien. La reina de Dinamarca lo consideraba, incluso, un amigo personal. Las instituciones benéficas de todo el mundo lo tenían como un generoso benefactor. Durante el último año, Malone lo había visitado tres días por semana… para hablar de política, de libros, del mundo, de que la vida es una porquería. Iba y venía de la propiedad del hombre como si formara parte de la familia, y, en muchos sentidos, Malone creía que lo era.
Pero ahora cuestionó seriamente todo aquello.
De hecho, se sentía como un estúpido.
Pero todo lo que Henrik Thorvaldsen podía hacer era sonreír.
– Ya era hora, Cotton. Llevo esperando dos días.
CUARTA PARTE
XLV
De Roquefort se sentó en el asiento del pasajero y se concentró en la pantalla del GPS. El chivato fijado al coche de alquiler de Malone funcionaba perfectamente, la señal se recibía muy bien. Uno de los hermanos conducía mientras Claridon y otro hermano ocupaban el asiento trasero. De Roquefort seguía irritado por la interferencia de Claridon allá en Rennes. No tenía intención de morir y se hubiera finalmente apartado del camino del coche, pero quería comprobar si Cotton Malone era capaz de pasar por encima de él.
El hermano que había caído al vacío estaba muerto, recibiendo un disparo en el pecho antes de caer. Un chaleco de Kevlar había impedido que la bala le causara algún daño, pero en la caída el hombre se había roto el cuello. Afortunadamente, ninguno de ellos llevaba identificación, pero el chaleco era un problema. Un equipo como ése indicaba sofisticación, aunque nada vinculaba al muerto con la abadía. Todos los hermanos conocían la regla. Si alguno de ellos era muerto fuera de la abadía, sus cuerpos quedarían sin identificar. Al igual que el hermano que había saltado de la Torre Redonda, la baja de Rennes terminaría en un depósito de cadáveres regional, siendo destinados sus restos finalmente a una fosa común. Pero antes de que eso sucediera, el procedimiento exigía que el maestre enviara a un clérigo, el cual reclamaría aquellos restos en el nombre de la Iglesia, ofreciéndose para proporcionar un entierro cristiano sin coste alguno para el Estado. Nunca había sido rechazado ese ofrecimiento. Además de no despertar sospechas, ese gesto garantizaba que el hermano recibiría un adecuado entierro.
No se había apresurado a salir de Rennes, dedicándose primero a registrar las casas de Lars Nelle y Ernest Scoville sin hallar nada. Sus hombres le habían informado de que Geoffrey llevaba una mochila, que había tendido a Mark Nelle en el aparcamiento. Seguramente en su interior se encontraban los dos libros robados.
– ¿Tenemos alguna idea de adónde fueron? -preguntó Claridon desde el asiento trasero.
De Roquefort señaló la pantalla.
– Lo sabremos dentro de poco.
Tras el interrogatorio del hermano herido que había podido escuchar la conversación de Claridon dentro de la casa de Lars Nelle, De Roquefort supo que Geoffrey había dicho muy poco, sospechando evidentemente de las motivaciones de Claridon. Enviar a Claridon allí había sido un error.
– Usted me aseguró que podía encontrar esos libros.
– ¿Y para qué los necesitamos? Tenemos el diario. Deberíamos concentrarnos en descifrar lo que tenemos.
Tal vez, pero le preocupaba el hecho de que Mark Nelle hubiera elegido precisamente aquellos dos volúmenes de entre los miles que había en los archivos.
– ¿Y si contuvieran información distinta de la del diario?
– ¿Sabe usted con cuántas versiones de la misma información me he topado? La historia entera de Rennes es una serie de contradicciones amontonadas una encima de otra. Deje que explore sus archivos. Dígame lo que usted sabe y veamos lo que, juntos, tenemos.
Una buena idea, pero por desgracia -contrariamente a lo que él había dejado que la orden creyera- él sabía muy poco. Había estado contando con que el maestre dejara el requerido mensaje para su sucesor, donde la más codiciada información era siempre transmitida de líder a líder, como se llevaba haciendo desde los tiempos de De Molay.
– Ya tendrá usted la oportunidad. Pero primero debemos ocuparnos de esto.
Volvió a pensar en los dos hermanos fallecidos. Sus muertes serían consideradas por la comunidad como un presagio. Para ser una orden religiosa volcada en la disciplina, la hermandad era asombrosamente supersticiosa. Una muerte violenta no era corriente… y, sin embargo, se habían producido dos en pocos días. Su jefatura podía ser cuestionada. «Demasiado, demasiado deprisa», sería el grito. Y él se vería obligado a escuchar todas las objeciones, ya que abiertamente había desafiado el legado del último maestre, en parte porque aquel hombre había ignorado los deseos de los hermanos. Le pidió al conductor que interpretara la imagen del GPS.
– ¿A qué distancia está su vehículo?
– Unos doce kilómetros.
Contempló por la ventanilla del coche la campiña francesa. Antaño, ninguna vista del paisaje hubiera sido completa a menos que una torre se alzara en el horizonte. En el siglo xii, más de una tercera parte de las propiedades templarias se encontraban en aquella tierra. Todo el Languedoc debía de haberse convertido en un Estado templario. Había leído sobre esos proyectos en las Crónicas. Cómo se habían levantado estratégicamente fortalezas, puestos avanzados, depósitos de suministros, granjas y monasterios, cada uno de ellos conectado con los demás mediante una serie de caminos. Durante doscientos años la fuerza de la hermandad había sido cuidadosamente preservada, y cuando la orden no consiguió mantener su feudo en Tierra Santa, entregando finalmente otra vez Jerusalén a los musulmanes, el objetivo había sido triunfar en el Languedoc. Todo seguía su curso cuando Felipe IV descargó su golpe mortal. Curiosamente, Rennes-le-Château nunca aparecía mencionada en las Crónicas. La población, en todas sus anteriores encarnaciones, no desempeñaba ningún papel en la historia templaria. Había habido fortificaciones templarias en otras partes del valle del Aude, pero ninguna en Rhedae, que era como se llamaba entonces la cumbre ocupada. Sin embargo, ahora el pequeño pueblo parecía ser un epicentro, y todo a causa de un ambicioso sacerdote y un inquisitivo norteamericano.