– Nos estamos aproximando al coche -dijo el conductor.
De Roquefort había exigido prudencia. Los otros tres hermanos que había traído consigo a Rennes estaban regresando a la abadía, uno de ellos con una herida superficial en el muslo después de que Geoffrey le disparara. Eso hacía tres hombres heridos, más otros dos muertos. Había mandado aviso de que quería celebrar un consejo cuando regresara a la abadía, el cual calmaría cualquier descontento, pero primero necesitaba saber dónde había ido su presa.
– Está ahí delante -dijo el conductor-. A cincuenta metros.
Miró por la ventanilla y se extrañó por la elección de refugio que habían hecho Malone y compañía. Resultaba raro que hubieran venido aquí.
El conductor detuvo el coche, y todos bajaron.
Estaban rodeados de coches aparcados.
– Trae la unidad portátil.
Caminaron y, unos veinte metros después, el hombre que sostenía el receptor se detuvo.
– Aquí.
De Roquefort se quedó mirando fijamente el vehículo.
– Ése no es el coche en el que salieron de Rennes.
– La señal es fuerte.
De Roquefort hizo un gesto. El otro hermano buscó debajo del vehículo y encontró el chivato.
De Roquefort hizo un gesto negativo con la cabeza y contempló las murallas de Carcasona, que se alzaban hacia el cielo, a diez metros de distancia. Antaño, la zona cubierta de hierba que se extendía ante él había constituido el foso de la ciudad. Ahora servía de aparcamiento para miles de visitantes que llegaban a diario a ver una de las últimas ciudades amuralladas supervivientes de la Edad Media. Aquellas piedras, ahora amarilleadas por el tiempo, se alzaban ya cuando los templarios vagaban por los alrededores. Habían sido testigos de la Cruzada Albigense y de las múltiples guerras posteriores. Y ni una sola vez se había abierto una brecha en ellas… Realmente un monumento a la fortaleza.
Pero decían algo sobre la inteligencia también.
Él conocía la leyenda, de cuando los musulmanes controlaron la ciudad durante un breve período en el siglo viii. Finalmente, los francos llegaron del norte para recuperar la plaza, y, fieles a su estilo, establecieron un largo asedio. Durante una salida, el rey musulmán fue muerto, lo que dejó la tarea de defender las murallas a su hija. Ésta era inteligente, y supo crear la ilusión de que contaban con un mayor número de soldados, ordenando a los pocos que poseía que se trasladaran de torre en torre y embutieran de paja las ropas de los muertos. La comida y el agua acabaron finalmente por escasear en ambos bandos. Finalmente, la hija ordenó que cogieran el último cordero y le hicieran comer el último saco de trigo. Entonces hizo arrojar el animal por encima de las murallas. El cordero se estrelló en la tierra y de su panza brotó un chorro de grano. Los francos quedaron conmocionados. Después de un asedio tan largo, al parecer los infieles seguían poseyendo suficiente comida para darla de comer a sus corderos. De manera que se retiraron.
Era una leyenda, estaba seguro, pero constituía una interesante historia de ingenio.
Y Cotton Malone había demostrado ingenio también colocando el dispositivo electrónico en otro vehículo.
– ¿Qué es esto? -quiso saber Claridon.
– Nos han despistado.
– ¿No es éste su coche?
– No, monsieur. -Se dio la vuelta y empezó a volver a su vehículo. ¿Adonde habían ido? Entonces se le ocurrió. Se detuvo-.¿Sabía Mark Nelle de la existencia de Casiopea Vitt?
– Oui -dijo Claridon-. Él y su padre discutían con ella.
¿Era posible que se hubieran dirigido allí? Vitt había interferido tres veces últimamente, y siempre en beneficio de Malone. Quizás presentía a un aliado.
– Vamos.
E inició otra vez el camino del coche.
– ¿Qué hacemos ahora? -quiso saber Claridon.
– Rezar.
Claridon aún no se había movido.
– ¿Para qué?
– Para que mi intuición sea correcta.
XLVI
Malone estaba furioso. Henrik Thorvaldsen había dispuesto de mucha más información sobre todo, y sin embargo no había dicho absolutamente nada. Señaló con un dedo a Casiopea.
– ¿Es amiga suya?
– Hace mucho que la conozco.
– Cuando Lars Nelle vivía. ¿La conocía usted entonces?
Thorvaldsen asintió.
– ¿Y estaba al corriente Lars de su relación?
– No.
– De modo que lo tomaba por un estúpido también.
En su voz se reflejaba la ira.
El danés parecía obligado a abandonar toda actitud defensiva. A fin de cuentas, estaba acorralado.
– Cotton, comprendo su irritación. Pero uno no puede ser siempre franco. Hay que tener en cuenta muchos aspectos. Estoy seguro de que cuando usted trabajaba para el gobierno de Estados Unidos hacía lo mismo.
Malone no se tragó el anzuelo.
– Casiopea no perdía de vista a Lars. Éste era consciente de su presencia, y, a sus ojos, era una molestia. Pero la verdadera tarea de ella era protegerle.
– ¿Y por qué no se limitaba a decírselo?
– Lars era un hombre obstinado. Era más sencillo para Casiopea vigilarle discretamente. Por desgracia, no podía protegerle de sí mismo.
Stephanie dio unos pasos hacia delante, su rostro preparado para la confrontación.
– De eso nos advertía su perfil. Motivos cuestionables, alianzas variables, engaño.
– Me ofende que diga eso. -Thorvaldsen la miró airadamente-. Especialmente dado que Casiopea ha cuidado de ustedes dos también.
Sobre ese punto, Malone no podía discutir.
– Debería habérnoslo dicho.
– ¿Con qué fin? Por lo que puedo recordar, ambos tenían intención de venir a Francia… en especial usted, Stephanie. Así que, ¿qué habría ganado? En vez de ello, me aseguré de que Casiopea estuviera aquí, por si ustedes la necesitaban.
Malone no estaba dispuesto a aceptar esa engañosa explicación.
– Por un lado, Henrik, podía usted habernos puesto en antecedentes sobre Raymond de Roquefort, al que evidentemente ustedes dos conocían. En vez de ello, tuvimos que ir a ciegas.
– Hay poco que contar -dijo Casiopea-. Cuando Lars estaba vivo, todo lo que los hermanos hacían era vigilarlo también. Yo nunca establecí contacto real con De Roquefort. Eso sólo ha sucedido durante los últimos dos días. Sé tanto sobre él como ustedes.
– Entonces, ¿cómo se anticipó a sus movimientos en Copenhague?
– No lo hice. Simplemente le seguí a usted.
– Nunca advertí su presencia.
– Soy experta en lo que hago.
– No lo fue tanto en Aviñón. La descubrí en el café.
– ¿Y qué me dice de su truco con la servilleta, dejándola caer para poder ver si yo le seguía? Quería que usted supiera que yo estaba allí. En cuanto vi a Claridon, supe que De Roquefort no andaba muy lejos. Ha vigilado a Royce durante años.
– Claridon nos habló sobre usted -dijo Malone-, pero no la reconoció en Aviñón.
– Nunca me ha visto. Lo que sabe es sólo lo que Lars Nelle le contó.
– Claridon nunca mencionó ese hecho -dijo Stephanie.
– Hay muchas cosas que estoy segura de que Claridon se olvidó de mencionar. Lars nunca se dio cuenta, pero Claridon era más un problema para él de lo que yo jamás fui.