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– Es como con los judíos -dijo Thorvaldsen-, de los que puedo hablar puesto que soy uno de ellos. Los cristianos durante siglos han dicho que los judíos no supieron reconocer al Mesías cuando vino, por lo que Dios creó un nuevo Israel en forma de la Iglesia cristiana… para ocupar el lugar del Israel judío.

– «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» -murmuró Malone, citando lo que Mateo dijo sobre la disposición de los judíos a aceptar esa vergüenza.

Thorvaldsen asintió.

– Esa frase ha sido utilizada durante dos milenios como una razón para matar judíos. ¿Qué podía esperar de Dios un pueblo después de rechazar a su propio hijo como el Mesías? Palabras que algún ignorado redactor de Evangelios escribió, por la razón que fuera, se convirtieron en la llamada de los asesinos.

– De manera que lo que los cristianos hicieron finalmente -dijo Casiopea- fue separarse de ese pasado. Llamaron a la mitad de la Biblia el Antiguo Testamento, y a la otra mitad, el Nuevo. Uno para los judíos, el otro para los cristianos. Las doce tribus de Israel del Antiguo fueron reemplazadas por los doce apóstoles del Nuevo. Paganos y creyentes judíos fueron integrados y modificados. Jesús, a través de los escritos del Nuevo Testamento, cumplió las profecías del Antiguo, demostrando con ello su pretensión mesiánica. Un paquete bien envuelto (el mensaje adecuado, adaptado al auditorio idóneo), todo lo cual permitió al cristianismo dominar completamente al mundo occidental.

Aparecieron criados, y Casiopea les hizo una señal de que quitaran los platos del almuerzo. Se llenaron nuevamente los vasos con vino y se sirvió el café. Cuando los últimos sirvientes se retiraron, Malone le preguntó a Mark:

– ¿Creen verdaderamente los templarios en la resurrección de Cristo?

– ¿Cuáles? -dijo Mark.

Una extraña pregunta. Malone se encogió de hombros.

– Los de hoy… por supuesto -siguió Mark-. Con pocas excepciones, la orden sigue la doctrina tradicional católica. Se han efectuado algunos ajustes para adaptar la regla, como todas las órdenes monásticas han tenido que hacer. Pero en 1307? No tengo ni idea de en qué creían. Los cronistas de aquella época son enigmáticos. Como he dicho, sólo los dignatarios superiores de la orden podrían haber hablado sobre este tema. La mayoría de los templarios era analfabeta. Incluso el propio Jacques de Molay quizás no sabía leer ni escribir. Sólo unos pocos dentro de la orden controlaban lo que muchos pensaban. Por supuesto, el Gran Legado existía entonces, por lo que imagino que ver era creer.

– ¿Qué es el Gran Legado?

– Me gustaría saberlo. Esa información se ha perdido. Los cronistas no hablan mucho de ella. Yo supongo que es una prueba de lo que la orden creía.

– ¿Por eso la buscan? -preguntó Stephanie.

– Hasta hace poco, realmente no la buscaban No ha habido mucha información relativa a su paradero. Pero el maestre le dijo a Geoffrey que pensaba que papá iba en el buen camino.

– ¿Por qué lo desea De Roquefort tan desesperadamente? -le preguntó Malone a Mark.

– Hallar el Gran Legado, dependiendo de su contenido, bien podría alimentar el resurgimiento de la orden en la escena mundial. Ese conocimiento podría cambiar también fundamentalmente la Cristiandad. De Roquefort quiere un castigo por lo que le ocurrió a la orden. Quiere que la Iglesia católica sea denunciada como hipócrita y el nombre de la orden limpiado.

Malone estaba estupefacto.

– ¿Qué quieres decir?

– Una de las acusaciones lanzadas contra los templarios en 1307 fue la de idolatría. Alguna especie de cabeza de carnero que la orden supuestamente veneraba, nada de lo cual fue probado jamás. Sin embargo, aun ahora, los católicos rezan habitualmente a imágenes, siendo la Sábana Santa de Turín una de ellas.

Malone recordó lo que uno de los Evangelios decía sobre la muerte de Cristo -«después de que le hubieron bajado, lo envolvieron en una sábana»-, simbolismo tan sagrado que un papa posterior decretó que la misa debería decirse siempre sobre un mantel de lino. El Sudario de Turín, que Mark mencionaba, era una tela de punto de espiga sobre la cual aparecía la imagen de un hombre: de más de metro ochenta de estatura, nariz aguileña, cabello largo hasta los hombros partido por el centro, larga barba, con heridas de crucifixión en sus manos, pies y cuero cabelludo y la espalda llena de cicatrices producidas por los latigazos.

– La imagen que hay en el sudario -dijo Mark- no es la de Cristo. Es la de Jacques de Molay. Fue arrestado en octubre de 1307 y, en enero de 1308, clavado a una cruz en el Temple de París de una manera semejante a la de Cristo. Se burlaban de él porque no creía en Jesús como Salvador. El gran inquisidor de Francia, Guillaume Imbert, fue el que orquestó esa tortura. Posteriormente, De Molay fue envuelto en un sudario de lino que la orden guardaba en el Temple de París para emplear en las ceremonias de iniciación. Sabemos ahora que el ácido láctico y la sangre del traumatizado cuerpo de De Molay se mezclaron con el incienso de la tela y grabaron la imagen. Hay incluso un equivalente moderno. En 1981, un paciente de cáncer en Inglaterra dejó una huella similar de sus miembros sobre la ropa de cama.

Malone recordó que, a finales de los ochenta, la Iglesia finalmente rompió con la tradición y permitió un examen microscópico y del carbono catorce para establecer la antigüedad de la Sábana Santa de Turín. Los resultados indicaron que no había ni trazos ni pinceladas. La imagen está impresa directamente sobre la tela. La datación demostró que ésta no procedía del siglo i, sino de un período indeterminado entre finales del xiii y mediados del xiv. Pero muchos discutieron esos hallazgos, argumentando que la muestra había sido contaminada, o procedía de una posterior reparación de la tela original.

– La imagen del sudario encaja físicamente con la de De Molay -dijo Mark-. Hay descripciones suyas en las Crónicas. En la época que fue torturado, su cabello había crecido mucho y su barba estaba descuidada. La tela que envolvía el cuerpo de De Molay fue sacada del Temple de París por uno de los parientes de Geoffrey de Charney. De Charney fue quemado en la hoguera en 1314 junto con De Molay. La familia conservó la tela como una reliquia y más tarde observó que una imagen se había formado en ella. El sudario inicialmente apareció en un medallón religioso en 1338, y fue exhibido por primera vez en 1357. Cuando se mostró, la gente inmediatamente asoció aquella imagen con la de Cristo, y la familia de De Charney no hizo nada para disuadir esa creencia. Eso siguió hasta finales del siglo xvi, cuando la Iglesia tomó posesión del sudario, declarándolo acheropita (no hecho por mano humana) y considerándolo una reliquia sagrada. De Roquefort quiere recuperar el sudario. Pertenece a la orden, no a la Iglesia.

Thorvaldsen hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Eso es una insensatez.

– Eso es lo que pretende.

Malone observó la expresión de enojo en la cara de Stephanie.

– Esta lección bíblica ha sido fascinante, Henrik. Pero sigo esperando saber la verdad sobre lo que está pasando aquí.

El danés sonrió.

– Es usted un regalo para el oído.

– Atribúyalo a mi efervescente personalidad -dijo Stephanie, y le mostró su teléfono-. Deje que me explique con claridad. Si no obtengo algunas respuestas dentro de los próximos minutos, voy a llamar a Atlanta. Ya estoy harta de Raymond de Roquefort, de modo que vamos a revelar públicamente esta pequeña búsqueda del tesoro y terminar con esta tontería.

XLVII

Malone puso mala cara ante la declaración de intenciones de Stephanie. Se había estado preguntando cuándo se acabaría la paciencia de la mujer.

– No puedes hacer eso -le dijo Mark a su madre-. Lo último que nos hace falta es que el gobierno de Estados Unidos se involucre.

– ¿Por qué no? -preguntó Stephanie-. Esa abadía debería ser asaltada. Sea lo que sea lo que están haciendo ahí, ciertamente no es nada religioso.