Malone se encontraba de pie bajo la sombra de unos altos álamos que salpicaban el promontorio. Soplaba suavemente una fresca brisa que amortiguaba la intensidad de los rayos del sol, recordándole una tarde de otoño en la playa. Estaba esperando a que Casiopea le dijera lo que nadie más sabía.
– ¿Por qué dejó que De Roquefort se hiciera con el diario de Lars?
– Porque era inútil.
Una chispa de diversión bailaba en sus oscuros ojos.
– Creía que contenía los pensamientos privados de Lars. Una información nunca publicada. La clave de todo -dijo Malone.
– Algo de eso es cierto, pero no es la clave de nada. Lars lo creó sólo para los templarios.
– ¿Sabía eso Claridon?
– Probablemente no. Lars era un hombre muy reservado. No contaba nada a nadie. Dijo una vez que sólo los paranoicos sobrevivían en su campo de trabajo.
– ¿Y cómo sabe usted eso?
– Henrik estaba al corriente. Lars nunca hablaba de los detalles, pero le habló a Henrik de sus encuentros con los templarios. En alguna ocasión pensó realmente que estaba hablando con el maestre de la orden. Charlaron varias veces, pero finalmente De Roquefort entró en escena. Y éste era totalmente distinto. Más agresivo, menos tolerante. De manera que Lars escribió el diario para que De Roquefort se concentrara en él… bastante parecido a la información errónea que el propio Saunière empleaba.
– ¿Habría sabido esto el maestre templario? Cuando Mark fue llevado a la abadía, llevaba consigo el diario. El maestre se lo guardó, hasta hace un mes, cuando se lo envió a Stephanie.
– Es difícil decirlo. Pero si le mandó el diario, es posible que el maestre calculara que De Roquefort trataría nuevamente de hacerse con él. Al parecer quería que Stephanie se implicara, de modo que, ¿qué mejor manera de atraerla que con algo irresistible?
Inteligente, tuvo que admitirlo. Y funcionó.
– El maestre seguramente creía que Stephanie utilizaría los considerables recursos que tiene a su disposición para ayudar a la búsqueda -dijo Casiopea.
– No conocía a Stephanie. Demasiado testaruda. Lo intentaría por su cuenta primero.
– Pero usted estaba aquí para ayudar.
– Qué suerte la mía.
– Oh, no es para tanto. En otro caso, nunca nos hubiéramos conocido.
– Como he dicho, qué suerte la mía.
– Lo tomaré como un cumplido. De lo contrario, podría herir mis sentimientos.
– Dudo de que sea tan fácil.
– Se las arregló usted bien en Copenhague -dijo ella-. Y luego nuevamente en Roskilde.
– ¿Estaba usted en la catedral?
– Durante un rato, pero me marché cuando empezó el tiroteo. Habría sido imposible para mí ayudar sin revelar mi presencia, y Henrik quería mantenerla en secreto.
– ¿Y si yo hubiera sido incapaz de parar a aquellos hombres de dentro?
– Oh, vamos. ¿Usted? -Le brindó una sonrisa-. Dígame una cosa. ¿Le sorprendió mucho que el hermano saltara de la Torre Redonda?
– No es algo que uno vea cada día.
– Cumplió su juramento. Al verse atrapado, decidió morir antes que arriesgarse a descubrir a la orden.
– Supongo que usted estaba allí debido a que yo mencioné a Henrik que Stephanie iba a venir para una visita.
– En parte. Cuando me enteré del repentino fallecimiento de Ernest Scoville, supe por algunos de los ancianos de Rennes que había hablado con Stephanie y que ella se disponía a venir a Francia. Son todos ellos entusiastas de Rennes, y se pasan el día jugando al ajedrez y fantaseando sobre Saunière. Cada uno de ellos vive su propia fantasía conspirativa. Scoville se jactaba de que tenía intención de hacerse con el diario de Lars. Stephanie no le caía bien, aunque le había hecho creer a ella lo contrario. Evidentemente, él tampoco era consciente de que el diario carecía de importancia. Su muerte suscitó mis sospechas, de manera que establecí contacto con Henrik y me enteré de la inminente visita de Stephanie a Dinamarca. Decidimos que yo también debía ir allí.
– ¿Y Aviñón?
– Yo tenía una fuente de información en el asilo. Nadie creía que Claridon estuviera loco. Falso, poco de fiar, oportunista… Eso seguro. Pero loco, no. De modo que vigilé hasta que usted regresó para reclamar a Claridon. Henrik y yo sabíamos que había algo en los archivos del palacio, aunque no exactamente qué. Como Henrik dijo en el almuerzo, Mark nunca conoció a Henrik. Mark era mucho más difícil de tratar que su padre. El hijo sólo buscaba de vez en cuando. Algo, tal vez, para mantener viva la memoria de su padre. Y lo que pudiera haber hallado, lo guardaba totalmente para sí mismo. Él y Claridon conectaron durante un tiempo, pero era una asociación poco estable. Luego, cuando Mark desapareció en la avalancha y Claridon se retiró al asilo, Henrik y yo abandonamos.
– Hasta ahora.
– La búsqueda está otra vez en marcha, y en esta ocasión puede que haya algún lugar adonde ir.
Malone esperó a que ella se explicara.
– Tenemos el libro con el dibujo de la lápida y también tenemos Leyendo las reglas de la caridad. Juntos, quizás seamos realmente capaces de determinar lo que Saunière encontró, ya que somos los primeros en tener tantas piezas del rompecabezas.
– ¿Y qué haremos si encontramos algo?
– ¿Como musulmana? Me gustaría contárselo al mundo. ¿Cómo realista? No lo sé. La histórica arrogancia del cristianismo da asco. Para él, todas las demás religiones son una imitación. Asombroso, realmente. Toda la historia occidental está modelada según sus estrechos preceptos. Arte, arquitectura, música, escritura, hasta la misma sociedad se convirtió en sirviente del cristianismo. Este movimiento tan simple en última instancia formó el molde a partir del cual se elaboró la civilización occidental, y podía estar todo basado en una mentira. ¿No le gustaría a usted saber?
– No soy una persona religiosa.
Los delgados labios de la mujer se fruncieron ligeramente en otra sonrisa.
– Pero es usted un hombre curioso. Henrik habla de su coraje e intelecto en términos reverentes. Un bibliófilo con una memoria eidética. Buena combinación.
– Y sé cocinar también.
Ella soltó una risita.
– No me engaña usted. Hallar el Gran Legado significaría algo para usted.
– Digamos que ése sería un hallazgo sumamente insólito.
– Muy bien. Lo dejaremos así. Pero si tenemos éxito, esperaré con ansia ver su reacción.
– ¿Tanta confianza tiene en que hay algo que encontrar?
Ella barrió con los brazos hacia el distante perfil de los Pirineos.
– Está allí, sin duda. Saunière lo encontró. Nosotros podemos hacerlo también.
Stephanie consideró nuevamente lo que Thorvaldsen había dicho sobre el Nuevo Testamento, y quiso dejar claras las cosas.
– La Biblia no es un documento literal.
Thorvaldsen negó con la cabeza.
– Un gran número de fes cristianas se mostraría en desacuerdo con esa afirmación. Para ellas, la Biblia es la Palabra de Dios.
Ella miró a Mark.
– ¿Creía tu padre que la Biblia no era la Palabra de Dios?
– Discutimos esa cuestión muchas veces. Yo era, al principio, un creyente, y nos enfrentábamos. Pero llegué a pensar como él. Es un libro de relatos. Gloriosos relatos, concebidos para indicar a la gente el camino de una vida virtuosa. Hay incluso grandeza en esas historias… si uno practica su moral. No pienso que sea necesariamente la Palabra de Dios. Ya es suficiente que las palabras sean una verdad intemporal.
– Elevar a Cristo a la categoría de deidad fue simplemente una manera de elevar la importancia del mensaje -dijo Thorvaldsen-. Después de que la religión organizada asumiera el poder en los siglos tercero y cuarto, se añadieron tantas cosas a la leyenda que resulta imposible saber cuál era su núcleo. Lars quería cambiar todo eso. Quería descubrir lo que los templarios poseyeron antaño. Cuando hace años se enteró de la existencia de Rennes-le-Château, inmediatamente pensó que el Gran Legado de los templarios era lo que Saunière había localizado. De manera que dedicó su vida a resolver el rompecabezas de Rennes.