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Stephanie seguía sin estar convencida.

– ¿Y qué le hace pensar que los templarios llegaron a ocultar algo?¿Acaso no fueron arrestados con rapidez?¿Cómo tuvieron tiempo de esconder nada?

– Estaban preparados -dijo Mark-. Las Crónicas dejan claro este punto. Lo que Felipe IV hizo no carecía de precedentes. Un centenar de años antes había tenido lugar un incidente con Federico II, el sacro emperador romano germánico. En 1228, llegó a Tierra Santa como excomulgado, lo cual quería decir que no podía mandar una cruzada. Los templarios y los hospitalarios permanecían leales al papa y se negaron a seguirlo. Sólo los Caballeros Teutónicos, alemanes, se pusieron de su parte. Finalmente, negoció un tratado de paz con los sarracenos, que creó una Jerusalén dividida. El Monte del Templo, que era donde los caballeros templarios tenían su cuartel general, fue cedido por ese tratado a los musulmanes. De modo que puede usted imaginar lo que los templarios opinaban de él. Era un amoral como Nerón, y odiado universalmente. Trató incluso de secuestrar al maestre de la orden. Finalmente, abandonó Tierra Santa en 1229, y cuando se dirigió al puerto de Acre, los lugareños le arrojaron desperdicios. Odiaba a los templarios por su deslealtad, y, cuando regresó a Sicilia, se apoderó de las propiedades templarias y efectuó arrestos. Todo ello estaba registrado en las Crónicas.

– ¿De manera que la orden estaba preparada? -preguntó Thorvaldsen.

– La orden ya había visto lo que un gobernante hostil podía hacerle. Felipe IV era parecido. De joven había solicitado su ingreso como miembro de la orden, y había sido rechazado, de manera que albergaba un resentimiento de toda la vida hacia la hermandad. Aunque, a comienzos de su reinado, los templarios realmente salvaron a Felipe cuando éste trató de devaluar la moneda francesa y el populacho se rebeló. Huyó buscando refugio en el Temple de París. Posteriormente, se sintió agradecido a los templarios. Pero los monarcas nunca quieren deber nada a nadie. De manera que, efectivamente, en octubre de 1307, la orden estaba preparada. Por desgracia, no aparece registrado nada que nos explique detalladamente lo que se hizo. -La mirada que Mark dirigió a Stephanie era penetrante-. Papá dio su vida para tratar de resolver este misterio.

– Le encantaba buscar, ¿no? -dijo Thorvaldsen.

Aunque respondiendo al danés, Mark continuaba con la mirada fija en ella.

– Era una de las pocas cosas que realmente le producían alegría. Quería complacer a su mujer, y a sí mismo, y, por desgracia, no podía hacer ni una cosa ni otra. De manera que eligió. Decidió dejarnos a todos.

– Nunca quise creer que se suicidara -le dijo ella a su hijo.

– Pero eso nunca lo sabremos, ¿verdad?

– Quizás puedan saberlo -dijo Geoffrey. Y por primera vez el joven levantó la mirada de la mesa-. El maestre dijo que ustedes podrían saber la verdad de su muerte.

– ¿Qué sabes tú? -preguntó ella.

– Sólo sé lo que el maestre me dijo.

– ¿Qué te dijo él sobre mi padre?

La ira se había apoderado del rostro de Mark. Stephanie no recordaba haberle visto descargar esa emoción contra nadie que no fuera ella.

– De eso tendrá usted que enterarse por su cuenta. Yo lo ignoro. -La voz era extraña, hueca y conciliadora-. El maestre me dijo que fuera tolerante con sus emociones. Dejó claro que usted es mi superior, y que yo no debía mostrarle más que respeto.

– Pero parece que tú eres el único que tiene respuestas -dijo Stephanie.

– No, madame. Yo sólo tengo indicios. Las respuestas, según me dijo el maestre, deben venir de todos ustedes.

XLVIII

Malone siguió a Casiopea a una habitación de techo alto y paredes revestidas con paneles de los que colgaban tapices junto con corazas, espadas, cascos y escudos. Una chimenea de mármol negro dominaba la alargada sala, que estaba iluminada por una reluciente araña. Los demás se les unieron desde el comedor, y Malone observó expresiones de seriedad en todas sus caras. Bajo una serie de ventanas con parteluces había instalada una mesa de caoba por encima de la cual se veían libros, papeles y fotografías.

– Ya es hora de que veamos si podemos llegar a algunas conclusiones -dijo Casiopea-. Sobre la mesa está todo lo que tenemos sobre el tema.

Malone les habló a los demás del diario de Lars y de cómo parte de la información en ella contenida era falsa.

– ¿Incluye eso lo que dijo sobre sí mismo? -quiso saber Stephanie-. Este joven -y señaló a Geoffrey- me mandó páginas del diario… unas páginas que su maestro cortó. Hablaban de mí.

– Sólo usted puede saber si lo que dejó escrito en ellas era cierto o no -dijo Casiopea.

– Tiene razón -intervino Thorvaldsen-. La información del diario no es, en general, verdadera. Lars lo escribió como un cebo para los templarios.

– Otro aspecto que usted olvidó convenientemente mencionar en Copenhague -dijo Stephanie con un tono de voz que indicaba que estaba una vez más irritada.

Thorvaldsen se mostraba impávido.

– Lo importante es que De Roquefort considera auténtico el diario.

La espalda de Stephanie se puso rígida.

– Usted, hijo de puta, podíamos haber sido asesinados tratando de recuperarlo.

– Pero no lo fueron. Casiopea no les perdía de vista.

– ¿Y eso hace que usted tuviera razón?

– Stephanie, ¿no ha ocultado usted nunca información a uno de sus agentes? -preguntó Thorvaldsen.

Ella se contuvo.

– Tiene razón -dijo Malone.

Ella se dio la vuelta y se enfrentó a él.

– ¿Cuántas veces me contó usted sólo parte de la historia, Stephanie? -prosiguió Malone-.¿Y cuántas veces me quejé más tarde de que eso podía haber hecho que me mataran?¿Y qué me decía usted? «Acostúmbrese a ello.» Pues aquí lo mismo, Stephanie. No me gusta esto más que a usted, pero me he acostumbrado.

– ¿Por qué no dejamos de discutir y vemos si podemos llegar a algún consenso sobre lo que Saunière pudo haber hallado? -sugirió Casiopea.

– ¿Y por dónde propone usted que empecemos? -preguntó Mark.

– Yo diría que la lápida sepulcral de Marie d’Hautpoul de Blanchefort sería un excelente punto de partida, ya que tenemos el libro de Stüblein que Henrik compró en la subasta. -Hizo un gesto señalando la mesa-. Abierto por el dibujo.

Todos se acercaron y contemplaron la imagen.

– Claridon se explicó sobre esto en Aviñón -dijo Malone, y les habló de la errónea fecha de la muerte (1681 como opuesta a 1781), de los números romanos (MDCOLXXXI), que contenían un cero, y de la restante serie de números romanos (LIXLIXL) grabada en el rincón inferior derecho.

Mark cogió un lápiz de la mesa y escribió 1681 y 59, 59, 50 sobre un taco de papel.

– Ésa es la conversión de esos números. Estoy ignorando el cero en el 1681. Claridon tiene razón: los romanos desconocían el cero.

Malone señaló las letras griegas de la piedra de la izquierda.

– Claridon dijo que se trataba de palabras latinas escritas en el alfabeto griego. Transformó la inscripción y obtuvo Et in arcadia ego. «Y en Arcadia yo.» Pensó que podía ser un anagrama, ya que la frase tiene poco sentido.

Mark estudió las palabras con mucha atención, y luego le pidió a Geoffrey la mochila, de la que sacó una toalla bien doblada y apretada. Con cuidado, desenvolvió el bulto y dejó al descubierto un pequeño códice. Sus hojas estaban dobladas, y luego cosidas juntas y encuadernadas… Pergamino, si Malone no se equivocaba. Nunca había visto uno tan cerca.

– Esto procede de los archivos templarios. Lo encontré hace unos años, inmediatamente después de convertirme en senescal. Había sido escrito en 1542 por uno de los escribas de la abadía. Es una excelente copia de un manuscrito del siglo xiv y narra cómo los templarios se reformaron después de la Purga. Trata también de la época entre diciembre de 1306 y mayo de 1307, cuando Jacques de Molay estuvo en Francia, y poco se sabe de su paradero.