Mark abrió con cuidado el antiguo volumen y con delicadeza pasó las páginas hasta encontrar lo que estaba buscando. Malone vio que la escritura latina era una serie de bucles y florituras, las letras unidas sin levantar la pluma de la página.
– Escuchen esto.
Nuestro maestre, el reverendísimo y devotísimo Jacques de Molay, recibió al enviado del papa el 6 de junio de 1306 con la pompa y cortesía reservadas para los personajes de alto rango. El mensaje indicaba que Su Santidad el papa Clemente V había convocado al maestre De Molay a Francia. Nuestro maestre trató de cumplir esa orden, haciendo todos los preparativos, pero antes de salir de la isla de Chipre, donde la orden había establecido su cuartel general, nuestro maestre se enteró de que el superior de los Hospitalarios también había sido convocado, pero se había negado alegando la necesidad de permanecer con su orden en época de conflicto. Esto suscitó grandes sospechas en nuestro maestre, que consultó con sus hombres de confianza. Su Santidad había también dado instrucciones a nuestro maestre de que viajara de incógnito y con un pequeño séquito. Esto despertaba aún más preguntas, ya que ¿Por qué tenía que preocuparse Su Santidad de cómo viajaba nuestro maestre? Entonces le trajeron a nuestro maestre un curioso documento titulado De Recuperatione Terrae Sanctae. El manuscrito había sido escrito por uno de los hombres de leyes de Felipe IV y esbozaba una nueva y gran cruzada que sería dirigida por un rey guerrero designado para recuperar Tierra Santa de los infieles. Esta proposición era una afrenta directa a los planes de nuestra orden e hizo que nuestro maestre pusiera en duda sus llamadas a la corte del rey. Nuestro maestre hizo saber que desconfiaba grandemente del monarca francés, aunque sería tan insensato como inapropiado expresar esa desconfianza más allá de los muros de nuestro Templo. Con una actitud de prudencia, pues no era un hombre descuidado, y recordaba la traición de antaño de Federico II, nuestro maestre hizo planes para que nuestra riqueza y conocimiento pudieran ser protegidos. Rezaba para que estuviera equivocado, pero no veía ninguna razón para no estar preparado. Fue llamado el hermano Gilbert de Blanchefort y se le ordenó que se llevara el tesoro del Temple. Nuestro maestre le dijo luego a De Blanchefort: «Nosotros, los que estamos en la jefatura de la orden, podríamos estar en peligro. De manera que ninguno de nosotros ha de saber lo que vos sabéis, y vos debéis aseguraros de que lo que sabéis sea transmitido a otros de la manera apropiada.» El hermano De Blanchefort, como era un hombre culto, se dispuso a realizar su misión y discretamente ocultó todo lo que la orden había adquirido. Cuatro hermanos fueron sus aliados y utilizaron cuatro palabras, una para cada uno de ellos, como señal suya, et in arcadia ego. Pero las letras no son más que un anagrama del verdadero mensaje. Disponiéndolas adecuadamente aparece lo que su tarea implicaba. i tego arcana dei.
– «Yo oculto los secretos de Dios» -dijo Mark, traduciendo la última línea-. Los anagramas eran corrientes en el siglo xiv también.
– Entonces, ¿De Molay estaba preparado? -preguntó Malone.
Mark asintió.
– Vino a Francia con sesenta caballeros, ciento cincuenta florines de oro y doce monturas cargadas de plata sin acuñar. Sabía que iban a surgir problemas. El dinero había de ser empleado para comprar su huida. Pero este tratado contiene alguna cosa de la que se sabe poco. El oficial al mando del contingente templario en el Languedoc era Seigneur de Goth. El papa Clemente V, el hombre que había convocado a De Molay, se llamaba Bertrand de Goth. La madre del papa era Ida de Blanchefort, y estaba emparentada con Gilbert de Blanchefort. De manera que De Molay poseía buena información confidencial.
– Eso siempre ayuda -comentó Malone.
– De Molay también sabía algo sobre Clemente V. Antes de su elección como papa, Clemente se encontró con Felipe IV. El rey tenía el poder de entregar el papado a quien deseara. Antes de dárselo a Clemente, impuso seis condiciones. La mayor parte tenía que ver con que Felipe pudiera hacer lo que le viniera en gana, pero la sexta se refería a los templarios. Felipe quería que la orden se disolviera, y Clemente accedió.
– Un tema interesante -dijo Stephanie-, pero lo que parece más importante, de momento, es lo que el abate Bigou sabía. Él es el hombre que realmente encargó la lápida sepulcral de Marie. ¿Habría tenido noticia de una posible relación entre el secreto de la familia de Blanchefort y los templarios?
– Sin la menor duda -dijo Thorvaldsen-. A Bigou le informó del secreto familiar la propia Marie d’Hautpoul de Blanchefort. El marido de ésta era un descendiente directo de Gilbert de Blanchefort. Una vez que la orden fue suprimida y los templarios empezaron a arder en la hoguera, Gilbert de Blanchefort no le habría contado a nadie el lugar donde estaba escondido el Gran Legado. De manera que ese secreto familiar tenía que estar relacionado con los templarios. ¿Qué otra cosa podía ser?
Mark asintió.
– Las Crónicas hablan de carros cubiertos de heno moviéndose por la campiña francesa, todos en dirección sur, camino de los Pirineos, escoltados por hombres armados disfrazados de campesinos. Todos menos tres consiguieron realizar el viaje sin incidentes. Por desgracia, no aparece mención alguna de su destino final. Sólo una pista en todas las Crónicas: «¿Cuál es el mejor lugar para esconder un guijarro?»
– En medio de un montón de piedras -dijo Malone.
– Eso es lo que el maestre dijo también -corroboró Mark-. Para la mentalidad del siglo xiv, la ubicación más evidente era la más segura.
Malone contempló nuevamente la reproducción de la lápida sepulcral.
– De modo que Bigou hizo grabar esta lápida, que, en código, dice que oculta los secretos de Dios, pero se tomó la molestia de colocarla a la vista de todo el mundo. ¿Con qué objeto?¿Qué estamos pasando por alto?
Mark metió la mano en su mochila y sacó otro volumen.
– Éste es un informe del mariscal de la orden escrito en 1897. El hombre estaba investigando a Saunière y tropezó con otro cura, el abate Gélis, de un pueblo cercano, que encontró un criptograma en su iglesia.
– Como Saunière -dijo Stephanie.
– Correcto. Gélis descifró el criptograma y quiso que el obispo tuviera conocimiento de lo que había descubierto. El mariscal se hizo pasar por representante del obispo y copió el rompecabezas, pero se guardó la solución para sí.
Mark les mostró el criptograma, y Malone estudió las líneas de letras y símbolos.