– ¿Alguna especie de clave numérica?
Mark asintió.
– Es imposible hacerlo sin la clave. Hay miles de millones de combinaciones posibles.
– Había uno de éstos en el diario de tu padre también -dijo Malone.
– Lo sé. Papá lo encontró en un manuscrito no publicado de Noël Corbu.
– Claridon nos habló de eso.
– Lo cual quiere decir que De Roquefort la tiene -dijo Stephanie-. Pero ¿No forma parte de la ficción del diario de Lars?
– Cualquier cosa que Corbu tocó debe ser visto con sospecha -dijo Thorvaldsen-. Embelleció la historia de Saunière para promocionar su maldito hotel.
– Pero está el manuscrito que él escribió -dijo Mark-. Papa siempre creyó que contenía la verdad. Corbu fue muy amigo de la amante de Saunière hasta que ella murió en 1953. Muchos creían que le había contado cosas. Por eso Corbu nunca publicó el manuscrito. Contradecía su versión novelizada de la historia.
– Pero seguramente el criptograma del diario es falso, ¿no? -dijo Thorvaldsen-. Eso habría sido exactamente lo que De Roquefort hubiera querido del diario.
– No podemos hacer más que esperar -dijo Malone, mientras descubría una reproducción de Leyendo las reglas de la caridad sobre la mesa.
Levantó la reproducción, del tamaño de una carta, y estudió lo escrito debajo del hombrecillo, con hábito de monje, subido a un taburete que se llevaba el dedo a los labios, indicando silencio:
ACABOCE A°
de 1681
Algo no cuadraba, e instantáneamente comparó la imagen con la litografía.
Las fechas eran diferentes.
– Me he pasado la mañana aprendiendo cosas sobre ese cuadro -informó Casiopea-. Descubrí esa imagen en internet. El cuadro fue destruido por el fuego a finales de los años cincuenta, pero, antes de eso, la tela había sido limpiada y preparada para su exhibición. Durante el proceso de restauración se descubrió que 1687 era realmente 1681. Pero, por supuesto, la litografía fue realizada en una época en que la fecha estaba oculta.
Stephanie hizo un gesto negativo con la cabeza.
– Esto es un rompecabezas sin respuesta. Todo cambia a cada minuto.
– Están haciendo ustedes justamente lo que el maestre quería -dijo Geoffrey.
Todos le miraron.
– Dijo que en cuanto se asociaran ustedes, todo se revelaría.
Malone estaba confuso.
– Pero tu maestre nos advirtió específicamente de que tuviéramos cuidado con el ingeniero.
Geoffrey señaló a Casiopea.
– Quizás deberían ustedes tener cuidado con ella.
– ¿Qué significa eso? -preguntó Thorvaldsen.
– Su raza luchó contra los templarios durante dos siglos.
– De hecho, los musulmanes derrotaron a los hermanos y los echaron de Tierra Santa -declaró Casiopea-. Y los musulmanes andalusíes mantuvieron a raya a la orden en España, cuando los templarios trataron de extender su esfera de influencia hacia el sur, más allá de los Pirineos. De manera que su maestre tenía razón. Cuidado con el ingeniero.
– ¿Qué haría usted si encontrara el Gran Legado? -le preguntó Geoffrey a Casiopea.
– Depende de lo que se encuentre.
– ¿Por qué importa eso? El Legado no es suyo, sea lo que sea.
– Es usted muy atrevido para ser un simple hermano de la orden.
– Aquí hay mucho en juego, y lo menos importante es su propósito de demostrar que el cristianismo es una mentira.
– No recuerdo haber dicho mi propósito.
– El maestre lo sabía.
La cara de Casiopea se puso tensa… La primera vez que Malone veía un síntoma de agitación en su expresión.
– Su maestre no sabía nada de mis motivos.
– Y manteniéndolos ocultos -replicó Geoffrey-, no hace usted otra cosa que confirmar sus sospechas.
Casiopea se enfrentó a Henrik.
– Este joven podría ser un problema.
– Fue enviado por el maestre -dijo Thorvaldsen-. No deberíamos cuestionarlo.
– Él nos traerá problemas -declaró Casiopea.
– Tal vez -repuso Mark-. Pero forma parte de esto, así que acostúmbrese a su presencia.
Ella se quedó tranquila y serena.
– ¿Confía usted en él?
– No importa -dijo Mark-. Henrik tiene razón. El maestre confiaba en él, y eso es lo que cuenta. Aunque el buen hermano pueda ser irritante.
Casiopea no insistió en el tema, pero en sus cejas estaba escrita la sombra de un motín. Y Malone no estaba necesariamente en desacuerdo con su impulso.
Dirigió de nuevo su atención a la mesa y contempló fijamente las fotografías tomadas en la iglesia de María Magdalena. Observó el jardín con la estatua de la Virgen y las palabras misión 1891 y penitencia, penitencia grabadas en la cara de la invertida columna visigoda. Repasó las fotos en primer plano de las estaciones del Vía Crucis, deteniéndose un momento en la estación n.° 10, en la que un soldado romano se estaba jugando la túnica de Cristo, los números, tres, cuatro y cinco visibles en las caras de los dados. Luego hizo una pausa en la estación 14, que mostraba el cuerpo de Cristo trasladado al amparo de la oscuridad por dos hombres.
Recordó lo que Mark había dicho en la iglesia, y no pudo dejar de preguntarse:¿Iban hacia la tumba o salían de ella?
Movió negativamente la cabeza.
¿Qué demonios estaba sucediendo?
XLIX
5:30 pm
De Roquefort encontró el yacimiento arqueológico de Givors, que estaba claramente señalado en el mapa Michelin, y se acercó con cierta precaución. No quería anunciar su presencia. Aunque Malone y compañía no estuvieran allí, Casiopea Vitt le conocía. De manera que al llegar ordenó al conductor que cruzara lentamente a través de un campo cubierto de hierba que servía de aparcamiento, hasta encontrar el Peugeot del modelo y el color que recordaba, con una etiqueta adhesiva en el parabrisas indicando que era de alquiler.
– Están aquí -dijo-. Aparca.
El conductor hizo lo que le mandaban.
– Iré a explorar -les dijo a los otros dos hermanos y a Claridon-. Esperad aquí y manteneos fuera de la vista.
Bajó del coche. Era a última hora de la tarde, y el disco color sangre de sol veraniego iba desapareciendo gradualmente por encima de las paredes de arenisca que los rodeaban. Hizo una profunda inspiración y saboreó el fresco y tenue aire, que le recordaba la abadía. Evidentemente habían ganado altitud.
Un rápido examen visual le permitió descubrir un sendero bordeado de árboles sumido en largas sombras, y decidió que aquella dirección parecía la mejor, pero permaneció fuera del sendero, caminando entre los altos árboles, sobre un tapiz de flores y brezo que alfombraba el suelo color violeta. La tierra de los alrededores había sido antaño propiedad templaria. Una de las mayores encomiendas de los Pirineos había ocupado la cima de un cercano promontorio. De hecho era un arsenal, uno de los diversos lugares donde los hermanos trabajaban día y noche elaborando las armas de la orden. Conocía aquella gran destreza que había conseguido unir madera, cuero y metal para crear unos escudos que no se podían hender fácilmente. Pero la espada había sido el verdadero amigo del hermano caballero. Los barones con frecuencia amaban a sus espadas más que a sus esposas, y trataban de conservar la misma durante toda la vida. Los hermanos albergaban una pasión similar, que la regla alentaba. Si se esperaba de un hombre que ofrendara su vida, lo menos que podía hacerse era dejarle llevar el arma de su elección. Las espadas templarias, sin embargo, no eran como las de los barones. Nada de empuñaduras adornadas con oro, o engastadas con perlas. Nada de pomos de cristal que contuvieran reliquias. Los hermanos caballeros no necesitaban de tales talismanes, ya que su fuerza procedía de su devoción a Dios y la obediencia de la regla. Su compañero había sido su caballo, siempre un animal rápido e inteligente. A cada caballero se le asignaban tres monturas, que eran alimentadas, almohazadas y ataviadas a diario. Los caballos fueron uno de los recursos por los que la orden prosperó, y los purasangres, los palafrenes y especialmente los corceles respondían al afecto de los hermanos caballeros con una incomparable lealtad. Había leído la historia de un hermano que regresó al hogar desde una de las Cruzadas y no fue abrazado por su padre, pero sí fue instantáneamente reconocido por su fiel semental.