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Malone empezaba a comprender.

– Los romanos no habrían hecho eso.

– Ahí es donde la historia se complica. Jesús fue condenado a muerte, con el Sabbath a unas pocas horas. Sin embargo ordenaron que muriera por crucifixión, una de las maneras más lentas de matar a una persona. ¿Cómo podía pensar alguien que estuviera muerto antes del crepúsculo? El Evangelio de Marcos cuenta que hasta Pilatos se sorprendió de una muerte tan rápida, y le preguntó al centurión si todo estaba en orden.

– Pero ¿No fue torturado Jesús antes de ser clavado a la cruz?

– Jesús era un hombre fuerte en la flor de la vida. Estaba acostumbrado a recorrer grandes distancias bajo el calor. Sí, sufrió los azotes. Según la ley, debía recibir treinta y nueve latigazos. Pero en ninguna parte de los Evangelios se dice que le administraran realmente ese número. Y, después de su tormento, se sentía aún, al parecer, lo bastante fuerte para dirigirse a sus acusadores de una manera enérgica. De manera que existen pocas pruebas de que estuviera débil. Con todo, muere al cabo de tres horas solamente (sin que le hubieran roto las piernas) tras haber sido supuestamente alanceado en el costado.

– La profecía del Éxodo. Juan habla de ella en su Evangelio. Dice que todas estas cosas sucedieron para que se cumpliera la Escritura.

– El Éxodo habla de las restricciones de la Pascua y de que no se puede sacar ninguna clase de carne fuera de la casa. Tenía que ser comida en su interior, sin romper los huesos. Eso nada tiene que ver con Jesús. La referencia de Juan es un débil intento de continuidad con el Antiguo Testamento. Por supuesto, como he dicho, los otros tres Evangelios no mencionan en ningún momento lo de la lanza.

– Me imagino que lo que quiere usted decir, entonces, es que los Evangelios no son veraces.

– Ninguna información contenida en ellos tiene sentido. Están en contradicción, no sólo con ellos mismos, sino con la historia, la lógica y la razón. Nos hacen creer que un hombre crucificado, sin que le rompan sus piernas, muere al cabo de tres horas, y entonces se le permite el honor de ser enterrado. Por supuesto, desde un punto de vista religioso, tiene perfecto sentido. Los primeros teólogos trataban de atraer seguidores. Necesitaban elevar a Jesús de la categoría de hombre a la de Cristo Dios. Los evangelistas escribieron en griego y habrían conocido la historia helénica. Osiris, el consorte de la diosa Isis, murió a manos de Seth en un viernes, y luego resucitó tres días más tarde. ¿Por qué no Cristo también? Desde luego, para que Cristo se alzara de entre los muertos, tendría que haber habido un cuerpo identificable. Unos huesos pelados por los pájaros, y arrojados a una fosa común, no lo habrían sido. De ahí el entierro.

– ¿Eso era lo que Lars Nelle estaba tratando de probar?¿Que Cristo no se alzó de entre los muertos?

Ella hizo un gesto negativo con la cabeza.

– No tengo ni idea. Todo lo que sé es que los templarios saben cosas. Cosas importantes. Lo suficiente para transformar una banda de nueve oscuros caballeros en una fuerza internacional. El conocimiento fue lo que alimentó su expansión. El conocimiento que Saunière redescubrió. Yo quiero ese conocimiento.

– ¿Y cómo podría haber ninguna prueba de nada, de un modo u otro?

– Tiene que haberla. Ya ha visto usted la iglesia de Saunière. Dejó un montón de pistas, y todas apuntan en la misma dirección. Debe de haber algo ahí… lo suficiente para convencerle a él de que debía seguir animando a los templarios en su búsqueda.

– Estamos soñando -dijo Malone.

– ¿Seguro?

Malone observó que finalmente la tarde se había disuelto en la oscuridad, y las colinas y bosques que los rodeaban formaban una masa compacta.

– Tenemos compañía -susurró Casiopea.

Él esperó a que la mujer se explicara.

– Durante mi paseo a caballo, me dirigí a uno de los promontorios. Allí divisé a dos hombres. Uno al norte, el otro al sur. Vigilando. De Roquefort le ha encontrado.

– No pensaba que el truco con el chivato lo retrasara mucho tiempo. Debió de suponer que vendríamos aquí. Y Claridon le habría mostrado el camino. ¿La vieron a usted?

– Lo dudo. Fui muy cuidadosa.

– Esto podría ser peligroso.

– De Roquefort es un hombre con prisa. Es impaciente, particularmente si se siente engañado.

– ¿Se refiere usted al diario?

Ella asintió.

– Claridon se dará cuenta de que está lleno de errores.

– Pero De Roquefort nos encontró. Estamos a un paso de él.

– Debe de saber muy poco. Por lo demás, ¿por qué preocuparse? Simplemente utiliza sus recursos y busca por sí mismo. No, él nos necesita.

Sus palabras tenían sentido, como todo lo demás que ella decía.

– Salió usted a caballo esperando encontrarlos, ¿no?

– Pensé que me estaban vigilando.

– ¿Siempre se muestra tan suspicaz?

Ella se dio la vuelta para quedarse de frente.

– Sólo cuando la gente tiene intención de hacerme daño.

– Me imagino que habrá usted considerado alguna línea de acción.

– Oh, sí. Tengo un plan.

LI

Abadía des Fontaines

Lunes, 26 de junio

12:40 am

De Roquefort estaba sentado ante el altar en la capilla principal, ataviado una vez más con su manto blanco. Los hermanos llenaban los bancos delante de él, cantando unas palabras que databan del Inicio. Claridon se encontraba en los archivos, examinando documentos. El maestre había dado instrucciones al archivero de que permitiera al pícaro loco el libre acceso a todo lo que pidiera… pero también que mantuviera una estrecha vigilancia sobre él. El informe procedente de Givors era que el château de Casiopea Vitt parecía dormido por la noche. Un hermano vigilaba desde delante, el otro por detrás. De modo que, como era poco lo que se podía hacer, decidió atender a sus deberes.

Una nueva alma iba a ser recibida en la orden.

Setecientos años atrás, cualquier iniciado hubiera sido de nacimiento legítimo, libre de deudas y físicamente apto para librar combates. La mayoría eran solteros, pero también se había permitido la condición honorífica a casados. Los criminales no constituían un problema, así como tampoco los excomulgados. A ambos se les permitía la redención. El deber de todo maestre había sido asegurarse de que la hermandad crecía.

La regla era clara: «Si cualquier caballero secular desea dejar la masa de gente caída en la perdición y abandonar este siglo, no se le negará el ingreso.» Pero eran las palabras de san Pablo las que habían formado la norma moderna de la iniciación: «Acoge al espíritu si procede de Dios.» Y el candidato que se arrodillaba ante él representaba su primer intento de ejecutar este mandato. Le disgustaba que semejante ceremonia gloriosa tuviera que celebrarse en plena noche tras unas puertas cerradas. Pero ése era el estilo de la orden. Su legado, el de De Roquefort -lo que él quería que apareciera anotado en las Crónicas mucho después de su muerte, -sería un retorno a la luz del día.

Los cánticos se detuvieron.

Se levantó del sillón de roble que había servido desde el Inicio de posición preeminente del maestre.

– Buen hermano -le dijo al candidato, que estaba arrodillado ante él, las manos sobre una Biblia-, pides una cosa grande. De nuestra orden, tú sólo ves una fachada. Nosotros vivimos en esta resplandeciente abadía, comemos y bebemos bien. Tenemos ropa, medicinas, educación y realización espiritual. Pero vivimos bajo unos severos mandamientos. Es duro convertirse en el siervo de otro. Si deseas dormir, tal vez te despierten. Si estás levantado, quizás te ordenen que te eches. Quizás no desees ir a donde te manden, pero tendrás que hacerlo. Difícilmente harás nada de lo que deseas. ¿Podrás soportar todas esas privaciones?