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Cogió un lápiz de la mesa y escribió adiós stephanie en un bloc.

– ¿Y eso es una solución? -preguntó Claridon.

– No lo sé. Nunca pensé que lo fuera, hasta este momento. Si lo que está usted diciendo es verdad, que el diario contiene errores deliberados, entonces lo dejaron para que nosotros lo encontráramos. Yo busqué ese diario mientras Lars Nelle estaba vivo, y luego después con su hijo. Pero Mark Nelle lo tenía guardado. Luego, cuando el hijo apareció aquí, en la abadía, me enteré de que llevaba el diario consigo el día de la avalancha. El maestre se apoderó de él y lo guardó bajo llave hasta hace sólo unas semanas. -Recordó el aparente paso en falso de Casiopea Vitt en Aviñón. Ahora sabía que no había sido ningún error-. Tiene usted razón. El diario carece de valor. Se había previsto que lo tuviéramos. -Señaló el bloc. -Pero quizás estas dos palabras tengan algún significado.

– O quizás sea también una información errónea, ¿no?

Lo cual era posible.

Claridon las estudió con evidente interés.

– ¿Qué fue lo que dijo exactamente Lars cuando le dio esto?

Se lo contó con precisión, terminando con:

– Una pista que puede ayudarle. Si es inteligente, podría incluso resolver el rompecabezas.

– Recuerdo algo que Lars me mencionó en una ocasión.

Claridon buscó encima de la mesa hasta que encontró unos papeles doblados.

– Éstas son notas que tomé en Aviñón a partir del libro de Stüblein referente a la lápida sepulcral de Marie d’Hautpoul. Mire aquí. -Claridon señaló una serie de números romanos: MDCOLXXXI-. Esto fue cincelado en la piedra, y es probablemente la fecha de su muerte, 1681. Y eso es descontando la «O», ya que no existe el cero en la numeración romana. Pero Marie murió en 1781, no en 1681. Y su edad es un error también. Tenía sesenta y ocho años, no sesenta y siete, como se indica, cuando murió.

Claridon cogió el lápiz y escribió 1681, 67 y adiós stephanie en el bloc.

– ¿Observa usted algo?

De Roquefort miró fijamente el escrito. No veía nada sobresaliente, pero nunca había sido muy experto en rompecabezas.

– Tiene usted que pensar como un hombre del siglo xviii. Bigou fue la persona que encargó la lápida sepulcral. La solución sería sencilla en un aspecto, pero difícil en otro, debido a las infinitas posibilidades. Divida la fecha de 1681 en dos números… 16 y 81. Uno más seis igual a siete. Ocho más uno igual a nueve. Siete, nueve. Sesenta y siete. No puede invertir el siete, pero el seis se convierte en un nueve cuando se le da la vuelta. De modo que siete y nueve otra vez. Cuente las letras en lo que le escribió Lars. Siete para adiós (goodbye). Nueve para stephanie. Creo que le dejó una pista.

– Abra el diario por el criptograma y pruebe.

Claridon pasó las páginas y encontró el dibujo.

– Hay varias posibilidades. Siete, nueve. Nueve, siete. Dieciséis. Uno, seis. Seis, uno. Empezaré con la más obvia. Siete, nueve.

De Roquefort observó mientras Claridon contaba a través de las filas de letras y símbolos, deteniéndose en la séptima, luego en la novena, anotando el carácter mostrado. Cuando terminó, aparecía itegoarcanadei.

– Es latín -dijo, viendo las palabras-. «I tego arcana dei.» Tradujo: «Oculto los secretos de Dios.»

Maldita sea.

– Ese diario es inútil -exclamó De Roquefort-. Nelle creó su propio rompecabezas.

Pero otra idea brotó en su cerebro. El informe del mariscal. También éste contenía un criptograma, obtenido a partir del abate Gélis. Supuestamente resuelto por el cura. Un criptograma que el mariscal había indicado que era idéntico al que Saunière encontró.

Tenía que hacerse con él.

– Hay otro dibujo en los libros que tiene Mark Nelle.

Los ojos de Claridon estaban encendidos.

– Me imagino que va usted a ir por él.

– Cuando salga el sol.

LIV

Givors, Francia

1:30 am

Malone estaba de pie en el salón, la espaciosa habitación iluminada por lámparas, los demás apiñados en torno a la mesa. Los había despertado a todos unos minutos antes.

– Conozco la respuesta -le dijo.

– ¿Del criptograma? -quiso saber Stephanie.

Él asintió con la cabeza.

– Mark me habló de la personalidad de Saunière. Resuelto y temerario. Y estoy de acuerdo con lo que dijo usted el otro día, Stephanie. La iglesia de Rennes no es ningún indicador del tesoro. Saunière nunca hubiera dado esa información, pero no pudo resistirse a señalar alguna cosita. El problema es que uno necesita un montón de piezas para formar el rompecabezas. Por suerte, tenemos la mayoría de ellas.

Alargó la mano para coger el libro Pierres Gravées du Languedoc, abierto todavía por las lápidas de Marie d’Hautpoul.

– Bigou es el individuo que dejó las verdaderas pistas. Se disponía a huir a Francia para no regresar jamás, de manera que ocultó criptogramas en ambas iglesias y dejó dos lápidas grabadas sobre una tumba vacía. Está la fecha errónea de muerte de 1681, la edad equivocada, sesenta y siete, y miren esos números romanos del pie (LIXLIXL): cincuenta, nueve, cincuenta, nueve, cincuenta. Si lo suma todo tiene ciento sesenta y ocho. Hizo también referencia al cuadro Leyendo las reglas de la caridad en el registro parroquial. Recuerden, en la época de Bigou, la fecha no estaba disimulada. De modo que habría sido 1681, no 1687. Hay un dibujo aquí. Señaló al grabado de la lápida sepulcral.

– Miren la araña grabada al pie. Había siete puntos colocados deliberadamente entre las patas, dejando dos espacios en blanco. ¿Por qué no incluir un punto entre todas? Miremos luego lo que hizo Saunière en el jardín ante la iglesia. Coge la columna visigoda, la vuelve cabeza abajo y graba misión 1891 y penitencia, penitencia en su cara. Sé que esto sonará absurdo, pero la verdad es que he soñado la relación que hay entre todas estas cosas.

Todo el mundo sonrió, pero nadie le interrumpió.

– El año pasado, Henrik, cuando Cai y los demás fueron muertos en Ciudad de México… Sueño con ello de vez en cuando. Es difícil apartar estas imágenes de la cabeza. Hubo un montón de muertos y heridos aquel día…

– Siete muertos. Nueve heridos -murmuró Stephanie.

La misma idea pareció pasar espontáneamente por cada una de las mentes de los reunidos, y Malone pudo ver comprensión, especialmente en el rostro de Mark.

– Cotton, podría estar usted en lo cierto. -Mark se sentó a la mesa-. 1681. Sumemos los primeros dos dígitos y luego los dos siguientes. Siete, nueve. El grabado de la columna. Saunière la volvió cabeza abajo para enviar un mensaje. La erigió en 1891, pero si se invierte esa fecha, da 1681. La columna está invertida para llevarnos en la dirección correcta. Siete, nueve, otra vez.

– Cuente ahora las letras -dijo Malone-. Siete en «misión» (mission). Nueve en «penitencia» (penitence). Eso es algo más que simple coincidencia. Y el ciento sesenta y ocho de los números romanos sobre la lápida sepulcral. Ese total está ahí por algún motivo. Sume uno a seis y a ocho, y tendrá siete y nueve. El patrón aparece por todas partes.

Alargó la mano en busca de una imagen en color de la estación n.° 10 del interior de la iglesia de María Magdalena.

– Miren aquí. Donde el soldado romano está arrojando los dados para jugarse la túnica de Cristo. Miren la cara del dado. Un tres, un cuatro y un cinco. Cuando Mark y yo estuvimos en la iglesia, me pregunté por qué habían sido elegidos estos números en particular. Mark, tú dijiste que Saunière supervisaba personalmente cada detalle que se incorporaba a esa iglesia. De manera que escogió esos números por una razón. Creo que lo importante aquí es la secuencia. El tres es primero, luego el cuatro y luego el cinco. Tres más cuatro siete, cuatro más cinco, nueve.