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– Así que siete y nueve resuelven el criptograma -dijo Casiopea.

– Hay una forma de averiguarlo.

Mark hizo un gesto y Geoffrey le tendió la mochila. Mark abrió con cuidado el informe del mariscal y encontró el dibujo.

Se puso entonces a aplicar la secuencia siete, nueve, moviéndose a través de las trece líneas de letras y símbolos. A medida que lo hacía, anotaba cada carácter seleccionado:

TEMPLIERTRESORENFOUIAULAGUSTOUS

– Es francés -dijo Casiopea-. El idioma de Bigou.

Mark asintió.

– Las entiendo.

Añadió espacios para que el mensaje tuviera sentido:

TEMPLIER TRESOR EN FOUI AU LAGUSTOUS

– El tesoro templario puede ser hallado en Lagustous -tradujo Malone.

– ¿Dónde está Lagustous? -preguntó Henrik.

– No tengo ni idea -dijo Mark-. Y no recuerdo mención alguna de semejante lugar en los archivos templarios.

– He vivido en esta región toda mi vida -dijo Casiopea-, y no conozco ese lugar.

Mark parecía frustrado.

– Las Crónicas hablan específicamente de que los carros trasladaban el Legado a los Pirineos.

– ¿Por qué el abate hubiera puesto las cosas tan fáciles? -preguntó con calma Geoffrey.

– Tiene razón -dijo Malone-. Bigou podría haber incorporado una salvaguarda para que resolver la secuencia no fuera suficiente.

Stephanie parecía desconcertada.

– Yo no diría que esto ha sido fácil.

– Sólo porque las piezas están tan esparcidas, y algunas se han perdido para siempre -dijo Malone-. Pero en tiempos de Bigou existía todo, y él erigió la lápida para que todos lo vieran.

– Pero Bigou protegió su apuesta -dijo Mark-. El informe del mariscal indica específicamente que Gélis encontró un criptograma idéntico al de Saunière en su iglesia. Durante el siglo xviii, Bigou ejerció su ministerio en esa iglesia, así como en Rennes, de manera que escondió una señal en cada una.

– Confiando en que una persona muy curiosa encontraría alguna de ellas -dijo Henrik-. Que es precisamente lo que ha pasado.

– De hecho, Gélis resolvió el rompecabezas -dijo Mark-. Eso lo sabemos. Se lo dijo al mariscal. Dijo también que tenía sospechas sobre Saunière. Luego, unos días más tarde fue asesinado.

– ¿Por Saunière? -quiso saber Stephanie.

Mark se encogió de hombros.

– Nadie lo sabe. Siempre pensé que el mariscal podía ser sospechoso. Desapareció de la abadía semanas después del asesinato de Gélis, y no reveló en su informe la solución del criptograma.

Malone señaló el bloc.

– Ahora lo tenemos. Pero hemos de encontrar ese «Lagustous».

– Es un anagrama -dijo Casiopea.

Mark asintió.

– Igual que sobre la lápida sepulcral donde Bigou escribió «Et in arcadia ego» como un anagrama de «I tego arcana dei». Pudo haber hecho lo mismo aquí.

Casiopea estaba estudiando el bloc y de pronto su mirada irradió conocimiento.

– Lo sabe, ¿verdad? -preguntó Malone.

– Creo que sí.

Todos esperaron.

– En el siglo décimo un opulento barón llamado Hildemar conoció a un hombre llamado Agulous. Los parientes de Hildemar tomaron a mal la influencia de Agulous sobre él en oposición a su familia. Hildemar cedió todas sus tierras a Agulous, el cual convirtió el castillo en una abadía a la que se unió el propio Hildemar. Mientras estaban arrodillados en oración en la capilla de la abadía, Agulous e Hildemar fueron asesinados por unos sarracenos. Ambos fueron finalmente canonizados por los católicos. Hay un pueblo allí todavía. A unos ciento cincuenta kilómetros de aquí: St. Agulous.

Alargó la mano en busca de una pluma y convirtió «lagustous» en «St. Agulous».

– Había propiedades templarias allí -dijo Mark-. Una gran encomienda, pero desapareció.

– Ese castillo, que se convirtió en abadía, sigue allí -dejó claro Casiopea.

– Tenemos que ir -dijo Henrik.

– Eso podría ser un problema -replicó Mark-. Nuestra anfitriona permitió a De Roquefort que se hiciera con el diario de papá. En cuanto comprenda que ese objeto es inútil, su actitud cambiará.

– Tenemos que salir de aquí sin ser descubiertos -indicó Mark.

– Somos muchos -dijo Henrik-. Lograr algo así sería un desafío.

Casiopea sonrió.

– Me gustan los desafíos.

LV

7:30 am

De Roquefort se abrió camino a través del bosque de altos pinos, el suelo bajo sus pies plateado por el blanco brezo. Un perfume de miel flotaba en el aire matutino. Las rocas de arenisca roja que lo rodeaban aparecían envueltas por una fina niebla. Un águila penetraba y salía de la niebla, merodeando en busca de su desayuno. De Roquefort había tomado el suyo con los hermanos, en medio del tradicional silencio, mientras les eran leídas las Escrituras.

Tenía que dar crédito a Claridon. Éste había descifrado el criptograma con la combinación de siete y nueve, y revelado el secreto. Por desgracia, el mensaje era inútil. Claridon le dijo que Lars Nelle había encontrado un criptograma en un manuscrito no publicado de Noël Corbu, el hombre que había difundido gran parte de la ficción que corría sobre Rennes a mediados del siglo xx. Pero ¿Había modificado Nelle el rompecabezas?¿O lo había hecho Saunière?¿Fue la frustrante solución lo que llevó a Lars Nelle a suicidarse? Todo aquel esfuerzo, y cuando finalmente conseguía descifrar lo que Saunière había dejado, no le decía nada. ¿Era eso lo que Nelle quería decir cuando declaró: «No hay absolutamente nada que encontrar»?

Era difícil de saber.

Pero, maldita sea, iba a averiguarlo como fuera.

Un cuerno sonó en la lejanía procedente del castillo. El trabajo diario iba a empezar. Allá delante, descubrió a uno de sus centinelas. Había hablado con el hombre por teléfono móvil durante el viaje hacia el norte desde la abadía, y por él supo que todo estaba tranquilo. A través de los árboles divisó el château, a un par de cientos de metros de distancia, bañado por un filtrado sol matutino.

Se acercó al hermano, que le informó de que, una hora antes, un grupo de once hombres y mujeres habían llegado a pie. Todos vestidos de época. Llevaban en el interior desde entonces. El segundo centinela había informado de que la parte trasera del edificio se mantenía tranquila. Nadie había entrado o salido. Mucho movimiento interior se había producido dos horas antes… luces en las habitaciones, actividad de los sirvientes. La propia Casiopea Vitt salió en un momento dado al exterior y se dirigió a los establos; luego volvió.

– Hubo actividad también alrededor de la una de la madrugada -le informó el hermano-. Se encendieron luces en los dormitorios, y luego en una habitación de abajo. Aproximadamente una hora más tarde, las luces se apagaron. Parece que todos han estado despiertos durante un rato, y luego se han vuelto a dormir.

Quizás su noche había sido tan reveladora como la de él.

– Pero ¿No salió nadie de la casa?

El hombre negó con la cabeza.

Buscó la radio en su bolsillo y comunicó con el jefe del equipo de diez caballeros que había traído consigo. Aparcaron sus vehículos a un kilómetro y medio de distancia y fueron andando a través del bosque hacia el château. Les había ordenado que rodearan silenciosamente el edificio y luego esperaran sus instrucciones. Le informaron de que los diez hombres estaban en posición. Contando los dos que ya estaban aquí, y a él mismo, trece hombres armados… Más que suficientes para llevar a cabo la tarea.

Era irónico, pensó. Los hermanos estaban una vez más en guerra contra un sarraceno. Setecientos años atrás, los musulmanes derrotaron a los cristianos y recuperaron Tierra Santa. Ahora otra musulmana, Casiopea Vitt, se había entrometido en los asuntos de la orden.