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– Maestre.

Su atención se desvió al château y su entrada principal, de donde estaba saliendo gente, todos vestidos con los atuendos campesinos de la Edad Media. Los hombres con sencillas sobrepellices marrones sujetas con cuerdas alrededor de la cintura, las piernas enfundadas en calzas oscuras, los pies cubiertos por calzados ligeros. Algunos exhibían brazaletes atados a sus tobillos. Las mujeres llevaban largos vestidos grises y refajos atados en torno de las caderas con cordeles de delantal. Sombreros de paja, gorros de alas anchas…, y la cabeza cubierta con una capucha. El día anterior, había observado que todos los obreros del yacimiento de Givors llevaban ropas de época, como parte de la atmósfera anacrónica que el lugar estaba concebido para evocar. Una pareja de obreros empezó a empujarse mutuamente con buen humor mientras el grupo se dirigía lentamente hacia el sendero que conducía a la construcción.

– Quizás se trata de una especie de reunión -dijo el hermano que se encontraba junto a él-. Han venido al château y ahora van a la obra.

De Roquefort estuvo de acuerdo. Casiopea Vitt supervisaba personalmente el proyecto de Givors, de modo que era razonable suponer que algunos trabajadores se reunían con ella.

– ¿Cuántos entraron?

– Once.

Contó. Había salido el mismo número. Estupendo. Era hora de actuar. Se acercó la radio a los labios y ordenó:

– Entrad.

– ¿Cuáles son nuestras órdenes? -preguntó la voz al otro extremo de la línea.

De Roquefort estaba cansado de jugar con su oponente.

– Haced todo lo necesario para contenerlos hasta que yo llegue.

Entró en el château por la cocina, una enorme sala repleta de objetos de acero inoxidable. Habían transcurrido quince minutos desde que diera la orden de tomar la mansión, y la operación se había llevado a cabo sin un disparo. De hecho, los ocupantes estaban desayunando cuando los hermanos se abrieron paso por la planta baja. Había hombres apostados en todas las salidas y ante las ventanas del comedor, con el fin de desbaratar toda esperanza de huir.

Estaba encantado. No quería llamar la atención.

Mientras cruzaba las múltiples habitaciones, admiró las paredes cubiertas de brocados llenos de color, pintados techos, cinceladas pilastras, arañas de cristal y muebles enfundados con damascos de diferentes tonos. Casiopea Vitt tenía buen gusto.

Encontró el comedor y se preparó para enfrentarse con Mark Nelle. Los demás serían asesinados y sus cuerpos enterrados en el bosque, pero Mark Nelle y Geoffrey serían devueltos a la abadía para disciplinarlos. Necesitaba dar ejemplo con ellos. La muerte del hermano en Rennes debía ser vengada.

Cruzó un espacioso vestíbulo y entró en el comedor.

Los hermanos rodeaban la habitación, sus armas en la mano. Recorrió con la mirada la larga mesa y registró seis caras.

Ninguna de las cuales reconoció.

En lugar de ver a Cotton Malone y Stephanie Nelle, Mark Nelle, Geoffrey y Casiopea Vitt, los hombres y mujeres reunidos en torno de la mesa eran unos extraños, vestidos todos con vaqueros y camisas.

Trabajadores del yacimiento de la construcción.

Maldita sea.

Habían escapado ante sus mismas narices.

Contuvo su creciente ira.

– Retenedlos aquí hasta que regrese -le dijo a uno de los caballeros.

Salió de la casa y anduvo con calma hacia el sendero arbolado que se dirigía al aparcamiento. A esta temprana hora del día había sólo unos pocos vehículos. Pero el coche de alquiler de Cotton Malone, que estaba aparcado allí cuando él llegó, había desaparecido.

Meneó la cabeza.

Ahora estaba perdido, sin ninguna idea de adonde habrían ido.

Uno de los hermanos que había dejado en el interior del château salió corriendo de detrás del edificio. De Roquefort quiso saber por qué el hombre había abandonado su puesto.

– Maestre -dijo el hombre-, una de las personas de dentro del château me ha dicho que Casiopea Vitt les pidió que vinieran al château temprano hoy, vestidos con su atuendo de trabajo. Seis de ellos cambiaron sus ropas y ella les dijo a todos que disfrutaran de su desayuno.

– Todo eso ya lo había supuesto. ¿Qué más?

El hombre le tendió un teléfono móvil.

– El mismo empleado me ha dicho que le habían dejado una nota diciendo que vendría usted. Cuando lo hiciera, él tenía que entregarle a usted este teléfono, junto con esto.

Lo desplegó y leyó el pedazo de papel.

La respuesta ha sido hallada. Llamaré antes de la puesta de sol para informarle.

Necesitaba saber.

– ¿Quién escribió esto?

– El empleado ha dicho que lo dejaron durante el intercambio de ropas juntamente con las instrucciones de que se le diera directamente a usted.

– ¿Cómo lo has conseguido?

– Cuando él mencionó su nombre, simplemente le dije que yo era usted y él me lo tendió.

¿Qué estaba pasando aquí?¿Había un traidor entre sus enemigos? Al parecer, así era. Como no tenía la menor idea de adonde habían ido, no tenía alternativa.

– Retira a los hermanos y regresemos a la abadía.

LVI

10:00 am

Malone se maravilló ante los Pirineos, que eran bastante parecidos a los Alpes en cuanto a aspecto y majestad. Separando a Francia de España, las crestas parecían extenderse hasta el infinito, cada uno de aquellos mellados picos rematado por un deslumbrante manto de nieve; las elevaciones menores, una mezcla de verdes laderas y despeñaderos de color púrpura. Entre las cimas se encontraban valles soleados, profundos y amenazadores, lugares frecuentados antaño por Carlomagno, los francos, los visigodos y los árabes.

Habían cogido dos coches… el suyo de alquiler y el Land Rover de Casiopea, que ella siempre tenía aparcado donde las obras de construcción. Su salida del château había sido inteligente -la estratagema, al parecer, había funcionado, pues no se veían perseguidores- y, una vez fuera, registraron cuidadosamente los vehículos en busca de cualquier dispositivo electrónico de seguimiento. Malone empezó a tener confianza en Casiopea. Era imaginativa.

Una hora antes, cuando se dirigían a las montañas, se detuvieron y compraron ropa en un mercado de las afueras de Aix-les-Thermes, que abastecía de comida a excursionistas y esquiadores. Sus túnicas multicolores y largas batas habían provocado miradas de extrañeza, pero ahora iban vestidos con vaqueros, camisas, botas y chaquetas de piel, listos para lo que pudiera presentarse.

St. Agulous se encontraba encaramado en el borde de un precipicio, rodeado de colinas que formaban terrazas, al final de una estrecha carretera que serpenteaba montaña arriba a través de un paso difuminado por las nubes. El pueblo, no mucho mayor que Rennes-le-Château, era una masa de edificios de arenisca gastada por el tiempo que parecían haberse fundido con la roca.

Malone se detuvo, evitando entrar en la población, manteniéndose en un estrecho sendero de tierra. Casiopea le seguía. Ambos bajaron de sus vehículos al frío aire de la montaña.

– No creo que sea una buena idea que entremos todos -dijo-. Éste no parece un lugar que reciba un montón de turistas.

– Tiene razón -dijo Mark-. Papá siempre se acercaba a estos pueblos con cautela. Dejen que Geoffrey y yo lo hagamos. Un par de excursionistas. Eso no es nada insólito en verano.

– ¿No cree usted que yo causaría una buena impresión? -preguntó Casiopea.