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Él le volvió a rotar el capullo. El placer se intensificó. Caliente. Apretado. Prohibido. Y todo el tiempo él la miraba, comprensivo con cada una de sus debilidades.

La casa de su hermano.

Su escuela.

Prácticamente un extraño.

La Vizcondesa Lyons seducida por un hombre que apenas conocía de unas horas. Su gran y cálida mano acariciaba sus pechos. Sus dedos ágiles trabajaban en ella, empujando entre sus abultados labios mojados. Entrando y saliendo. La sangre caliente se acumulaba en el espacio dolorido de su sexo.

– Demasiado tiempo -susurró él-. Y ahora estoy aquí. Cuando te vi hoy, cuando hablamos en la boda, sentí como si ya nos conociésemos.

– Hace menos de un día -susurró ella.

– No. No lo parece. Al menos para mí.

Ella se mordió el interior de la mejilla. Él se apoyaba en un codo ahora, intensificando el placer perverso que le estaba dando. Su mirada clavada en las sombras entre sus muslos. Su excitación aumentó.

Sus caderas se levantaron hacia su mano. Emma no podía controlar sus movimientos, su necesidad. Él exhaló y cerró los ojos. -Debe haber sido hace mucho tiempo -susurró-. Estás temblando, y tan apretada.

Ella no pudo hablar. Las gotas calientes entre sus muslos, traicionaban cualquier negativa por su parte. ¿Cuánto tiempo había pasado? Su vientre se estremeció y una profunda presión se instaló en la base de su columna.

Ella nunca había conocido un deseo como éste.

– Disfruta este placer -susurró ronco-. Vívelo para mí.

Y ella lo hizo. Su cuerpo se apretó. Ya no tenía poder para detenerlo. Él la sostenía mientras alcanzaba la cima, mientras su capacidad de respirar se interrumpía, mientras el placer estallaba como una tormenta. Ella cayó bajo su hechizo. Sollozó, años de deseos enterrados, desencadenados. ¿Quién era este hombre? ¿Qué poder demoníaco poseía para hacerle esto?

– Emma. -Su voz profunda penetró en su desconcierto.

Ella tuvo un escalofrío. Rehusó mirarlo, maravillosamente empapada de placentera vergüenza.

– Emma -repitió, con sus rostros pegados-. ¿Estás bien?

Ella sintió que recuperaba el juicio lentamente. Su cuerpo continuaba latiendo. Para su propia sorpresa, se encontró acariciándole el pelo y los duros planos de su rostro. Ofreciéndole confort. ¿Quién era este hombre? ¿Quién era ella? A partir de este momento, ya no lo sabía.

– Cuando te vi por primera vez en la boda -dijo él-, yo…

Ella presionó un dedo en sus labios. -Soy viuda, Lord Wolverton. A pesar de lo que acaba de pasar, esa parte de mi vida acabó.

– Tú no moriste con tu esposo -dijo después de un largo silencio.

Ella se quedó quieta varios minutos. Él cerró los ojos. Sus rostros descansaban juntos. -Yo creí morir una vez. Dios sabe que hice todo lo posible para conseguirlo, peo no ocurrió.

Ella sintió que las lágrimas ardían en sus ojos.

Era evidente que la herida de la cabeza no afectaba sus funciones más básicas. Los miembros le temblaban involuntariamente cuando ella finalmente intentó separar sus cuerpos.

Parecían sentimientos familiares, pero no lo eran.

Ella se había casado antes de que hubiera transcurrido la mitad de su primera temporada. Su esposo: un vizconde escocés culto y modesto terrateniente. Ella pensó que la naturaleza reservada de él casaba con la suya. Habían sido buenos compañeros, más amigos que amantes. De hecho, toda su experiencia sexual con su tranquilo marido había consistido en ligeros manoseos, y apurados acoplamientos bajo las mantas. En realidad, Emma había salido de esos rápidos apareamientos, más insatisfecha que otra cosa. Hasta en la actualidad se ruborizaba recordando como Stuart había anunciado en su noche de bodas que era hora de poner su pequeña salchicha en el horno.

No podía pensar que un hombre tan bien acabado como Lord Wolverton tuviese algo tan inconsecuente como una salchicha. Su escasa experiencia con su pesado apéndice masculino había sido prueba suficiente. Pensar en recibir un órgano de tales dimensiones en su interior aceleraba su respiración. Adrian y su difunto esposo no tenían nada en común, ni en lo físico, ni en el carácter.

Se deslizó de sus brazos, un movimiento estratégico penosamente planificado, si es que hubiera llegado a pensarlo. Cada pedazo de su cuerpo quedó en electrizante contacto con el suyo. Su vestido cayó hasta sus desnudos tobillos. Sintió su caliente y dura mirada recurriendo su tembloroso cuerpo desnudo.

Se puso en pie y logró reunir los restos de su equilibrio. No iba a llorar. -Ahora me marcho. – Su voz sonaba estable, pero sus emociones no lo estaban-. Debes quedarte en la cama hasta que el médico te dé permiso para levantarte.

Él la estudió en un silencio ardiente. -Mi conducta no tiene excusa.

Ella se alejó hasta la puerta. -Ni la mía.

Él se sentó, su rostro duro oculto por las sombras. -Juro que no diré a nadie nunca lo ocurrido. Con el poco honor que me queda.

Ella se volvió.

– Te lo juro, Emma.

– Buenas noches, Lord Wolverton.

Ella abrió la puerta. Su voz profunda la siguió al pasillo. El corazón latía en su garganta. -Tienes mi palabra.

La palabra de un mercenario.

Se dejó caer, hundiéndose en la cama, mientras la puerta se cerraba con un brusco portazo que mandó un trueno de agonía a su cabeza. Rió fuerte, desafiando el dolor. Disfrutándolo en realidad.

Se sintió increíblemente estúpido, eufórico. Sí, le dolía el corazón. Pero… era lo bastante afortunado para tener suficiente lucidez como para reconocer su amor por la organizada Emma Boscastle, una más que correcta dama que había pensado ponerlo en su lugar, y casi lo había conseguido.

Sabía que ella no confiaba en él. ¿Por qué tendría que hacerlo? Pero en el momento en que se dio cuenta de que ella lo observaba durante la boda, sintió la primera chispa de esperanza desde su vuelta a Inglaterra. Tal vez eso también tenía sentido, después de todo. Hacía volar su imaginación, maldición. Había encontrado a la mujer que quería impresionar.

También él le había producido una impresión tremenda, exigiendo intimidad en ese breve encuentro. ¿Lo despreciaría? Seguramente. Lo que más le gustaba de ella era sido su temple, su manera de notar cada error, como si se estuviese lamentando por el mundo en general, y tratara de corregirlo.

Como si las buenas maneras pudiesen reparar toda la maldad sobre la tierra. ¿Podría reparar a un hombre con el alma tan deshecha como la suya? Ninguna mujer lo había intentado nunca. Su oscura reputación había atraído a las damas en masa. Emma por contra, lo había desaprobado desde el primer momento.

Ella era una Boscastle, una de esas almas fascinantes que ardían con vitalidad. Solo eso ya sería suficiente para explicar su irresistible atractivo. Su mejor amigo, Dominic Breckland, había perdido su corazón con Chloe Boscastle en el peor momento de su vida. Afortunadamente Dominic también había tenido el buen sentido, y la buena fortuna, de casarse con ella. Pero todo la maldita familia rompía corazones inconscientemente, lo mismo que otros respiraban. Lo que explicaba en primer lugar por qué se había visto obligado a defender a Emma.

Aun así, eso no le daba derecho a seducirla. Ella solo estaba cumpliendo con algún sentido del deber, en respuesta a sus actos de hoy. Se había portado como un tonto, y lo habían coronado con una silla Chippendale como premio. Era posible que Emma pudiese curarle la herida, pero todo su decoro no podría arreglar el complicado estado de sus asuntos personales.

Suspiró. ¿Qué pasaría si ella le devolviera al camino recto? ¿No sería eso una victoria para ella? Por supuesto, era imposible. Nadie podía deshacer lo que había llegado a ser. Había sido criado para ser el mejor, aspiraba a lo peor y no podía negar que sus maneras se habían deteriorado con los años.