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– Bueno. Tengo el desván lleno de secretos, ya sabe. Lo veo y lo escucho todo.

– Ves y escuchas todo -dijo Emma con voz resignada-. Llevas aquí menos de quince días. Imagino que no ha habido nada que ver u oír muy interesante.

– Se equivocaría, entonces, -replicó Harriet con sonrisa sagaz. -Soy como un ratoncito, estoy en todas partes.

Emma la miró apenada. -Bueno, lo que sea que imaginas que has visto u oído, confío que te lo guardes para ti misma. Tienes que concentrarte en tus lecciones, Harriet.

– ¿Mordería la mano que me da de comer? -se burló Harriet-. Demonios, no es probable, ¿verdad?

Emma respiró. -Espero que no.

– Me quedo con usted en lo bueno y en lo malo, Lady Lyons.

– Que afortunada soy -murmuró Emma volviéndose a las otras camas. ¿Cómo, en nombre del cielo, iba a transformar a esta problemática muchacha en una dama?

– Mantenga la barbilla alta mañana, Lady Lyons. No la deje tirarla al suelo.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Emma con los dientes apretados.

– Quiero decir que cuando Lady Clipstone… que una vez que olfatee el escándalo, y ese “Lobo” es un escándalo si alguna vez vi uno, bueno… -se pasó la mano por la garganta-. El fin.

Emma achicó los ojos. -¿Crees que es tan fácil derrotarme?

Harriet se deslizó bajo la colcha. -No conmigo a su lado. Usted rasca mi espalda y yo rascaré la suya. ¿Hacemos el trato?

– Antes haría un trato con el demonio, Harriet. Pero… si tengo que darte la mano para ganar tu confianza, lo haré.

Harriet esperó otros quince minutos antes de poner sus pies desnudos en el suelo, y comenzó a despertar al resto de las muchachas. -Bien -dijo, mientras las otras doce bostezaban resentidas -. ¿Quién quiere divertirse esta noche?

La señorita Lydia Potter cruzó los brazos sobre su prominente busto. -Mi idea de diversión no es andar corriendo por un húmedo callejón para escudriñar por la ventana de otro burdel.

Harriet la miró con desprecio. -¿Quién quiere ver al duque y defensor de Lady Lyons en carne y hueso?

Una a una las otras muchachas dejaron la cháchara de lado y miraron a Harriet desconcertadas. -¿Qué quieres decir? -preguntó una de las delegadas.

– Quiero decir exactamente lo que he dicho -respondió Harriet-. ¿A alguien le interesa? ¿O estáis demasiado asustadas como para darle un buen vistazo al tipo de hombre con el que aspiráis a casaros?

Una chirriante voz femenina invadió su placentero sueño. Por un instante pensó que era Emma otra vez. Luchó a través de su confusa mente drogada por responder… ¿Risitas al pie de la cama? Seguro que no era ella haciendo esos ruidos molestos.

Se estremeció, esforzándose por contestar. Finalmente abrió los ojos y vio el rostro travieso de una señorita, cuya maliciosa sonrisa le despertó como si le hubiesen tirado un balde de agua fría a la cara. Su mano estaba retirando las sábanas.

– ¡Renacuajo del demonio! -gritó molesto-. ¿Dónde está mi espada? ¡Voy a cortarte la maldita cabecita!

La chica bailó hacia atrás, fuera de su alcance. Para su disgusto, descubrió un grupo de muchachas detrás de ella, mirándole desde la puerta con ojos enormes y espantados.

Él se levantó tambaleante, zigzagueó varios pasos a través de la habitación, con la ropa de cama enrollada en las piernas. Las muchachas se alejaron con grititos miedosos. Pronto se dio cuenta que Emma no estaba entre el grupo de tontas féminas gritonas, y súbitamente, mientras el vértigo lo sobrecogía, se preguntó si todavía estaba soñando.

– ¡Váyanse, plaga de duendes! -gruñó, agitando la mano con gesto amenazador.

– Entonces este es el aspecto de un Duque -murmuró atrevidamente una de ellas-. Nunca hubiera adivinado que fueran tan grandes.

¿Tan grande? ¿Se verían partes impropias del cuerpo? Extrañamente había perdido cualquier sensación de cintura para abajo. Pero al parecer, todavía llevaba puesto los pantalones bajo la bata. Sentía los pies como losas de piedra.

Como a través de la niebla, escuchaba gritos ahogados de terror, y las observaba escurrirse en la oscuridad como tímidos ratones. Que osadía. Molestar a un hombre dormido solo para chillar de miedo, como si él hubiera instigado esta humillación, tan débil como… ¿cómo había dicho ella antes? Como una mariposa.

Hizo un torpe esfuerzo para echarlas, o por lo menos decirles que se marcharan. Pero la dosis del sedante que Heath Boscastle había insistido que tomara, hubiera puesto a un hombre menos fuerte que él a dormir durante tres días. A Adrian, con su resistencia de acero, la haría efecto sólo hasta la mañana. En ese momento le atontaba.

Por principios, bramó una vez más para demostrar su ira, y se volvió a grandes pasos a la cama. La cabeza latía con fuerza. Sentía los miembros torpes y descoordinados.

Por la mañana, tal vez recobraría fuerzas suficientes para perseguir a los impertinentes ratones, e informarles que no era hombre con el que se pudiera jugar. Pero no antes de encontrar a Emma Boscastle sola, para disculparse por haberla ofendido.

Para ser honesto, no estaba arrepentido por lo que había pasado. El placentero interludio entre ellos había sido el único momento luminoso de su sombrío retorno a Inglaterra. Era posiblemente el único ser humano, y sin duda la única mujer, que había mostrado genuina preocupación por su bienestar sin pensar en recibir algo a cambio. Él siempre había sentido una extraña debilidad por una mujer con agudo ingenio.

Casi todos en este detestable país se habían postrado a sus pies al enterarse que era heredero de un duque. Como si esa desgracia de nacimiento lo elevara de estatus.

Desgracia de nacimiento. Durante sus años de aprendizaje, eso era exactamente lo que Adrian había llegado a creer que era su existencia. Una desgracia. La consecuencia del pecado.

Y no le había importado particularmente si esa creencia era verdadera o no. Hasta unas horas antes, cuando Emma Boscastle había robado unos confites de la tarta de boda para complacerle.

Emma se había ido a la cama con la débil esperanza de que al despertar, descubriría que el día anterior no había ocurrido realmente. Pero lo primero que pensó al abrir los ojos, fue en él. Su herido Lord escandaloso. Lord Wolf mintiendo, acostado. ¿Todavía herido, o esperando? No tenía ningún precedente sobre el que especular.

Sin embargo, estaba bastante segura de que, cuando se enfrentara durante el día a sus estudiantes, esos salvajes brotes de futuras mujeres, sería capaz de quitarse de la mente a Adrian Ruxley y reanudar sus asuntos cotidianos. Las exigencias de la enseñanza nunca dejaban que se distrajera.

Llovía levemente y el carbón de la chimenea se había acabado, dejando olor a cenizas antiguas, y humedad en la habitación.

Se acurrucó bajo el edredón y escuchó las ruedas de los carruajes salpicando agua, y los cascos de los caballos en los charcos de la calle. A través del rítmico repiqueteo en el techo de la casa, escuchó tenuemente los gritos de los vendedores de pasteles ofreciendo sus artículos recién horneados. Su estómago vacío gruñó.

Súbitamente sintió un apetito voraz, hambre de algo más substancial que su acostumbrado desayuno con té, tostada, y una delgada loncha de queso blanco. Tal vez carne mechada y pastel de cebolla. Una comida para hincar el diente.

Se levanto lentamente de la cama. Sentía el cuerpo inexplicablemente exuberante y ágil. Incluso el aire frío parecía acariciar su piel.

Cómo había osado.

¿Habría tenido una noche tranquila?

Se lavó animadamente con su precioso jabón español de flores de naranjo, generalmente reservado para las ocasiones especiales, como apariciones en la corte, o mañanas de Navidad. Bueno, hoy era un día especial. El día en que ella volvía a la vida ordinaria que había escogido. Y a las jóvenes damas, cuyos padres se las habían confiado para que inculcara en sus hijas los más altos valores.