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– ¿En serio? -Adrian logró parecer educado, pero desinteresado, aunque estaba pendiente de cada palabra. Bajo sus cuidados. ¿Por qué esa frase era tan atractiva?-. Lo haré lo mejor posible para no necesitar su atención -dijo después de una breve vacilación.

Heath encontró su mirada. -Es una buena idea.

He ahí una advertencia. Adrian había fallado al intentar ocultar su interés por Emma.

– Mi hermana nunca es más feliz -continuó Heath-, que cuando está inculcando modales en quien no los tiene.

– Espero que pueda olvidar lo que ocurrió ayer -dijo Adrian con una sonrisa débil. Y ni mencionar anoche. ¿Podría perdonarlo? ¿Podría hacerla creer que lo que habían hecho era tan poco común para él, como lo había sido para ella?

Heath se encogió de hombros. -Ella estaba como siempre en el desayuno.

Adrian se movió en la tumbona. Se sentía amanerado, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, para que los pies no le quedaran colgando en el aire.

– Hablando del tema -Heath continuó, pero dirigiéndose ahora a las damas-, vuestro Lobo se ve delgado y hambriento. ¿Qué os parece si le damos un desayuno para fortalecerle, antes de que llegue el doctor?

Adrian gruño. Tuvo en la punta de la lengua insistir que no había nada malo en él, que requiriese la visita de ese charlatán. Pero algo lo detuvo. Cruzó los brazos en la nuca.

Y supo qué… o más bien quién… era.

Si Emma tenía necesidad de prodigar su atención con alguien de malos modales, había encontrado la horma de su zapato en Adrián. Nunca un hombre había necesitado más mejorar. Se preguntó relajadamente si ella sería capaz de enfrentarse al desafío. Y como podría presentar su caso, de manera que ella no pudiese rechazarle, y que no ofendiese a su familia.

Emma no podía concentrarse.

Su rostro de invadía constantemente sus pensamientos.

Ese rostro duro, fascinante. Era raro, reflexionó, pero desde cierto ángulo, la luz captaba sus huesos poderosos, y él parecía tan frío y distante como un dios nórdico. Sin embargo, cuando sonreía o se burlaba, parecía vulnerable, simplemente un hombre que había perdido el rumbo.

Se quedó mirando el manual de etiqueta que había estado leyendo en voz alta. No pudo encontrar donde se había quedado. Ni siquiera pudo recordar de que iba, ah sí, modales en la mesa. Tan esencial.

– Cazando moscas, ¿No? -preguntó Harriet, con voz desvergonzada, consiguiendo que la atención de Emma volviera de un salto al presente

Se aclaró la garganta. Ahora hasta una chiquilla desharrapada se creía con derecho de llamarle la atención. -Se aprenden modales en la mesa prácticamente desde el nacimiento -dijo, sintiendo la calidez de lo familiar-. Una niñera diligente no deja nunca que el niño a su cuidado coma huevos sin un babero de lino limpio. E incluso el bebé más pequeñito debe aprender a no manchar.

Se detuvo, distraída al ver a una alumna desplomada en el pupitre. -Dios del cielo -exclamó -. ¿Está durmiendo La Srta. Butterfield? Esto no debería ocurrir nunca.

– La culpa la tiene Harriet -refunfuñó una de las chicas-. Anoche nos tuvo despiertas a todas.

Emma dejó su libro en el escritorio con un ruido leve. -Amy, Amy.

La Srta. Butterfield despertó con un sobresalto, avergonzada. Las demás alumnas sonrieron malignamente. Nunca era agradable ser la parte receptora de los reproches de la Sra. Lyons, pero era un entretenimiento maravilloso ser testigo de la regañina a una compañera.

Emma frunció el ceño. La imagen de unos ojos avellana y una boca sensual, burlándose en su mente. Su concentración se alteró. Esto no iba a dar resultado. ¿Cómo era posible que un hombre al que había conocido el día anterior, se inmiscuyera en los principios que la guiaban?

No había ocurrido. Él lo había prometido.

Subió el volumen. -Nuestra próxima discusión será como tomar una cuchara y tenedor.

Harriet se repantigó en la silla con un gran suspiro. -¿Seguimos hablando de ese aburrido tema?

– Es culpa tuya, Harriet Gardner -explotó la Srta. Butterfield, con lágrimas de rabia en los ojos -. Se molestó conmigo porque nos mantuviste despierta toda la noche con tus vulgares juegos.

Emma palideció. Otro hilo se desenredaba.

– ¿Juegos vulgares? -Se acercó a la silla de Harriet-. Espero haber escuchado mal. ¿No te escabullirías anoche llevándote a las otras niñas? ¿No las involucrarías en tu antigua vida?

Harriet agachó la cabeza con actitud sumisa. -No, Lady Lyons, por mi humilde alma, no soy culpable del crimen por el que soy injustamente acusada.

La Srta. Butterfield saltó de su silla. -¡Tú, inmunda niñita de alcantarilla! Dile lo que hiciste, entonces. Díselo, Harriet Gardner.

Harriet levantó la cabeza de golpe. Con los puños en alto saltó disparada de su silla, como un púgil, solo para ser detenida por la mano de Emma. -¿A quién malditos infiernos, estás llamando sucia, quiero saber? ¿Quién…?

Emma amordazó la boca de Harriet con su otra mano, sofocando lo que sabía que serían una retahíla vergonzosa de palabrotas, capaz de sacar ampollas a los oídos. La Srta. Butterfield sonrió maligna, para ser empujada por el codo de Charlotte Boscastle de regreso a su silla.

Otra niña saltó en su lugar. -No salió de la casa, nos hizo subir las escaleras a todas, para que echáramos un vistazo al heredero del duque.

– ¿Al heredero del duque? -dijo Emma, horrorizada-. ¿Molestó a Lord Wolverton? -Retiró la mano de la boca de Harriet-. ¿En qué estabas pensando?

Harriet retrocedió. -Solo quería darle un vistazo al Señorón mientras dormía. Eso no es un crimen, ¿verdad?

Una de las más jóvenes habló. -Ella nos ordenó mirarle mientras dormía, Lady Lyons. Nos dijo que si buscábamos casarnos con un duque, teníamos que saber cómo se veía uno en la oscuridad.

Emma no se atrevió a preguntar qué habían visto.

Menos de una hora después, Adrian estaba reconsiderando la sensatez de prolongar su recuperación como método poco honrado para atraer la atención continuada de Emma. Ni siquiera sabía si podría permanecer postrado otro día más. Los rudos hombres que habían peleado bajo su mando, se desternillarían si le vieran tomando el desayuno en la cama.

Él, que había rehusado beber brandy cuando un cirujano lo había suturado desde la muñeca al omóplato, con solo un palo apretado entre los dientes para reprimir los gritos de dolor. Infiernos. El cirujano estaba borracho, y sudaba más que Adrian.

Si se quedaba una hora más en esta casa, sería solo por una razón. Que no tenía absolutamente nada que ver con heridas ni debilidad. Tenía que ver con su deseo de estar cerca de Emma Boscastle.

Y como ella había dejado dolorosamente claro que no deseaba tener nada más que ver con él, tendría que ser un poco más sutil acerca de como arreglárselas con eso. Tendría que comportarse. Y como nunca antes se había preocupado de producir buena impresión, y como era cualquier cosa excepto sutil en sus maneras, se daba cuenta de que tenía un problema.

Así que se quedó en la cama un rato más, sin hacer nada, estudiando las agujas de la iglesia y el cielo gris que se veían por la ventana.

Desafortunadamente, no había reflexionado mucho, cuando apareció otra visita interrumpiendo su concentración. Él gruñó por dentro al reconocer al primo de Emma, Sir Gabriel Boscastle, jugador agradable y soldado experimentado, con un sombrío sentido del humor, que había caminado por el lado peligroso de la vida unas cuantas veces. En el pasado, había tenido peleas con sus primos de Londres. Y parecía que las dos facciones de la familia habían hecho las paces. -Miren a nuestro pequeño paciente. Escuché que ayer arruinaste una silla en perfectas condiciones con tu cabeza.

Adrian gruñó. Gabriel era un hombre entre los hombres, un mujeriego, y había vivido tantos años como él al margen de la sociedad. -Estoy dispuesto a saltar de la cama y estrangular a la próxima persona que me recuerde ese hecho humillante.