– ¿Después de…?
– Perdóneme por recordarlo -dijo el médico ante la mirada consternada de ella-. Sé que es un incidente que a una dama le gustaría olvidar.
Él no tenía ni idea. Emma avanzó otro paso. La emoción de verla después de lo que había pasado… No podía estar refiriéndose a los sucesos de la noche anterior, a menos que Adrian se hubiese puesto a delirar y a hablar en sueños.
Se acercó de puntillas a la orilla de la cama. Desde la puerta él parecía más apagado que la última vez que lo había visto, lo que, considerando lo que le había estado haciendo, era un alivio.
Pero cuando giró la cabeza en la almohada, cuando sus desenfocados ojos momentáneamente tocaron los suyos, se estremeció por su obvio empeoramiento durante la noche. Su hermosa piel bronceada por el sol, había adquirido una palidez cerúlea. Oscuros círculos cavaban sombras sobre sus pómulos. El brillo diabólico de sus ojos avellana con párpados entrecerrados, solo podía ser signo de fiebre. -No parece él -exclamó.
El médico negó. -Estoy de acuerdo. Le hubiese aplicado sanguijuelas en las venas, si no hubiese armado un escándalo amenazando con patearme.
Ella respiró profundamente. -Tal vez debería atarlo. No me importa ayudar si lo necesita.
– Podemos esperar. Le acabo de dar una dosis elevada de opio. Lady Lyons, se la ve cansada. ¿No quiere sentarse?
– Gracias, pero no -su mirada horrorizada fija en el jarro de sanguijuelas al lado de la cama de Adrian. Pobre granuja. ¿Era posible que ni siquiera se hubiese dado cuenta anoche de que la estaba seduciendo? ¿Había ella, al dejarse seducir, aprovechado de un hombre que no estaba en sus cabales? Tal vez él no había sido el mismo. Tal vez él no había sabido lo que estaba haciendo.
– Cielo santo -susurró, retrocediendo y chocando súbitamente contra el poste de la cama, alarmando no solo al médico, sino sobresaltando a Adrian que abrió los ojos y la miró fijamente.
Una sensación de corriente eléctrica bajó por su espalda. Por un peculiar instante el pareció tan lúcido, que se sintió tentada a creer que se había recuperado de repente. Y entonces se desplomó de vuelta a las almohadas con un descorazonador gemido. No entendía que significaba su conducta.
Se volvió al médico. -¿Acaba de despertar, solo para caer inconsciente otra vez?
El escocés se inclinó sobre la forma inmóvil de Adrian, buscando el pulso de su cuello. -Parece dormir. Le drogué bastante. Creo que usted despertó sus pasiones y estimuló su respuesta.
– Yo ¿Qué? -preguntó ella con un avergonzado susurro.
– Los humores apasionados que gobiernan a un paciente… su gracia, es solo un viejo término médico, Lady Lyons. No quise decirlo en sentido literal, y menos ofenderla. -Él se levantó-. El olor de las hierbas está molestando a mis pulmones. Excúseme un momento mientras salgo a tomar aire fresco para aclarar mi mente. ¿Puede llamar a un lacayo? No creo que despierte por un tiempo.
Emma movió la cabeza. -Le esperaré hasta que regrese.
Adrian se sorprendió de lo culpable que se sentía por la preocupación de Emma ante su aparente y fraudulento empeoramiento. De hecho, se avergonzó de sí mismo por tratar de engañarla. La verdad era que disfrutaba de sus atenciones, y no estaba preparado para renunciar a ellas. Estaba aprendiendo que la preocupación de una mujer atractiva conllevaba una poderosa fascinación.
Ella le tocó el hombro susurrando que volvería a encontrarse bien. Su voz le hechizó. Adrian no podía recordar cuándo, o si alguna vez, había conocido una atracción tan pura y hermosa. Sin duda era la más deseable, la mejor mujer que había conocido. Y provenía de una familia que respetaba desde hacía mucho tiempo.
¿Y que había hecho con ese respeto?
Sus pensamientos se desbocaron.
La droga embotó sus sentidos. Se deslizó en una evasiva oscuridad, en un sueño.
– No tengas miedo -susurró Emma.
– ¿De qué? -su voz era ronca. Debía estar anocheciendo. ¿Estaba durmiendo?
– De la oscuridad. Estoy aquí para cuidarte. Sé lo que necesitas.
Lo que necesitaba.
Se las arregló para sentarse en la cama y se quedó mirando la oscuridad, su garganta cerrándose. No estaba seguro de cuánto tiempo había estado a su lado. Pero parecía estar quitándose la ropa, dejándola caer a la alfombra. Sus hermosos pechos brillaban como grandes perlas en la oscuridad. Sus esbeltas extremidades danzaban atractivamente fuera de su alcance. Delicada, y sin embargo voluptuosa. El cuerpo maduro de una mujer. La ingle le quemaba.
– Preciosa -susurró-. No dejes que nadie más… te vea.
Su mirada viajó por su cuerpo perfecto. Sus pezones marrón-rosados, su redondeado vientre, la pelusa rizada con visos dorados sobre su sexo. Le rogó a Dios poder salir de esa fatiga. La boca se le hizo agua mirándola. -Gírate -le ordenó ronco, su pene levantándose contra la ropa de cama.
Ella lo hizo, su cabello rojo-dorado burlándose de las tentadoras mejillas blancas de su trasero. Él la agarró de la cintura, con una mano entre sus muslos sedosos. Ella estaba caliente, fragante, y húmeda, cabalgando su muñeca como una pequeña ninfa traviesa. Él le mordisqueo la nuca. Ella corcoveó, sacando los pechos con un grito suave. Él le apretó un pezón hasta que se volvió rojo cereza, y apretado.
Su miembro se levantó, duro y palpitante. Retiró las cobijas de la cama y la bajó a su regazo.
– No quiero que te esfuerces -susurró ella sentándose delicadamente en sus duros muslos-. Aún no estás bien.
– ¿Y tú vas a hacerme sentir bien? -preguntó sin sentirse débil, sino poderoso, desesperado por alojar su dolorido órgano en su pequeña abertura, que le hacía un mohín, y que no podía enfocar. Empujó hacia arriba.
Ella sonrió y colocó sus pechos en las manos de Adrian. Sus pezones rosados y duros sobresalían entre sus dedos. -Tienes que quedarte en cama mientras te cuido. Yo sé lo que necesitas.
– Lo que necesito -susurró.
Él gimió y le puso las manos en las caderas, ella se inclinó hacia adelante con un grito apagado de placer, mientras su pene tanteó entre los húmedos rizos dorados. La penetración lo eludía y se retorció de frustración. -Creo que esto ayudaría -dijo levantándose hacia ella.
Ella se levantó levemente de su regazo para acomodar su rígido órgano. -¿Así?
Gimió con deleite agónico. -Sí, siéntate sobre mí, Emma. Mi pene está a punto de reventar.
Deslizó las manos bajo su enorme erección. Iba a explotar pronto, dentro o fuera de su cuerpo tentador, entre sus dedos, o sobre su vientre. -¿Entrará? -preguntó con un susurro burlón.
Él arqueó la espalda, la punta de su pene enterrada en los labios empapados de su sexo. -Lo haremos entrar, dulce corazón. Te ensancharemos lentamente hasta que me puedas recibir totalmente. No puedo… No puedo.
Con voz muy lejana, ella murmuró. -Adrian… ¿Estás bien?
¿Estaba bien? Iba a estarlo tan pronto como pudiese aliviarse.
Él subió, ensartándola como respuesta. Se sentía tan bien. Ella dio un suave grito de entrega. Sintió las manos de Emma en la cara, en el cuello. Su cuerpo se movía espasmódicamente.
Ella le eludía. Le dolían los testículos. Su cuerpo se tensó, cada músculo dolorido porque el alivio le esquivaba. Súbitamente sintió que ella se alejaba. Se estremeció de desesperación
– Por favor -susurró.
Su voz dulce filtró a través de la bruma. -No debes agitarte así.
– Seré bueno. -Su cuerpo tembló. Podía oler la dulzura de su cabello, de su piel. Sus pechos le rozaron la cara-. Por favor Emma, no me dejes, te necesito.
Abrió los ojos y supo que había sido un sueño. En su mente oyó la predicción condenatoria de su padre. -Arruinarás vidas, Adrian. Ya has arruinado la mía.
– Mentiroso -dijo-. Eres un mentiroso.