– La señorita Charlotte me mandó que viniera con usted. He interrumpido la historia.
– Indudablemente, querida. Contén tu lengua por favor.
– Y cómo bebo voy a beber mi té, si…
– Silencio por favor.
Harriet suspiró.
Lady Dalrymple examinó la cara crispada de Harriet con una sonrisa alentadora. -Otro diamante del cubo del carbón, parece.
Los ojos de Emma brillaron. -En la academia hacemos excepciones con la juventud y los enfermos.
– ¿Enfermo como Lord Wolf? -preguntó Harriet, maliciosa.
Lady Dalrymple cambió su atención, era una mujer con un entusiasta instinto para las travesuras. -¿Lord Qué?
– Ahora no -dijo Emma rápidamente. No es tema para oídos jóvenes.
– Mis oídos tienen bastantes años -dijo Lady Dalrymple-. ¿Tienes secretos para mí, Julia? -exigió a su sobrina. ¿Qué quiere decir hablar de un lobo en Londres? Creo que esas pobres bestias murieron hace casi dos siglos.
Emma exhaló lentamente. -La señorita Gardner se estaba refiriendo incorrectamente a Lord Wolverton, y no a un genuino lobo.
Lady Dalrymple podía estar en la vejez; podía estar tan arrugada y gruesa como un hada madrina. Sin embargo su mente era de todo menos anciana. Sus dedos aletearon coquetamente en sus guantes amarillos-mantequilla. -¿Dijiste Lord Wolverton?
Emma dejó a un lado su taza de té. El elixir del escándalo flotaba en el aire y Hermia claramente había captado su estimulante olorcillo. -Sí. Desafortunadamente, lo he dicho.
– ¿Adrian? -Lady Dalrymple presionó sus nudillos enguantados en la barbilla-. ¿Adrian Ruxley?
– Creo que ese es su nombre de pila -dijo Emma suavemente.
– Ese es, el gran hombre -remachó Harriet, aprovechando la momentánea falta de atención de Emma, para meterse en la boca de una vez una tartaleta de grosellas.
– Te he visto -dijo Emma por lo bajo, y me siento horrorizada.
– Bueno, excúseme -dijo Harriet, con restos en el mentón-. Nadie me dijo que se suponía que solo teníamos que mirarlas. ¿O están para aquí para pasar el rato?
– Puedes irte, ahora Harriet -dijo Emma sin levantar la voz-. Tu lección ha terminado.
– ¿Tengo que dormir otra siesta?
– ¿Por qué no ayudas en la cocina? -sugirió Julia con delicadeza-. Aprender cómo llevar una casa es una destreza útil para cualquier dama elegante.
Harriet se quedo paralizada. -Preferiría robar un…
Emma abrió los ojos peligrosamente. -Estás excusada, Harriet.
Después de un momento de aparente indecisión, Harriet hizo caso al combativo fuego de la voz de Emma y se escapó rápidamente. Sin embargo la tía Hermia no había estado lo suficientemente entretenida como para olvidar el escandaloso tema de conversación.
– ¿Qué está haciendo Adrian en esta casa? -preguntó con un susurro conspirador.
Emma se levantó. -Se está recuperando de un desafortunado contratiempo. Me sorprende que no lo hayas escuchado.
– Bueno, acabo de llegar de Tunbridge… ¿Qué tipo de contratiempo? -preguntó vivaz.
– Estoy segura que Julia estará feliz de responder a tus preguntas, tía Hermia -murmuró Emma. He dejado a las demás estudiantes demasiado tiempo solas.
El silencio envolvió la habitación cuando Emma se marchó. Julia bebió té y mordisqueó su tartaleta rápidamente. Lady Dalrymple se sentó y la miró fijamente, hasta que se revolvió molesta.
– No me voy de esta casa, hasta no saber la verdad, Julia.
– Oh, ¿En serio? ¿De todas maneras, de qué conoces a Adrian?
– Una de mis amigas me hizo ver que él sería una buena adición a nuestra colección de deidades. Conocí a su padre y a su tía hace tiempo.
– No vas a pintar a un hombre herido al natural -le dijo Julia acaloradamente-. No lo permitiré.
– Es un tema artístico, querida mía -dijo Hermia con una brusca encogida de hombros-. ¿Tiene el hombre un gran físico?
– ¿Arte? -dijo Julia con una risa escéptica-. No engañas a nadie. A ti y a tus amigas os gusta dibujar cuadros picantes de caballeros jóvenes y guapos. Ninguna tenéis excusa. ¿No os da vergüenza, a vuestra edad?
– ¿Necesito recordarte, Julia, que cierta mujer soltó como una bomba sobre la población un boceto del apéndice primario de su amante? La malvada Lady Whitby. ¿No era esa tu firma?
Julia estaba más que avergonzada con esa metedura de pata en particular. Lo más probable era que la caricatura del cetro real de su esposo sería inmortalizada en su lápida. -No sé si Adrian tiene un gran físico o no -dijo airadamente-. Ha estado en cama con una herida en la cabeza, y no se me ocurrió examinarlo.
Lady Dalrymple vació su taza. -Debo presentarle mis respetos al héroe.
Julia abrió sus ojos grises, espantada. -No vas a molestarle. Es indecente de tu parte, tía Hermia. Es…
– Nada de tu incumbencia, querida. Soy lo suficientemente mayor, como para ser su abuela. Solo le ofreceré el gentil consuelo que solo una dama de edad puede dar.
Julia saltó. -No te atrevas a pedirle que pose para tu grupo de pintura. Es el hijo de un duque. Además, sufrió un golpe en la cabeza y difícilmente se entera de lo que ocurre a su alrededor.
– Por Dios, querida. Me haces sentir como si fuese dañar a un hombre valeroso. Te acabo de decir que conocí a su familia. Su padre, el viejo Scarfield, sintió una gran pasión por mí hace muchos años. Es solo por cortesía el visitar a su hijo.
– ¿Sola, tía Hermia?
Lady Dalrymple se interrumpió. -A menos que quieras acompañarme.
Julia se ruborizó. -Me gustaría impedírtelo. Pero como no puedo, solo te pido que no le des una perorata a mi invitado, acerca de posar para tu vergonzoso club.
CAPÍTULO 10
Adrian cortó el aire con la espada, las rodillas dobladas en una postura clásica de esgrima. Había llegado a la lamentable conclusión de que su artimaña no iba a funcionar. Llevaba en cama… ¿Cuánto tiempo? Ni dos días completos… y estaba listo para tirarse por la ventana y encaramarse al tejado por la falta de actividad.
Incluso de niño no había sido capaz de permanecer quieto más de tres minutos. Sus niñeras lo perseguían durante horas a lo largo de la vasta propiedad de su padre. Como soldado, tenía la firme convicción de que el estado físico de un hombre comenzaba a deteriorarse el día en que dejaba de exigirle sacrificios a su cuerpo. Incluso cuando el ducado pasara a él, no tenía la más mínima intención de sentarse con el trasero gordo, en una silla de montar repleta de joyas, paseando por sus tierras, mientras otros se rompían la espalda trabajando.
Quería pelear, moverse, y… y hacer el amor de forma salvaje con Emma Boscastle. Pero como esa atractiva opción estaba momentáneamente fuera de su alcance, no iba a quedarse en cama, como una mimada emperatriz, esperando su plato diario de ciruelas cocidas para remover sus intestinos.
Respuesta.
Retirada.
Pateó una banqueta, saltó al sofá, y atacó a un asaltante inexistente cerca de la puerta.
Desafortunadamente, en ese instante se abrió la puerta para dejar entrar a una confiada criada, llevando toallas limpias y una jarra de agua fresca. Le echó una sola mirada a Adrian, plantado en el sofá, con la espada apuntando en su dirección, dio un grito agudo, y apenas logró dejar la cosas en el suelo antes de volverse para escapar.
Adrian bajó la espada. -Lo siento. ¿La asusté?
La criada con cara de muchachito, negó con la cabeza, pareciendo súbitamente más curiosa que alarmada. Adrian se bajó del sofá y frunció el entrecejo. – ¿Te he visto antes? ¿No se supone que debes llamar antes de entrar en la habitación de un caballero?
– Qué sé yo -dijo encogiéndose de hombros con impertinencia.
Él entrecerró los ojos.
– ¿Quién eres?