– Soy lo que ella me diga que sea.
– ¿Lady Lyons?
– Sí. -Se agachó a recoger las toallas-. Pensé que estaba enfermo.
– Lo estaba… lo estoy. Había una telaraña en el techo. Estaba tratando de alcanzarla con la espada. No soporto las arañas.
Ella miró hacia arriba astuta. -No veo ninguna telaraña.
– No podría. La rebané y la mandé al otro mundo.
Con mirada cómplice, ella lo miro de arriba abajo.
– Y tampoco parece que le ocurra nada malo a usted.
Él se sentó a los pies de la cama.
– Y tú tampoco pareces una criada.
Ella se enderezó, una mirada de alegría ilumino su rostro de duende.
– Yo sé que es usted.
– ¿De verdad? -le preguntó sin interés, balanceando la espada entre las rodilla.
– Es un embu’tero.
– ¿Un qué?
– Un falso.
Él apretó el puño de su espada.
– ¿Perdón?
– No le ocurre nada a su cabeza.
– Tiene que ocurrirle algo -replicó él-. O no estaría hablando contigo.
Ella levantó la voz.
– ¿Entonces, no es hijo de un duque?
– Eso es… eso no es asunto tuyo.
– ¿Por qué esta fingiendo? ¿Va a robar en la casa?
Él levantó la vista irritado.
– Muchacha descarada.
– ¿Entonces por qué?… -empezó a reírse-. Si no es por dinero, entonces tiene que ser… Solo hay dos cosas que un hombre persigue.
– ¿Qué edad tienes? -exigió él.
– Diecisiete. Creo.
– Bueno, hablas como si te hubieses criado en un burdel.
– ¿Cómo lo supo? -preguntó, genuinamente sorprendida.
– Vete -le dijo con un suspiro.
– ¿Cuánto?
– ¿Cuánto qué? -preguntó levemente molesto.
Ella apoyó su hombro huesudo en la puerta.
– ¿Cuánto me va a pagar para no delatarle?
– ¿Qué? -dijo él con suave incredulidad.
– ¿Cuánto me va a pagar para no decirle a la señora Aguafiestas que le está tomando el pelo?
Él se levanto de repente, con la espada en la mano izquierda. En toda su vida jamás había dañado a una mujer. Pero, por otra parte, nunca había sido chantajeado por una. -¿Sabes cómo he pasado los últimos diez años de mi vida?
– ¿Criando margaritas?
Se acerco a ella hasta presionarla contra la puerta.
– Muerte. Desmembramiento. He sido acusado, con o sin razón, de una decapitación o dos.
– Entiendo. -Tragó, asintiendo con la cabeza-. Entonces es por eso, por lo que le gusta.
Adrian sabía que no debía preguntar. Sabía que una golfilla sin hogar no era la fuente más fiable de información. Pero, por otra parte, la muchacha no parecía tonta.
– ¿Y cómo lo sabes?
– Porque va por mal camino. La señora se enorgullece de ayudar a la gente. Trabaja para que todos sean correctos y atractivos. Sin duda es guapo, pero no es correcto. Tiene el diablo en los ojos.
Él sonrió fríamente. -En ese caso, sería mejor que no te cruzaras en mi camino.
– Ni en sueños -le ofreció la mano-. El nombre es Harriet, y voy a ser una dama. ¿Un apretón de manos?
– No. Solo trae toallas limpias. Ha pisado las que trajo, y soy un poco particular con mis hábitos de limpieza.
Le hizo una reverencia inestable. -Haré que las borden con maldito hilo dorado y que las planchen, si usted quiere.
Sonrió. No era malo tener un aliado.
– ¿Entonces, nos entendemos?
Ella tuvo el descaro de sonreírle de nuevo.
– Siempre digo que los tramposos y los estafadores tenemos que permanecer unidos.
Una hora más tarde, Adrian había acabado con su paciencia, y era incapaz de quedarse quieto. Escapó de su habitación, y bajó las escaleras que llevaban jardín.
Esperaba poder encontrar a Emma sola. Sus sermones bien intencionados le levantaban el ánimo. Le gustaba la idea de pasear con ella por el jardín, haciéndola rabiar un poco. Seguramente iba a reprenderle por estar fuera de la cama. Tal vez tomaría su mano y se ofrecería para sentarse con él unos minutos.
Pasó junto a un cobertizo y de pronto se encontró rodeado por una horda de debutantes dibujando. Se quedo paralizado. Por la expresión de sus jóvenes rostros, supo que había hecho algo muy malo al interrumpir la clase. O eso, o estaban advertidas de que era un hombre al que debían evitar.
Emma lo estrangularía si la avergonzaba frente a sus pupilas. Sin embargo ya era muy tarde para escapar sin ser visto. Una de las muchachas lo había visto por encima de su cuaderno de dibujo y dio un alegre grito al reconocerle.
– ¡Caray! Miren quién ha resucitado de entre los muertos. Es el mismísimo duque.
Esa voz. Se encogió. Ese joven rostro insolente. La golfilla otra vez. Asintió con la cabeza, amablemente, mientras Emma levantaba la vista desde su banco, para mirarlo fijamente en… bueno, su rostro no dejaba ver nada. No estaba arrojando precisamente pétalos de rosa como bienvenida a sus pies. Simplemente se quedó sentada con actitud cautelosa, como si fuera una figura en un cuadro. Tal vez temiera que la traicionara.
– Disculpe -dijo, haciendo una cortés reverencia-. No tenía intención de interrumpir.
De interrumpir.
Emma dejó escapar un suspiro compungido. Una interrupción era un gato persiguiendo a una ardilla hasta un árbol, o una criada discutiendo con el mayordomo. La presencia de Adrian ante una docena o más de protegidas debutantes, era más parecido a los cielos abriéndose para depositar a un semi-dios en medio de las jóvenes.
Gritos ahogados. Chillidos. Levantó una mano, para aplacar esta pequeña rebelión. -Contrólense, por favor. Una joven dama no debe parlotear en presencia de un caballero.
Pero qué caballero.
Hasta ella estaba confusa por su aparición. Caminaba por la hierba con la gracia natural de sus largas piernas; su belleza sin artificio realzada por su camisa blanca de lino irlandés, pantalones ajustados color beige, y botas gastadas. Que su corto cabello color trigo oscuro pareciera algo despeinado, solo realzaba su diabólico atractivo. Hermoso pagano. Su amante secreto. Oh, cómo hacía que le doliese lo prohibido.
Por más que lo intentara, no podría disuadir a las muchachas para que dejaran de mirarlo. Desgraciadamente, a ella misma le costaba mucho ignorarle. Tampoco ayudaba que él la estuviese mirando directamente. De hecho, sonriendo con genuino deleite. Ella negó con la cabeza, el nerviosismo confundía su ingenio. ¿Qué diablos pensaba que estaba haciendo?
Si no lo conociera, pensaría que estaba enamorado de ella. ¿Pero no jugaban siempre las comadrejas con convicción? La mitad de su placer no provenía de la conquista, sino de la persecución.
Después de todo, el había admitido que no estaba dispuesto a cerrar la brecha con su padre con premura. ¿Podría un hombre que había vivido como él, contentarse con la vida tranquila y refinada que Emma anhelaba? Decidió que podría.
Entonces podría estar contenta con él.
– No quise interrumpir -dijo-. Me moría por un poco de ejercicio. -Agitó los brazos exageradamente-. Aire fresco, ya sabe. No hay nada como eso.
Se las arreglo para asentir. -Sí. Sin embargo, estábamos en medio de una lección sobre… -la llegada de Adrian parecía haber borrado todo pensamiento de su cabeza-. La etiqueta correcta cuando se recibe invitación de una corte extranjera.
– Un tema muy cercano a mi corazón -dijo con gravedad.
Emma lo miró fijamente durante unos instantes. ¿Estaba tratando de impresionarla? ¿Podía ser tan dulce como parecía? -Cierto. En todo caso, como estaba a punto de explicar a mis alumnas, la esposa de un embajador en el extranjero, comparte el rango de su esposo. Por lo tanto debería ser anunciada después de su entrada a cualquier gala…
– ¿Y si él llega tarde? -preguntó la señorita Butterfield preocupada-. Mi padre nunca llega a tiempo a ninguna parte.
– Tendrá que esperarle -respondió Emma-. Ahora, sentaos ordenadamente.