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– Lord Wolverton fue diplomático en el extranjero, ¿no? -preguntó una de las muchachas entusiasmada-. Tal vez podría informarnos sobre la sociedad diplomática, Lady Lyons.

Las cejas de Emma se arquearon ante tal sugerencia. Encontró la mirada socarrona de Adrian por un momento. Dudaba que la sociedad diplomática con su rango elitista, contara con un mercenario inglés de mala reputación. -Me parece que Lord Wolverton tiene más experiencia en…

Él se encogió de hombros con modestia.

– No me importa compartir mis conocimientos. Una vez tuve que darles la noticia a las ocupantes de un harén de que su dueño había sido asesinado en una revuelta. Por supuesto, esa no es una situación que ustedes, jóvenes damas, puedan encontrarse alguna vez, seguramente.

– Se estremece uno al pensarlo -murmuró Emma.

– Era un rajá -agregó Adrian con ojos brillantes.

– ¿Tenía tigres? -preguntó Harriet.

– Sí. Y se escaparon después de su muerte.

– No veo eso cómo ejemplo de diplomacia extranjera -dijo Emma, aterrada por lo que revelaría a continuación.

– Bueno, iba a llegar a eso -respondió Adrian-. Teníamos que poner en el trono al pariente más cercano del rajá, antes que se desatara una sangrienta rebelión en nuestras manos. Si ustedes piensan que fue fácil conseguirlo en un palacio invadido por tigres hambrientos y mujeres sollozando, no saben lo que es la diplomacia realmente.

Emma miró alrededor consternada; Adrian mantenía cautivada a toda su audiencia, como nunca las había visto. Las alumnas estaban pendientes de cada escandalosa palabra. Como ella. En realidad, habría disfrutado escuchando historias coloridas de su pasado, pero en privado. Un aventurero. ¿Qué veía en la correcta Emma Boscastle? ¿Se convertiría ella en una de sus pequeñas historias perversas?

De repente se levantó. -Muchas gracias por una perspectiva tan clara, Lord Wolverton. Como es un desafío social que es de esperar que mis estudiantes nunca tengan que enfrentar, como usted mismo señaló, sugiero que volvamos a nuestra más corriente instrucción. ¿Puede decirme alguien cuál es la forma correcta de dirigirse a la esposa de un embajador francés?

Harriet levantó una mano. -¿Le puedo hacer una pregunta al futuro duque?

– No -dijo Emma rápida-. No puedes.

– Lo que quiero preguntar -continuó Harriet-, es qué tiene que hacer una señorita para casarse con un duque.

Las demás pupilas exhalaron un grito ahogado de placer mal disimulado, ante la directa pregunta.

Emma se sentó en el banco, resistiendo las ganas de elevar la voz.

– Creo -dijo Adrian con cuidado-, que esa pregunta sería contestada mejor por vuestra directora.

Todas miraron con interés a Emma, que encontró, para su vergüenza, que estaba esperando la respuesta de Adrian a esa inadecuada pregunta, tan ansiosamente como sus pupilas. Su respuesta, no sería el consejo habitual. Él era de todo, menos el típico aristócrata.

Tosió discretamente, con una sonrisa asomando a sus labios.

– ¿Lady Lyons?

– Se acabaron las clases hasta la tarde -anunció con voz seca.

Emma y Charlotte habían decidido escribir un manual de etiqueta hacía varios meses, para aquellas damas que se esforzaban en ser refinadas, pero no podían permitirse el lujo de instrucción privada. Ambas escribían para entretenerse. Pero una guía era un gran proyecto que posiblemente iba a requerir años de esfuerzo y profunda y práctica reflexión. Una o dos veces a la semana, al terminar el día, Emma garabateaba algunas notas, acerca de algún tema crucial, para ser incluido en el libro.

Algunas veces Charlotte y ella se entregaban a momentos de pura estupidez, e insertaban un capítulo mordaz solo para entretenerse. El Delicado Arte de Deshacerse de un Barón con Eructos. Como vaciar un vaso de vino malo en un macetero de helechos durante una fiesta.

¿Dónde situar en esta guía un capítulo titulado “La desgracia de una dama… cómo pretender dignidad después de una caída”? Dejó la pluma con un suspiro, consternada al notar que la punta goteaba tinta en el papel. Y también en el escritorio de su hermano.

Nunca en toda su vida había derramado tinta.

Este era el estado de descuido al que su único pecado la había conducido. ¿Dónde estaba la arena? Observó cómo la mancha se derramaba hasta que una aterciopelada voz oscura habló sobre su hombro.

– ¿Puedo ayudarla en algo?

Se removió de la silla, y mientras, sobre su hombro, Adrian secaba la mancha con un pañuelo limpio que había sacado del bolsillo de su chaleco.

– Lo ha arruinado también, ¿sabe? -dijo ella avergonzada-. Vaya par somos.

Dobló el pañuelo sobre la mancha de tinta.

– ¿Qué es una mancha más, en una vida tan oscura como la mía? -le preguntó con una voz neutra que imposibilitaba saber si hablaba en serio o no.

Se puso de pie, con el corazón acelerado, mientras sus ojos se encontraban con su mirada pensativa. -No deberías pasear sin compañía -dijo suavemente-. Quería habértelo mencionado en el jardín.

Su mirada sostuvo la suya, hasta que él la apartó. -Quería decirte que me encuentro mucho mejor. Y que voy a marcharme. Me he aprovechado de ti y de tu hermano demasiado.

Ella cruzó los brazos bajo el pecho. Qué hombre más exasperante. Por una parte la hacía sentir culpable y avergonzada por lo que habían hecho. Por otra, sufría por empujarlo a irse antes de estar curado. -¿Por qué los hombres no pueden admitir ninguna debilidad? Voy a tener que enviarte de vuelta a la cama. Con un lacayo.

Él apoyó la cadera en el borde del escritorio.

– No te molestes.

– No es ninguna molestia -dijo volviéndose al cordón de la campanilla… y encontrándose súbitamente atrapada entre un viril hombre alto y el escritorio-. ¿Qué estás haciendo? -su voz se redujo a un susurro-. ¿Qué quieres de mí?

– Estaba buscando a Heath -dijo en voz muy baja, su cuerpo a un suspiro del suyo.

Se acercó un poco más. Ella tembló en respuesta.

Levantó la cara.

– ¿En serio?

– No. -Él bajó la mirada-. No. Tenía la esperanza de verte antes de marcharme.

Su confesión, el recuerdo del breve pero fantástico placer que habían compartido, era evidente entre ellos, tanto una burla como una tentación para Adrian. La deseaba tanto, que no podía imaginar que ella a su vez no lo deseara.

Antes de que pudiera detenerlo, o que él pudiese detenerse, inclino la cabeza y la besó. Sus labios se abrieron, tal vez por la sorpresa. Condujo su lengua profundamente dentro de su boca. Su cuerpo se estremeció. Incluso entonces él mantuvo las manos a los costados, porque si la tocaba, desearía más y más, y tomaría hasta colmarse. La deseaba, y si ella fuese otra mujer, hubiera encontrado cien maneras de tenerla. Pero por ahora, y porque era Emma Boscastle, tenía que fingir respetar ciertas normas de conducta, que en primer lugar nunca se había tomado la molestia de aprender correctamente.

– No -susurró, pero sus labios se abrieron, calientes y exuberantes, y bajo su negativa, sintió el deseo y recordó sus dedos deslizándose en su piel sedosa. Gimiendo, intensificó el beso.

– Por favor, ¿qué? -susurró.

– No lo sé. Alguien podría… ver

– Cerré la puerta con llave al entrar.

Sus hombros temblaron delicadamente indicando que lo anhelaba tanto como él.

– El problema -continuo él en voz baja-, es que estás en cada uno de mis pensamientos. Me atormenta el recuerdo de cómo te sentí en el momento de romper tus defensas.

La respiración de ella se aceleró.

– No lo digas.

– Te alejaste -continuó él, con voz baja e implacable. Sus dedos bajaron por la garganta de ella-. Podía haber habido más. Tal vez necesites tiempo. Fue culpa mía, fui un tonto al haber precipitado algo que necesita tiempo.

– Ya no importa -dijo con voz entrecortada-. Lo olvidaremos.

– Esperaré -susurró-. Creo que puedo necesitarte, aunque nunca antes he necesitado a nadie, no así. ¿Y tú? No es un sentimiento especialmente consolador. No estoy acostumbrado a ser tan terriblemente emotivo.