Выбрать главу

Ella tomó aire. -No voy a contestar.

– Creo que acabas de hacerlo -dijo él sonriéndole-. ¿Serás honesta conmigo?

Exhaló lentamente. -Voy a intentarlo.

– ¿Qué puede hacer un hombre como yo para ganarse tu afecto?

La estaba haciendo rabiar, pensó Emma, y un rubor le quemó la cara. Su broma era engañosa, tenía que haber sido ensayada y perfeccionada en una docena de mujeres antes de ella. -He llegado a la edad, señor mío, en que la discreción anula el deseo. Cuando la virtud tiene que subyugar a Venus.

Él la miró intensamente a los ojos, y entonces, para su indignación, rompió a reír a carcajadas. -Esas son tonterías. Tú ni siquiera has probado lo que es la vida. No me engañes ni lo hagas contigo misma.

– ¿Cómo sabe lo que he probado? -le preguntó ella irritada.

Él sonrió disculpándose. -Perdona, no quise insultar tu vasta experiencia. Sin embargo dudo que hayas visto tanto de la vida como yo.

– ¿Es… es verdad todo lo que se dice sobre ti? -le preguntó ella, vacilante.

Él se encogió de hombros.

– ¿Por ejemplo?

– Oh, no sé. Como lo de luchar con piratas chinos…

– De hecho eran piratas franceses. Filibusteros. La Compañía de las Indias Orientales me empleó para que acabase con su agresión, en lo que reclamábamos como territorio británico.

Ella lo miró aliviada.

– Así, todo suena más noble.

Él se detuvo. Sí. Pero no había sido nada noble. Había sido feroz, sangriento e infernal.

– ¿Qué era exactamente lo que hacías en la Compañía?

Casi contestó que cualquier maldita cosa por la que le pagasen, pero se recordó que un hombre debía vigilar sus palabras cerca de una dama como Emma. Al otro lado del mundo no había importado como se hablaba a los soldados.

– Soy cualquier cosa menos noble, Emma -dijo con compungida honestidad-. Pero tampoco soy un mentiroso.

– ¿Entonces qué eres? -susurró ella.

Él movió la cabeza, y dijo con voz ronca.

– Un hombre que encuentra tu compañía irresistible. No conozco palabras que expliquen lo que nunca había sentido. Por favor, dime que no estoy solo en esta locura.

Ella bajó la vista.

Sus nudillos rozaron su clavícula. Sus pechos se hincharon, a la espera de que él los acariciara. Cómo podía aparentar no conmoverse cuando su cercanía la atormentaba. Sus sentidos la empujaban a someterse. La avergonzaba darse cuenta de cómo este hombre la había hecho consciente de sus anhelos femeninos. El rubor comenzó a descender lentamente de su cara a sus pechos, y más abajo aun. Él le inspiraba deseo sexual hasta los mismos huesos.

– Adrian -susurró cerrando los ojos.

– Tiemblas cuando te toco.

También se estremeció cuando entró en la habitación.

– Olvidé el chal en el jardín.

– No puedo olvidar lo que hicimos, Emma.

– Ni siquiera lo has intentado -le dijo con un gemido de sufrimiento-. Adrian, honestamente, no eres justo.

– ¿Si fuese justo te conquistaría?

Sonriendo inclinó la cabeza, y la besó otra vez. Su lengua haciendo círculos lentamente con la suya, atormentándola, hasta que arqueó el cuello, rindiéndose. La atracción sensual ardía en el aire que respiraban. -Me gusta pensar en ti -susurró él-. En esos pequeños gemidos mientras jugaba con tu sexo. Qué húmeda estabas.

– Adrian -Sus piernas se doblaron. Las paredes internas de su cuerpo se suavizaron. Una punzante corriente sanguínea hormigueó en sus venas. -Me lo prometiste.

– Lo que prometí -dijo con voz espesa-, es que no diría nada. Nunca dije que no te desearía, o que no trataría de persuadirte de ir a mi cama.

Ella negó con la cabeza. Sin embargo, seguro que sabía cuánto lo deseaba. No podía esconder las señales. Se le escapó un gemido ahogado, cuando su erección le rozo suavemente el vientre. Su pulso latiendo salvajemente, como una traición en su pálida garganta.

– Emma -gimió en su delicada boca-. ¿Por qué no? Soy un hombre bien nacido que perdió el rumbo.

¿Por qué no? Sus caderas se movían con inquieta sensualidad, suplicantes. Ella tembló suavemente, aumentando aun más la excitación de su cuerpo. Necesitaba tocarla. Sentir su carne. Apretó las manos, jurando dominar su deseo por ella, y demostrar su valía.

Pero con la imaginación la estaba desnudando y poseyendo, en cada acto sexual existente bajo el sol. La sangre retumbaba en sus sienes, en sus ingles. Hizo rechinar los dientes, maldiciendo los instintos masculinos que le recordaban sus dulces tesoros bajo la falda, y su suave perfume. Como vainilla y calor de mujer. Consuelo y sexo en la misma mujer.

¿Cómo la iba a convencer de que no estaba más allá de la redención, cuando su pasado, su conducta hacia ella, demostraban lo contrario?

Él la miró. Su boca estaba húmeda, hinchada, tan deliciosa, que moriría por probarla otra vez. De alguna manera logró asir los restos de su cordura, y recordar dónde estaban.

– Para ser sincera -susurró, sus ojos azules sosteniendo con firmeza los suyos-, decidí que es tu herida lo que hace que te comportes inadecuadamente.

Él resopló divertido. Ahora se sentía el doble de diabólico. ¿Es que no entendía el granuja desesperado que era, y que por primera vez, que pudiera recordar, le importaba lo que alguien pensaba?

– Emma, escúchame -dijo con tono controlado-. No le ocurre nada malo a mi cabeza. Estoy perfectamente.

– ¿Qué estás diciendo? -preguntó impaciente.

– Solo buscaba tu atención -dijo con sonrisa de cordero-. Admito que me aproveché.

– ¿Y esperas que crea que te golpeaste en la cabeza para atraerme?

– No exactamente, la silla no era parte de mi plan -suspiró compungido-. Sin embargo, esperaba quedarme en cama el tiempo que tú quisieras cuidarme. Podría haberme marchado en cualquier momento. Pero decidí aprovecharme de tu bondad. Y ahora te lo estoy confesando, pidiendo tu comprensión. Te engañé, pero solo porque disfrutaba con tus cuidados.

– Ya veo -murmuró. Y él creyó que así era-. Bueno, el doctor dijo que debías quedarte en cama bajo observación varios días.

– No necesito quedarme en cama -protestó con ojos resplandecientes-. Lo que necesito es… tú. Tu atención personal.

– Ah -su boca tentadora se cerró-, creo que hay bastantes mujeres en Londres que estarían más que encantadas de responder a tus necesidades.

– No me estoy refiriendo a mis necesidades carnales -dijo rápidamente-. No me he relacionado en sociedad desde hace más de una década, y he olvidado cómo comportarme. Lo que necesito es… -buscó inspiración para ganarse su simpatía-,…instrucción para comportarme adecuadamente. Necesito que alguien suavice mis asperezas.

– Sobre eso no puedo argumentar.

– No puedo reunirme con ese viejo despreciable del duque, a menos que mantenga una conducta apropiada -inventó-. Es muy crítico con las apariencias.

– Deberías ser más cuidadoso con tu lenguaje -exclamó Emma.

El sonrió de forma inesperada. -Eso es exactamente de lo que estoy hablando. Ni siquiera me había dado cuenta de cómo le había llamado. Simplemente se me escapó. ¿Cómo puedo presentarme ante él con una conducta tan poco refinada?

Ella tamborileó con los dedos sobre el escritorio, con mirada francamente escéptica. Estaría impresionada, si no hubiese crecido con cinco hermanos. Y… movió la cabeza al darse cuenta de repente.

– ¿Quieres decir que has estado en Inglaterra casi un año y ni siquiera has visitado a tu padre?

– Mes más o menos.

Ella lo miró consternada.

– ¿A tu padre moribundo? ¿Una persona mayor dispuesto a dejar atrás los conflictos del pasado y ofrecer una rama de olivo…? ¿Por qué estás mirando al techo, milord? -preguntó irritada-. Es muy exasperante.