– Solo estaba preguntándome cuándo iba a empezar a cantar el coro celestial. -Se encogió de hombros ante su ceño fruncido-. Y a propósito, yo soy el que debería otorgarle el perdón, no él. Me hizo la vida imposible, Emma. Hizo que me marchara, con sus sospechas infundadas. He vivido creyendo que no era su hijo casi la mitad de mi vida. -Miró hacia ella con cínica diversión -. Tampoco es tan viejo como crees, y no se está muriendo.
– ¿Se ha recuperado? -preguntó sorprendida-. ¿Estás seguro?
– Si es que alguna tuvo algo, para empezar. Creo que fue un truco para traerme a casa.
– ¿Esperas que crea que tu padre simuló una enfermedad mortal para traerte de vuelta a casa?
– Sí. -Había supuesto que ella estaría de su lado. No había nada reprochable en su manera de verlo.
– Eres su hijo, Adrian -dijo encontrando su mirada-. Es tu deber y tu derecho de nacimiento honrarle.
– ¿Honrarle? -dijo con incredulidad-. A ese viejo…
– Es tu legado, es para lo que has nacido -dijo ella suavemente-. Él no puede desheredarte. Es hora de que pongas tus sentimientos a un lado.
– ¿En serio? -dijo acercándose a su delicada figura, una táctica que sabía muy bien, que generalmente distraía la atención-. Scarfield me dijo durante años que había nacido de una puta, y que no era su hijo. ¿Esperas que deje de lado años de abuso?
– Haz las paces, sólo eso, y después decides. Al menos podrías escucharle.
– ¿Por qué tendría que hacerlo? -la desafió.
– ¿Has considerado alguna vez qué pasaría en Inglaterra, si todos nuestros aristócratas de sangre simplemente decidieran abdicar?
– Lo desprecio -admitió, esperando todavía que ella aceptara que su enemistad estaba justificada.
Ella exhaló un suspiro. -No importa lo amargos que sean tus sentimientos, tienes que enfrentarte a él. Por tu propio bien sobre todo.
– No me digas lo que tengo que sentir o enfrentar -dijo levantando las cejas-. Solo ayúdame.
– No estoy segura de cómo hacerlo.
– Tampoco yo. Pero ahí lo tienes, Emma -dijo apoyando su frente en la suya-. Esto es una prueba de que necesito…
Ella se rió.
– ¿Qué?
– Una esposa. Tal vez lo que necesito es… una esposa.
Que Dios le ayudara. No sabía de dónde había salido ese pensamiento. Pero de repente era lo correcto.
– Una esposa -dijo ella sacudiendo la cabeza-. No podría estar más de acuerdo. Sí, eso necesitas. Un duque definitivamente necesita una esposa.
Ambos escucharon el suave golpe en la puerta al mismo tiempo. Adrian se movió rápidamente a un lado, mientras Emma volvía a su silla, contestando. -Sí. ¿Quién es?
– Soy Charlotte. ¿Puedo hablar contigo un momento?
Emma se mordió el labio, mirando con culpabilidad a Adrian. Él hizo un gesto a la puerta lateral detrás del escritorio, que conducía a un pasillo privado. Asintió con alivio evidente, mientras él hacía una discreta salida.
Hizo todo lo posible para comportarse como siempre, mientras abría la puerta a su prima. Al principio, Charlotte parecía demasiado agitada para notar nada raro.
Rogaba porque su prima no escuchara los pasos de Adrian en el pasillo, hacia la antesala.
– ¿Qué ocurre, Charlotte? -preguntó con preocupación.
– ¿Por qué te encerraste?… Oh, no importa. -Charlotte paseó la mirada alrededor de la biblioteca-. Es ella. Lady Clipstone está aquí y exige verte. Ahora, sin una invitación ni aviso previo. Hamm hizo lo que pudo para que se marchara, pero creí que era imperativo que lo supieras.
Ella. Su enemiga. Las llamas de la batalla se avivaron en el corazón de Emma.
Enderezó la espalda, un Boscastle estaba siempre listo para defender su terreno. Con razón Charlotte parecía nerviosa. Había solamente una mujer en Londres con la desvergüenza, y el instinto de llegar en medio del dilema de Emma, y usarlo en beneficio propio.
– ¿Dónde está? -preguntó tajante.
– En el salón formal. Le serví el té.
– ¿En la mejor porcelana china?
– Naturalmente.
Emma le dio una palmadita de aprobación y salió a enfrentarse a su rival. Tenía puestas muchas esperanzas en el futuro de la joven Charlotte, cuya percepción y reserva la habían protegido de su escandaloso linaje. Emma le demostraría con el ejemplo, cómo se defendía una verdadera dama sin rebajar su comportamiento.
Hipócrita, una pequeña voz en su interior se burlaba de ella, mientras avanzaba enérgicamente por el pasillo. ¿Qué tipo de ejemplo diste la otra noche? Y más de lo mismo, ¿qué espantosa transgresión estabas tentada a cometer, solo unos minutos antes de que Charlotte te interrumpiera?
Las posibilidades, no importa cuán interesantes, no toleraban su contemplación.
No es que estuviera en el mejor estado de ánimo para reflexionar acerca de las consecuencias de un romance secreto. Su mal humor aumentó en el momento que posó sus ojos en la mujer morena, elegantemente vestida que la esperaba en el salón. Hizo una pausa para admirar el adorable sombrero de paja con una elegante pluma de avestruz, que daba a Lady Alice Clipstone un cierto aire pícaro.
Alice Clipstone. Oh, su mera existencia era una burla para Emma.
No era necesario decir que ninguna de las dos mujeres permitía mostrar su hostilidad. En realidad parecían dos parientes que no se veían desde hacía mucho tiempo, y se encontraban en una reunión familiar. Exclamaron sobre lo bien que se veía la otra. Preguntaron por la salud de sus seres queridos… como si no hubiesen estado degollándose, figuradamente, durante meses.
– ¿Puedo ofrecerle más té? -preguntó Emma cuando la farsa inicial llegó inevitablemente a su fin.
– Cielos, no -replicó Lady Clipstone-. No debí sacarla de su clase, después de haber llegado tan groseramente, sin previo aviso. ¿O ha cancelado las clases por hoy? No podría culparla, con toda la reciente… conmoción.
Emma levantó la nariz. Ah, aquí estaba. El primer corte. La punta de un cuchillo untada en arsénico.
Se había quitado los perfumados guantes, abotonados hasta arriba. Parecía que Alice, al menos, de momento, abandonaba toda pretensión de refinamiento. Emma se sintió más calmada al sentir nerviosismo en el antagonismo de su adversaria. Alice nunca había sido capaz de aceptar con gracia que la academia de Emma atrajera a más solicitantes de las que podía recibir, y que ella, la usurpadora, tenía que hacerse cargo de las que rechazaba su rival.
– Siempre hay clase -dijo encogiéndose de hombros con indiferencia-. Se estudian las gracias sociales desde el amanecer hasta la cena. Charlotte, como usted sabe, está muy cualificada para enseñar, y he empleado a la maravillosa señorita Peppertree. En estos momentos ella y las chicas están en la biblioteca disfrutando de una clase de dibujo con Lady Dalrymple.
Los ojos de Alice se iluminaron. -¿Hermia? Usted confía esas mentes tiernas a una…
– ¿A una qué? -preguntó Emma con filo de hielo.
– Bueno, a una mujer que pinta aristócratas desnudos para consumo público -dijo Alice con una astuta pausa-. No me sorprendería que estuviese dibujando ávidamente al heredero de cierto duque mientras conversamos.
Un rubor culpable se apoderó de la cara de Emma. Ahí estaba el golpe que su rival esperaba asestarle. Adrian y el incidente en la fiesta de la boda. Seguramente se habría disipado el escándalo en uno o dos meses, si Emma hubiese puesto la mayor distancia posible entre ella y su atroz defensor.
Sin embargo, Alice no sabía nada de esa indiscreción… Emma se marcharía al exilio junto a un infame dictador, antes de permitir que se supiera la verdad. -Si Lord Wolverton desea que le pinten un retrato, entonces yo… yo…
Se interrumpió.
Un sentido premonitorio la invadió ante el repentino silencio fascinado de Alice. Con temor, se volvió para ver qué había captado la atención de la mujer.