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Un movimiento furtivo hacia la ventana. Su hermano Heath… y Adrian, con su esplendida figura de ancha espalda, su silueta a contraluz. Durante un inesperado momento, a Emma se le cerró la garganta de arrepentimiento. Estaba completamente vestido, con un chaquetón gris carbón y un sombrero de copa negro de seda. Parecía que se marchaba, por lo que podía deducirse de su sombra al pasar.

¿No era eso lo que le había dicho? Ambos sabían que era lo mejor. Un hombre con sus talentos podía cuidarse solo. Pero…

Se obligo a volver a mirar a Alice, solo para encontrar a la mujer estudiándola a ella, con sutil curiosidad. -¿Qué estaba a punto de decir, Lady Lyons? -preguntó en tono inocente.

Emma no permitiría que su rival la alterara. -En realidad, querida, estaba a punto de preguntar qué la había traído aquí tan tarde.

Sin invitación. Sin acompañante además, a menos que ese lacayo hosco que Emma había divisado entreteniéndose en el vestíbulo, pasara como acompañante.

– ¿Seguro que no teníamos prevista una cita que haya olvidado? -continuó ingenuamente-. Si no, debe excusarme. La verdad es que estamos esperando la llegada de una estudiante especial… la sobrina de lord Heydon. Supongo que ha oído hablar de ella. -Emma hizo una pausa-. Creo que sus maletas ya han llegado.

– ¿Existe alguien que no haya oído hablar de Lord Heydon? -preguntó Alice-. Le ofreció apoyo a su academia, ¿No es cierto?

Emma vaciló, recordándose que una dama debía terminar una conversación antes que derivara a un terreno peligroso. Tampoco se permitiría mirar a hurtadillas por la ventana a cierto guapo granuja. -Ha sido lo suficientemente amable como para considerarlo. En cuanto…

– Qué bondadoso -dijo Alice llevándose una mano a la mejilla-. Que cabeza de chorlito tengo. Esa es la razón de mi visita.

Emma tragó el nudo de aprensión que se estrechaba en su interior. -¿El conde la envió?

– Es una forma de decirlo -Alice recogió sus guantes y su bolso de la mesa-, su secretario me informó de que recogiera el equipaje de Lady Coralie. Al parecer ha habido un malentendido y lo entregaron aquí por error.

Emma observó cómo Adrian desaparecía por la esquina, hacia el jardín. -¿Qué tipo de malentendido? -preguntó con voz rígida, forzando su atención de regreso a Alice.

– Lady Coralie no asistirá a su academia, después de todo, querida. Parece que su tío cambió de opinión respecto a su educación. Pensé que debía venir en persona para explicárselo en su nombre, y recoger sus pertenencias.

Emma luchó contra el poco refinado impulso de arrancarle la pluma del adorable sombrero que llevaba Alice. -¿Ha cambiado de opinión? -preguntó con ligereza.

Alice suspiró con un poco convincente sentimiento. -Lo siento si supone un inconveniente para usted… ¿Confío que no estuviese contando con sus fondos?

Emma logró encogerse de hombros con indiferencia, poniéndose de pie. -Por supuesto que no. ¿Debo darle instrucciones a Hamm para que le ayude con el equipaje de Lady Coralie? Imagino que todavía no puede pagar un lacayo…

Alice expulsó fuego por la nariz. -Tengo dos, y tengo la intención de emplear a otros dos más.

– ¿Debo contratar un carruaje para ustedes dos, o piensan caminar para cruzar la ciudad?

– De hecho, tengo un vehículo nuevo -dijo Alice de pie, para poder mirar directamente a Emma. Lo compré con…

Desde el jardín, un gorjeo de risitas encantadas interrumpió el golpe de gracia de Alice. Emma no pudo decidir si le gustaba o no la interrupción. Una palabra más de su némesis, y hubiese hecho algo lo suficientemente desagradable como para aparecer en los diarios de la mañana.

La suerte quiso, sin embargo, que el desorden del jardín, un escándalo en sí mismo, absorbiese toda su atención. Adrian posaba con aplomo en los peldaños de la pequeña cabaña de verano, la chaqueta sobre su bien constituido hombro, el sombrero a sus pies. Su gran sonrisa, aunque no dirigida a Emma, pues dudaba que pudiese verla, la tomó desprevenida. Era una deidad con una docena de admiradoras a sus pies.

¿Estaba posando para uno de los infames bosquejos de Lady Dalrymple? Oh, cómo… cómo…

– ¿Ese es Lord Wolverton? -preguntó Alice sin aliento a su espalda.

Emma cerró las cortinas y se giró. -¿Cree que puede dejar su escuela sin supervisión, Lady Clipstone? -dijo secamente-. Yo por mi parte debo volver a mis funciones.

La mirada de Alice volvió a la ventana cerrada. -En realidad -murmuró-. Tiene las manos bastante llenas, por lo que se ve.

Adrian no estaba seguro de cómo había acabado posando para uno de los bocetos de Lady Dalrymple. Él simplemente esperaba fuera con Heath, discutiendo sobre sus planes. Y ahí estaba ahora, sin embargo. Se veía ridículo, con Heath observando divertido desde el banco del jardín. ¿Cuántas veces había contado chistes su amigo Dominic, sobre el indignante boceto de la masculinidad de Heath Boscastle, que había terminado en las calles y salones de todo Londres?

Bueno, Adrian no se quitaría los pantalones para que ninguna de esas damas lo dibujara en el jardín. A pesar de eso, le había sido imposible rechazar a Lady Dalrymple. Sin importar la repugnante violencia que había definido su vida profesional, tenía debilidad especial por las dulces ancianas y los pequeños niños maleducados. Su abuela los había malcriado a él y a sus hermanos, hasta dos semanas antes de su muerte. Ahora se preguntaba si Lady Dalrymple le recordaba a su querida nana. ¿Habían brillado los ojos de su abuela con tan irresistible malicia? Sospechaba que sí.

– ¿Le importaría girar el cuerpo un poco y arquear la espalda? -preguntó Lady Dalrymple con voz temblorosa, angelical, e hizo la pose clásica para mostrársela.

Él frunció el ceño y la miró a la cara. -¿Perdón?

– Como si estuviese realizando un trabajo que necesitara cada pulgada de su fuerza -explicó ella con un aleteo evasivo de muñeca-. Oh, querido, intente simular que está levantando una carga pesada.

– ¿De qué?

– No lo sé. Carbón. Ladrillos. Cualquier cosa que haga trabajar a esos músculos maravillosos.

Miró más allá, a su anfitrión Heath, que en ese momento había cubierto su ofensiva sonrisa con una mano. Para Adrian, ese insulto junto a la expresión sobresaltada de Emma, quieta en la ventana, antes de cerrar a toda prisa las cortinas, le avisaron de que en realidad, había caído en una trampa malvada.

Y él pensando que Lady Dalrymple era dulce e inofensiva, una cabeza de chorlito. -¿Exactamente qué tipo de dibujo tiene en mente? -le preguntó con una mano en la cadera izquierda.

Ella le sonrió sobre el caballete. -Hércules -murmuró-. Nos faltaba agregarlo a nuestra Colección de Deidades. No tiene ninguna objeción, ¿verdad?

– ¿Objeción? -Él le hizo eco, mientras Heath se deslizaba más lejos aun en el banco, con un paroxismo por las carcajadas reprimidas-. Bueno, no estoy totalmente seguro… ¿Qué es exactamente una Colección de Deidades, si no le importa que lo pregunte?

– Toda la recaudación es para caridad -le aseguró Hermia.

– ¿Hércules? Él no era una deidad, ¿No?

– No se mueva -murmuró-. La luz no va a durar mucho, y mis rodillas sienten que va a estallar una tormenta. Hércules se transformó en deidad después de su muerte. ¿Podría hacerme un favor?

Ella tenía ese brillo travieso en los ojos, otra vez. -Todo depende, Lady Dalrymple. ¿Qué desea?

– ¿Le importaría fingir que está luchando con un león?

Frunció la frente. -¿Luchando con un león?

La señorita Butterfield levantó el lápiz sobre su cabeza. -Digo yo, Lady Dalrymple, que se supone que él tiene que estar desnudo. Por lo menos así está en el museo.

Él la miró alarmado. Heath prácticamente se revolcaba en el suelo. -Espero que estén hablando del león, y no de mí.