– Emma -dijo Charlotte, tocando su brazo-. ¿Qué vamos a hacer?
Ella recurrió a su buen juicio. -En primer lugar, no debemos dejar a las chicas sin supervisión mientras Lady Dalryample da clases.
Charlotte miró el dibujo. -Oh, pero es encantador…muy artístico, me parece. Solo mira a ese león feroz. Es… bastante creíble.
– ¿León? ¿Qué…? Oh, sí. Asqueroso.
– Además, yo estaba supervisando -añadió Charlotte-, y no había nada perjudicial acerca de la lección. Las chicas están desarrollando un aprecio por la cultura griega.
Emma arqueó su ceja. Dudaba que a su pequeña banda de debutantes les importara de alguna forma la historia antigua.
– No obstante la cultura griega, las chicas están hablando mucho mientras estamos aquí. Se supone que la case de hoy es una continuación del arte del comportamiento en un país extranjero. Por cierto, ¿dónde está Yvette? Voy a usarla como nuestra reina en la corte.
Charlotte vaciló. -Está arriba empacando con su doncella. Se suponía que iba a venir e informarla ella misma.
– ¿Informarme qué? -preguntó Emma.
– Que su padre la retira para enviarla a la escuela de Lady Clipstone -Charlotte apartó la mirada-. Parece creer que nuestra academia no es quizás el ambiente más favorable para Yvette, considerando la violencia reciente.
– ¿Violencia? ¿En la academia?
– Bueno, en la boda. La pelea. Le recordó al marqués del Terror.
– Ser golpeado en la cabeza y decapitado son difícilmente eventos que se pueden comparar. Pero… -la voz de Emma se fue apagando. No podía defender la pelea en la boda de ninguna manera-. No debemos revolcarnos en nuestra propia suciedad -dijo enérgicamente-. Tampoco nos rebajaremos lamentándonos de nuestro destino. ¡Vamos chicas! Reuniros… Harriet. Sí, vamos a adular a la Srta. Gardner. Hoy es la princesa francesa.
– ¿Una princesa…Harriet?
– Es ‘Votre Altesse’ para ti, miss Butterfield -dijo Emma-. Y si una de nosotras es lo suficientemente afortunada para ser presentada a un príncipe francés, ¿qué haremos en su presencia?
– Me desmayaría a sus pies -dijo Harriet moviéndose exageradamente a la silla que era su trono-. Mejor aún, me gustaría tenerlo a él besándome los pies, siendo como soy una princesa y… – Sin previo aviso saltó de la tarima y voló a la ventana de una manera más acorde a una sirvienta que a una princesa real-. ¡Está aquí!
– ¿Tu príncipe? -preguntó Emma en voz baja.
– No -dijo Harriet distraídamente. Retorciendo el delantal que una de las chicas había atado sobre sus hombros como un manto-. El heredero del duque. El pobre hombre no puede mantenerse alejado. Cristo, mira su calabaza.
– ¿Que mire su qué? -preguntó Emma.
– Su calabaza… el carro y las ruedas.
– ¿Estás hablando del carruaje de Lord Wolverton?
Ante el asentimiento distraído de Harriet, avanzó hacia delante unos pocos pasos para mirar por arriba las cabezas de sus estudiantes emocionadas. La “calabaza” en el que el príncipe había hecho su llegada intempestiva era un carruaje ducal blanco adornado con un escudo de armas con desenfrenados leones dorados y unicornios. El rígido conductor usaba una levita negra y pantalones cortos adornados con encaje de oro.
De verdad, era una vista impresionante, pero no tan impresionante como la hermosa figura con un abrigo negro cruzado que bajó a la acera. Emma robó una mirada a su perfil fuerte y la apartó resueltamente, ignorando el dolor agridulce en su interior.
Su atención se desvío inmediatamente.
La anarquía en la corte imaginaria de Harriet siguió. Emma aplaudió consternada para apartar a las chicas de la ventana. Charlotte tomó un curso de acción más directo y cerró las cortinas en sus caras decepcionadas.
– ¡Qué aguafiestas, señorita!
– No es justo. ¿Y si vino a ver a Lady Lyons? ¿Y si va a pedirle que se case con él?
Emma frunció el ceño a esta especulación frívola, luchando para no volver a la ventana ella misma. -No hay duda que vino a visitar a Lord Heath, no es que sea asunto nuestro.
– ¿Y si está enamorado de Lady Emma? -exclamó Miss Butterfield ante un coro de jadeos escandalizados.
Harriet saltó sobre su silla. -¿Y si la secuestra? ¿Y si la arroja sobre su hombro y se la lleva?
– ¿Qué? -dijo Emma con una voz bien modulada que cruzó el salón de baile como un látigo-. ¿Y si se van a la cama todas sin postre por una semana?
El silencio siguió a esta amenaza impopular. Entonces Harriet se aclaró la garganta. -Orden en esta corte ahora mismo. Así que cierren la boca y…
Adrian irrumpió en la habitación, tan impresionante en su traje negro hecho a la medida y sus pantalones ajustados dentro de las botas de cuero negro que cada par de ojos se abrió de par en par al verlo.
Resistiendo su encanto descarado, aunque solo fuera para dar el ejemplo, Emma permaneció en el centro de la habitación. Estaba disgustada por como las chicas se apresuraron a rodearlo, aún sintiendo un tirón similar de tentación. Su trabajo consistía en establecer un estándar apropiado de protocolo, no lanzarse sobre ese pecho varonil.
Él se desenredó de las niñas con una sonrisa avergonzada y se dirigió al lado de Emma. Parecía ser un hombre, al igual que sus hermanos, al que no le importaba que clase de ejemplo daba.
– Lord Wolverton -dijo, logrando parecer desilusionada debajo de su placer innegable-. Estamos en medio de una clase. ¿Cómo puedo ayudarle? ¿Tal vez está buscando a mi hermano?
– Sí -De repente se veía intimidado con toda la atención que había atraído-. Iba a invitarlo a asistir a una subasta más tarde hoy -se aclaró la garganta-. ¿Supongo que no has reconsiderado aceptarme como estudiante?
Esta pregunta hizo estallar a la clase en una nueva ronda de risitas. Charlotte rápidamente las hizo callar, pareciendo un poco curiosa ella misma.
– Temo -dijo Emma en una voz cortés y profesional-, que ha habido un malentendido. ¿Puedo preguntar cómo está su cabeza?
– Todavía en mis hombros.
– Puedo ver eso. Sin embargo, me pregunto -dijo con una sonrisa picara-, si ha recuperado su claridad de pensamiento.
– Nunca me he sentido más lúcido en toda mi vida -la miró con calma-. ¿Y tú?
Ella negó con la cabeza.
Adrian, sosteniendo su sombrero de copa negra de seda, sonrió de una manera que le sugería que entendía su incertidumbre. ¿Acaso ella pensaba que toda esta atención intimidaba al hombre? En absoluto.
Se acercó a su oído. -¿Puedo hacerte otra pegunta? Puesto que no respondiste mi primera.
Su cuerpo duro rozó el suyo. Un calor prohibido la inundó. No debería haber venido aquí, pero estaba contenta que viniera. Demasiado contenta para su propio bien. No era un buen augurio para el cuidado de su corazón.
– Las chicas nos están viendo -susurró.
Miró alrededor inocentemente. -Bueno, no estamos haciendo nada malo.
Frunció el ceño. -Es la forma que me miras.
Su ceja se levantó con complicidad. Su mirada viajó sobre su cuerpo con sensualidad perezosa. -¿Si? ¿Qué hay de ella?
Se sonrojó. -Tú sabes.
– De todos modos dime.
– Burlarse es de lo más descortés.
– Por eso necesito tu consejo.
– Le daré un consejo, Lord Wolverton -dijo, subiendo su voz-. Debería volver a Bershire y…
Atrajo su atención en dirección a la ventana. -¿De casualidad has notado mi carruaje? -preguntó.
– No podría pasarlo por alto. -Tampoco había pasado por alto cómo cambió de tema ante la mención de regresar a su hogar. Había visto un verdadero dolor en sus ojos. Tal vez ni siquiera era consciente de eso él mismo. Tal vez había recuerdos desagradables de su pasado que todavía lo atormentaban.