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Heath miró el mapa de Egipto enmarcado en la pared. -No tienes idea, Gabriel, el poder que las mujeres ejercen en esta familia.

La esposa de Grayson Boscastle, la antigua Lady Jane Welsham, la cuñada de Emma, y la actual marquesa de Sedgrecroft, bajó sus prismáticos mientras el lacayo jefe de los Boscastle, Weed, caminaba sin aliento hacia arriba la colina cubierta de hierba de la finca de Kent. Su Hijo Rowan gorjeando en su manta, mientras su padre y la familia del guardabosque trataban de compartir sus conocimientos de caza con un niño que no podía ni hablar. Jane juró que si Grayson le mostraba a Rowan la ballesta una vez más, la confiscaría.

Sintió una oleada de ansiedad en su pecho. Weed agitó ante ella una misiva doblada, jadeando por el esfuerzo de lo que aparentemente era una frenética carrera desde la casa.

– ¿De parte de quién es, Weed? -pregunto calmadamente, imaginando que alguna tragedia había sucedido a cualquiera de los ancianos tías y tíos, sus queridos padres, sus hermanas…

– No sé, señora -respirando con dificultad, sosteniendo su lado-. Me dijeron que era asunto de suma importancia y que debía llegar a usted a toda prisa.

Una de las tres asistentes femeninas sentadas a sus pies levantó la mirada preocupada hacia Jane. -Por favor informa a mi esposo que el joven Orion necesita de su descanso de la tarde -dijo, con una mirada oscura.

Mientras el sirviente se apresuró abajo hacia el terreno arbolado, Jane cuidadosamente rompió el sello de la carta y le echo un vistazo. Era de Julia, la esposa de Heath, de Londres.

Y era una petición urgente de verdad, escuetamente redactado.

Emma. Adrian Ruxley. Espero que seas capaz de leer lo que la discreción me impide escribir. Heath es conocedor de la situación e intenta convocar una conspiración para decidir su destino. ¿Puedo pedirte que intervengas a favor de la contingencia femenina?

En el nombre del amor verdadero,

Tu cuñada y no ajena al escándalo

Julia

Jane se dio vuelta tan abruptamente que Weed, sonriendo al ver el marqués y el joven amo abajo, casi perdió el equilibrio. De hecho, se hubiera resbalado loma abajo si la mano de Jane no hubiera salido disparada para agarrar su manga.

– Soy una chica muy torpe -dijo, arrastrándolo a su lado.

Su mirada parpadeó a la carta que ella había metido si ceremonia a su corpiño.

– ¿Son malas noticias, señora?

– Lo serán si no intervengo -murmuró, luego se mordió el labio.

Weed adoraba a la familia Boscastle. Jane no dudaba que daría su vida para salvarla si estuviera en peligro. Pero cuando en cuanto a elegir bandos entre ella y su esposo, sospecha que Grayson ganaría. Weed, después de todo, era hombre y leal a los Boscastle.

– ¿Debo ordenar el carruaje para una salida inmediata? -preguntó, soltándose con cuidado de su asimiento mientras recuperaba su dignidad.

Jane lanzó una mirada cariñosa hacia su marido e hijo. -No hay necesidad de arruinar los planes de mi esposo. Saldré a Londres con la señora O’Brien y mi hijo. -La señora O’Brien era la niñera irlandesa de Rowan, una mujer que no tenía miedo de desafiar la autoridad de Grayson en lo que se refería a los mejores intereses de su cargo.

El lacayo principal fue testigo de muchos escándalos de los Boscastle como para que sus sospechas no se levantaran. -¿Señora? -preguntó con precaución con una voz que decía todo y sin embargo nada.

Bajó la voz a susurro ronco, sus ojos verdes brillando con malicia. -Hay un zapatero que acaba de llegar desde Milán y tengo la intención de contratar sus servicios exclusivos antes que cualquier otra dama lo robe para sí misma.

– Ah. -Asintió con complicidad. La pasión por atuendos de moda, la entendía.

– No lo divulgará ¿verdad? -preguntó con una sonrisa suplicante.

– ¿Todavía tiene que preguntar?

– Bien. Me iré a Londres tan pronto como le haya explicado la situación al marqués.

Grayson sospechó que algo estaba en marcha cuando su esposa le informó de su intención de regresar a su residencia de Park Lane. Los dos sabían que el zapatero podía ser llevado a su propiedad en Kent para hacer su oferta, como lo hicieron el corsetero, la modista, y los numerosos joyeros en las varias ocasiones pasadas. Una hora después, cuando el marqués recibió la misiva de su hermano Heath informándole de noticias alarmantes sobre Emma, sus sospechas fueron confirmadas.

No sabía que conspiración tortuosa estaba tramando su esposa, pero consideró prudente tomar medidas antes que pudiera obtener alguna ventaja sobre él. Él y Jane disfrutaban superándose al otro.

No estuvo nada contenta cuando descubrió su decisión de viajar con ella a Londres. -No hay necesidad de estropear tus planes por mí -dijo cuando se encontraron en vestíbulo donde una montaña de equipaje mutuo había sido reunido.

– Pero mis planes no tienen importancia si no te incluyen a ti, cariño.

Levantó una ceja. Miró fijamente a sus ojos verde oscuro y sintió agitarse su corazón. El matrimonio no había disminuido su pasión por ella en lo más mínimo. Tampoco había disminuido su espíritu ingenioso. Mientras algunos hombres podrían haber caído en un matrimonio de autocomplacencia, a él todavía lo mantenía en vilo la deseable Lady Jane.

– En serio, Grayson -se estuvo quieta mientras su criada cubría sus hombros con una pelliza forrada de terciopelo-. No necesito tu ayuda para reunirme con un zapatero.

Se hizo cargo de la tarea de abrochar el chal de su esposa. -Te extrañaría más de lo que puedo soportar. ¿No te importa, cierto?

Su boca llena se endureció. -Es solo un zapatero.

Sonrió. EL zapatero.

Algo estaba definitivamente en marcha.

Adrian estudió el perfil de camafeo perfecto de Emma Boscastle desde los binoculares de opera incrustados con perlas que pertenecía a uno de los dos caballeros que se sentaron a su lado en su palco de Haymarket. Adrian había estado ligeramente sorprendido de que su aparición en la sala esta noche había atraído una cantidad vergonzosa de atención. De hecho, mientras que el vestíbulo atestado guardó silencio cuando entró, había mirado alrededor con curiosidad en busca del importante personaje que había enviado a las señoritas en tal estado de nervios.

El respeto femenino no era exactamente una experiencia nueva. Comprendía que atraía al sexo opuesto incluso si no siempre se había molestado en aprovecharse. Ciertamente, no celebraba su hombría contando cada corte que podía tallar en el pilar de su cama.

Por lo tanto, le resultaba absurdo que porque era el hijo del duque, existieran numerosas mujeres que lo consideraban tan deseable que incluso antes que la opera comenzará, recibió siete invitaciones para la cena, tres para el desayuno, y dos entretenimientos más oscuros.

– Me gustaría tener tu suerte con las damas -comentó el baronet que se sentó a su derecha.

Adrian le hubiera gustado decirles a sus admiradoras nuevas que buscar un amorío con él era una completa pérdida de tiempo. En vez de eso, se divirtió dándole a las notas que dirigía al palco de los Boscastle, en el lado opuesto de la sala, formas de misiles puntiagudos.

Le hubiera gustado atraer a Emma a su palco, cerrar las cortinas y prestar atención a ella para el resto de la noche. Pero con su banda de hermanos amenazantes, la agradable fantasía parecía poco probable esta noche, o en el futuro cercano.

Sin embargo, nada iba a terminar tan fácilmente entre él y su leona evasiva. Si Emma pensaba por un instante que era el tipo de hombre que seducía a una mujer en secreto, y luego se iba a otra conquista, encontraría algunas sorpresas en camino. En realidad, nadie podría haber estado más sorprendido que el mismo Adrian por su deseo de perseguirla para una asociación más duradera.

Sin embargo algo en él había comprendido, había reconocido en el instante que escuchó su voz, que era la mujer que había esperado toda su vida. Y ni siquiera se había dado cuenta que estaba esperando, o que el amor verdadero estaría en su futuro.