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Conocía muchos hombres, especialmente soldados de fortuna, que no creían en el amor. Abandonados por sus padres, maltratados en su hogar, que se habían enseñado a no buscar nada más que una gratificación instantánea. No sentir. Pero Adrian recordaba el amor de su madre. Y a su hermano y hermana andando como cachorros desventurados, dispuestos a seguirlo en cualquier travesura. Lo habían amado. Y él los amo. Así que nunca había admitido ante sus compañeros de mentalidad cruda que creía en la realidad del amor.

Había existido una vez.

¿Por qué no podría ser suyo nuevamente?

Se sentó, su pesado abrigo negro cayendo en cascada por su espalda. ¿Se estaba marchando? ¿Sola? ¿Justo cuando el canto había comenzado? Ah, que bendición. -Perdón -murmuró a sus conocidos, uno de los cuales ya estaba dormido-. No esperen por mí si no regreso pronto.

Casi tira al suelo a cada lacayo y a las personas que llegaron atrasadas, en su apuro por interceptarla en la entrada del vestíbulo. Estaría satisfecho si podía convencerla de reunirse con él una vez más para hablar del futuro que ella afirmó que ni siquiera tenían.

– ¡Dios santo! -una voz inquietantemente familiar trinó en su oído-. ¿Es ese mi Hércules?

No ella. Tropezó con la robusta anciana bloqueando su proceso. Lo siguió hasta que estuvo pegado a la pared. Sobre la parte superior del turbante de plumas de pavo real, vio a Emma abanicándose. Hamm, el lacayo de la casa de la cuidad de Lord Heath, se paró ociosamente a su lado. -Querida Lady Dalrymple -dijo educadamente, luego prácticamente la sacó de su camino-. Nada me gustaría más que continuar esta conversación, pero acabo de ver un amigo que no puedo ignorar.

– ¿Un amigo? -se giró con interés, jadeando cuando se dio cuenta a quien se refería-. ¿Es Emma? Sí. Emma. ¿Ella es tu amiga?

Demasiado tarde entendió que ella había entendido exactamente lo que quería decir. -Por supuesto que es mi amiga -dijo torpemente-. Y usted también, y su sobrina Julia…

Su voz se convirtió en un susurro aterrador. -Puedes confiar en mí, Lord Wolverton.

– ¿Puedo? -preguntó. Emma regresó hacia las escaleras que la llevaban a su palco. Podía ver su oportunidad deslizarse entre sus dedos.

Corrió a través del vestíbulo, alcanzando a Emma antes que pudiera evadirlo. -Lady Lyons -hizo una reverencia, luego tomó su mano enguantada y la llevó a la esquina-. Que placer es verte aquí.

Por un momento satisfactorio su cara se iluminó y no se quejó cuando se acercó más de lo que debería. Luego se rió. -Como si fuera una coincidencia. ¿Sabías que estaríamos aquí esta noche?

– Tu hermano podría haberlo mencionado antes. Sólo esperaba que los acompañaras.

Ella bajó su mirada. -¿Disfrutas la ópera?

– La detesto.

Lo golpeó su hombro con su abanico. -No preguntaré entonces por qué viniste.

– Sabes por qué Emma.

Levantó su mirada a la suya. -¿Es esa de allí Hermia mirándonos?

Absorbió la vista de ella, ni siquiera se molestó en mirar alrededor. Estaba abotonada en cada una de sus entradas. Su cuello, mangas, corpiño. Pequeños botones que tardaría una eternidad en desabotonar pero un momento para arrancarlos de sus amarras. Su aspecto remilgado sólo lo hizo desearla más. -¿Quién es Hermia? -preguntó distraídamente.

– Lady Dalrymple. La artista.

– Escóndeme de ella, ¿lo harías? -dijo con un gemido.

Se rió nuevamente, inclinó su rostro al suyo con una seducción inconsciente que calentó su ser entero. Bajó su cabeza, hambriento por sentir su boca. Si hubiera pensado por un momento que le dejaría besarla en público, la llenaría de besos, devorándola…

Un duro puño le pegó juguetonamente en el hombro. -Por Dios, Wolf, eras en el placo contrario al de nosotros. Y yo que pensaba que habías renunciado a la buena sociedad.

Volvió su cabeza. Los ojos azul índigo de Drake Boscastle lo miraron directamente a los suyos. -¿No te has enterado? -preguntó en una voz uniforme-. Estoy en clase de superación personal.

– ¿De veras? -Su sonrisa era escéptica-. Deberías venir con nosotros. Mis hermanos y yo siempre estamos contentos de tener como compañía a un amigo granuja.

Y para mantenerlo lejos de su hermana.

Era un tema que iba a ser repetido a lo largo de la semana siguiente.

Emma se había excusado del palco para tomar aire. La verdad era que si tenía que ser testigo de una mujer más que riera o se pavoneara para captar la atención de Adrian, abandonaría todo sentido de refinamiento y… diría entre dientes un comentario desagradable. Para prevenir esa posibilidad degradante, escapó de la compañía de sus hermanos y para estar un momento a solas.

Por supuesto, que había visto a Adrian desde detrás de su abanico en el instante que entró al vestíbulo. Su primera sospecha fue que se iba a encontrar con una amante. Su aparición aquí esta noche ciertamente había revuelto las esperanzas en la audiencia. Pero después, había visto el placer en su cara cuando la había divisado en la esquina.

Había visto con incredulidad como prácticamente había sacado a Lady Dalrymple de su camino para alcanzarla a ella, Emma. No había otras mujeres jóvenes a la vista.

Sin embargo, no debería ni siquiera reconocerlo en el vestíbulo. Pero luego estaba de pie frente a ella, cálido, vital, tan endemoniadamente guapo que no pudo pensar en una huida. Todo lo que pudo hacer, por desgracia, fue disfrutar de unos pocos minutos prohibidos en su presencia.

Y cuando bajó su cabeza a la suya, sintió su corazón acelerarse salvajemente, se sintió suspendida entre la aprensión y la esperanza. No se atrevería a besarla en público. No podría…

Su hermano Drake terminó con su agonía.

Aunque Emma apenas podía ver la cara de Drake, oculta por el cuerpo grande de Adrian, se dio cuenta con vergüenza de que su interrupción había sido preparada. Hamm, el lacayo, estaba parado solo unos metros más allá. Por lo tanto, su persona había estado protegida, lo que solo podía significar que Drake estaba deliberadamente manteniéndolos a ella y a Adrian separados.

Se abanicó la cara, escuchando el breve intercambio entre los dos hombres. -En serio, Adrian -dijo Drake-. Te hubiera invitado a venir con nosotros esta noche de haber sabido que ibas a asistir. ¿Cómo estuvo la subasta hoy?

Lady Dalrymple eligió ese momento inoportuno pasar entre Drake y Adrian, invitando a Adrian a que la acompañara a ella y a su escolta, el conde de Odham, para una cena tardía después de la actuación. Emma apartó la mirada, consiente del brillo especulativo en los ojos de Drake, que sabía perfectamente bien cuán nerviosa se sentía. ¿Pero que más sabían él y sus otros hermanos? ¿Estaban simplemente adivinando o eran demasiados perspicaces?

Cuando se atrevió a mirar a su alrededor otra vez, Lady Dalrymple estaba arrastrando a Adrian por el codo a través del vestíbulo, y un grupo pequeño de señoritas, que le estaban siguiendo la pista, habían inventado una docena de excusas para aparecer en su camino. No les dio una sola mirada a ellas.

– Que grosero -murmuró.

– ¿Quién, querida? -preguntó lánguidamente Drake, apoyándose en la pared a su lado-. ¿Yo o Adrian?

– Esas mujeres atrevidas, allí.

– Ah. Eso es.

Rompió las varas de su abanico cerrado. -¿Eso es qué?

– Nada. -Su inocente encogimiento de hombros le indicó más de lo que sinceramente ella quería saber-. ¿Volvemos al palco?

– Por supuesto.

– ¿Estás bien? -preguntó, ofreciendo su brazo.

– ¿Por qué piensas lo contrario?

– Bueno, expresaste tu deseo de un poco de aire.

– Ahora estoy bien.