Mientras se tambaleaba, perdiendo el equilibrio, Emma corrió hacia a la campanilla y tiró fuerte presa del pánico. Había perdido la noción del tiempo, pero estaba segura que solo habían pasado dos segundos antes de que la puerta se abriera.
– ¡Adrian!
Con un alivio que la estremeció a través las costuras de sus medias, reconoció la alta figura de largos huesos que entró en la habitación. Su mirada inquietante la interrogó, el libro en el suelo, la ventana rota. En dos zancadas cruzó la habitación y se quedó como si fuera su escudo.
Una transformación temible parecía haber ocurrido sobre su hermoso rostro. Ante sus ojos se transformó de un caballero apuesto en un vengador oscuro. Su gran sonrisa llena de aprensión.
Este no era Adrian Ruxley, heredero de un ducado. El hombre que entró en la habitación podría lanzarse de un salto a un barco pirata en una batalla en alguna playa extranjera. La imagen solo se agudizo en su mente cuando él lanzo su capa y sacó la espada de su vaina.
Su camisa de lino blanca humedecida se aferró a su pecho. Un suspiro compuesto tanto por admiración como de protesta emergió de su garganta. En cualquier otro momento podría haberse ofendido por la visión del pecho sudoroso de un hombre tan atractivo, como al fin admitió para sí misma, si no hubiera sido tan agradable verlo.
– Dime que estás bien, Emma -dijo sin mirarla.
Ella asintió con la cabeza, escuchó a su hermano llamar desde la parte superior de la escalera. Luego los estrepitosos pasos de Hamm en el pasillo. Pero toda su atención se centró de pronto en Adrian, hermoso, heroico, y por suerte aquí.
– Estoy bien, pero Harriet…
De repente la atención de Adrian cambió. Uno de los hermanos de Harriet ya estaba corriendo por el jardín, objetos de plata y cajas de rapé se derramaban fuera de los bolsillos. Rob había avanzado pausadamente hacia la ventana con su cuchillo en un esfuerzo por mantener a Adrian a distancia.
– No duerman demasiado, ninguno de ustedes -dijo toscamente-. Volveremos.
Adrian desenvainó su espada. -¿Qué has dicho?
Emma parpadeó. Estaba demasiado fascinada por Adrian para reconocer incluso a las otras tres personas abarrotadas en la puerta. Su estómago se agitó ante la sonrisa dura que curvó su boca. Su amenaza oscura hipnotizo a todos quienes lo miraban mientras se movía hacia delante.
Harriet se retiró detrás de una mesa de madera satinada de la biblioteca.
Rob lanzó una mirada salvaje alrededor de la habitación. -¿Es que nadie va a detenerlo? ¿Harriet?
Adrian le rodeó con desconcertante concentración, levantando su sable hasta el pulso palpitante de la garganta de Rob con tanta rapidez que incluso Emma no lo había visto venir. -Quiero matarte -dijo, meneando la cabeza como si la confesión le divirtiera-. No estoy del todo seguro de que pueda detenerme.
Emma agarró el cordón del timbre. Por el rabillo del ojo vio a Heath y su lacayo de pie en la puerta, su presencia bloqueando la vista de Julia y su tía. Estaba profundamente agradecida de que Charlotte y la señorita Peppertree al parecer habían mantenido a las muchachas ocupadas en la otra ala.
De ninguna manera las chicas deberían saber lo que había ocurrido hoy aquí. Tendrían pesadillas durante meses.
La frente de Rob brillaba de sudor. Su hermano había desaparecido. El hombre alto y rubio con la espada tenía un brillo asesino en sus ojos que incluso un tonto respetaría. -Mire. No ha habido daño.
Adrian camino en sentido contrario a él hacia la ventana. -¿Quién lo dice?
– Pregúntele a mi hermana -dijo Rob, su voz gruesa-. Pregúntele a la señora con el tirador.
Los labios de Adrian se atenuaron. -¿Qué dices tú, Harriet?
Ella se apartó el pelo de sus ojos. -Rájelo de arriba abajo como un salmón. Plaga de la tierra, eso es lo que es.
Adrian miró a Emma. -La decisión es tuya.
Emma no lograba pensar con claridad. Sólo deseaba que esta prueba terminara. -Que se marche -susurró.
Adrian se quedó mirando el techo. Su expresión dura decía que no le molestaría enviar a Rob al otro mundo. -¿Estás segura? -preguntó ligeramente.
– Por favor…
Apretó la punta de su espada en la garganta de Rob. La cara de Rob era de un blanco macilento. -La señora quiere que yo tenga misericordia. Te libero de mala gana.
Rob se levantó con duda, mirando enigmáticamente de Adrian a Emma.
– Vete, gran estúpido -dijo Harriet con desdén-. ¡Fuera antes de que cambie de opinión!
Un momento después, Rob giró sobre el cristal roto y a continuación se lanzó por la ventana hacia los rosales. Echó a correr antes de que incluso se enderezara, espinas y hojas pegadas a sus ropas. Adrian sacudió la cabeza con disgusto y envainó la espada.
Harriet dio unas palmadas de alegría. -¡Formidable! He esperado toda mi vida para ver como obtenía lo que se merecía. Es un héroe, Señor Wolf, eso es lo que es. Espere a que les cuente a las chicas…
– Harriet Gardner. -Emma levantó su voz-. No vas a hablar de este asunto otra vez. Con nadie. ¿Entendiste?
– ¿Por qué no, señora? Lord Wolf no ha hecho nada malo. Es mi familia la mala.
– Por favor ve con Hamm a la cocina y dile a Cook que ponga ungüento en tu codo.
– Yo la llevo -Julia se ofreció desde la puerta-. Heath quiere asegurarse de que ninguno de sus tesoros haya sido robado de su estudio. Hamm vaya a buscar a un cristalero para reparar la ventana. Supongo que sería una buena idea asignar a uno de los lacayos para que salga a la calle y recupere los objetos de valor que perdió Lucas durante su cobarde huida.
Adrian miró a su alrededor. -¿Puedo hacer algo para ayudar?
Emma suspiró. -Creo que ha sido más que útil.
Se agachó para recoger su manual. -Supongo que es una forma de machacar modales dentro de la cabeza de una persona.
Ella sonrió un poco insegura. -Yo no lo recomiendo.
De pronto, se encontraban solos en la biblioteca. Adrian la miró fijamente, sabiendo que parecía descuidado y siniestro. -Podría haberlos matado a los dos cuando te vi allí de pie, con todos los cristales rotos.
– Pero te contuviste admirablemente. Sin embargo… -no podía ocultar un oscuro sentido del humor-. Tengo la sensación de que los hermanos de Harriet no volverán tan pronto, si acaso alguna vez, después de su aparición.
– Sólo me contuve porque no te habían dañado -bajó la voz. Podía oír a Heath hablar con uno de los agentes en el pasillo-. Me volveré loco si no podemos reunirnos en privado. Me estoy comportando como un caballero…
– Voy a estar en el parque mañana -dijo con una sonrisa cautelosa.
– ¿Tú sola? -le preguntó, estudiando su rostro.
– Por supuesto que no irá ella sola -dijo Heath cuando volvió a entrar en la habitación-. Mira lo que le ha ocurrido hoy. Un hermano no puede ser demasiado cuidadoso cuando se trata del bienestar de su hermana. -Miró a Adrian-. Estoy seguro de que estarás de acuerdo.
– ¿Cómo se podría argumentar lo contrario? -Adrian respondió con gracia.
Heath se encogió de hombros. Se había cambiado la ropa por una camisa limpia y un pantalón beige. -¿Te quedas a cenar? Es lo menos que nuestro héroe del día merece.
– No -Negó con la cabeza. No podía confiar en sí mismo para sentarse en la mesa de Emma y no revelar sus sentimientos. Era, en realidad, la muerte dejarla ahora sin nada resuelto-. Me he entrometido lo suficiente. Además de traer escándalo a tu casa. -Hizo una mueca-. Por no mencionar mi aspecto de pirata en este momento.
Heath rio, su buen carácter aparentemente restaurado. -El escándalo no es nada nuevo para la Boscastles. De hecho, no creo que nosotros mismos supiéramos qué hacer si pasara una semana sin alguna desgracia.
Emma había puesto su manual sobre la mesa de la biblioteca para examinar los daños. Podía sentir, a su vez, como su hermano la examinaba de forma sutil y desconcertante. Se preguntaba que era exactamente lo que veía Heath.