Chloe resopló levemente.
– Yo misma recuerdo esa guardia sofocante. Es un milagro que Dominic y yo terminamos casándonos con los cuatro diablos encajonándome. Y ahora han agregado a Gabriel a su tropa. Pobre Emma. Pensar que encontró el amor al fin, tan tarde, solo para…
Jane fue a la ventana. -Probablemente, tienes razón. Se lo arruinarán… oh, Dios del cielo. Él está aquí.
– ¿Lord Wolverton? -Hermia preguntó con entusiasmo, levantándose a medias del sillón.
– No. Grayson, el líder del grupo. Viene a decidir si Emma…
Un ruido sordo estremeció la pared.
– ¿Oísteis eso? -Jane preguntó dando vuelta alarmada.
Chloe examinó una perla suelta del empeine de su zapatilla.
– Sí. Grayson nunca ha cerrado una puerta sin dar un portazo. Ya deberías saberlo, Jane.
– No fue la puerta -exclamó Jane-. Es…
– Del otro lado de la casa. -Charlotte se inclinó hacia adelante apuntando sobre el hombro-. De la parte donde está ubicada la suite de Emma.
Adrian trepó la escalera de madera desvencijada y osciló un brazo, subiendo en seguida la pierna derecha sobre el alféizar de la ventana, agradecido que la diablilla de Harriet se hubiese acordado de dejar abierta la ventana de Emma. Por supuesto que le pagaría bien a la codiciosa tunante, por el favor. Sin duda, aun trataría de chantajearlo para quedarse callada. Bueno, mañana trataría con la señorita Gardner. Si todo salía bien esta noche, capaz que hasta quisiese recompensarla.
Miró alrededor, evaluando la pieza oscura. Había aterrizado en el dormitorio, de pura buena suerte. Un fuego de carbones rojo-ámbar ardía en la parrilla. Qué bueno. Ella no se helaría después que le declarara sus intenciones y la llevara a la cama.
A través de la puerta, la vislumbró sentada en un sillón de palo de rosa con patas curvas, en la antecámara del dormitorio, con un libro en su falda. Tenía su hermoso cabello suelto a un lado, en un hombro. Rapunzel. Deseó enrollárselo alrededor de su cuello, sus brazos, sus caderas. Casi podía sentir los suaves mechones acariciando su espalda, su barriga.
Su hermoso ángel del Renacimiento.
Se movió silenciosamente hacia ella. Todavía no lo había visto. En sus días, él se podía introducir a hurtadillas a un barco de piratas y cortarles las gargantas mientras roncaban, antes de perturbarles los sueños. Seguro que podía llegar furtivamente hasta la mujer que deseaba y… ponerse de rodillas a su lado.
Pisó justo un macetero que estaba en un pedestal de mármol al lado de la puerta. Ella se paró de un salto, los ojos enormes con la impresión.
– ¡Tú!
– Maldición, Emma. -Agarró el macetero de hiedra inglesa antes que se quebrara en el piso y lo volvió a estabilizar cuidadosamente en el pedestal-. Por favor, haz lo que quieras, pero no grites.
– Absolutamente, no tengo la menor intención de entregarme a un acto tan inútil. -Levantó lentamente la vista a la cara de él-. Si tu aparición aquí tiene que ver con las lecciones de comportamiento otra vez, que necesitas desesperadamente, te referiré a un cierto conde francés conocido de Devon. Tengo entendido que se siente más que contento en instruir a los ingleses en las artes del refinamiento.
Él la llevó de vuelta al sillón.
– Querida, no me importan para nada mis maneras. Nunca me importaron.
La respiración se le detuvo. Un leve contratiempo que desmentía su compostura.
– Es obvio.
Subió las manos y las puso en los hombros de ella.
– Vine aquí con un propósito solamente.
A ella se le abrió la boca. -Adrian Ruxley, si no te vas en este instante, tendré que…
– Te adoro -le dijo bajando su boca a la de ella-. Y quiero que seas mi esposa. Emma, por favor, sácame de esta tortura. ¿Sientes lo mismo que yo? No, no me respondas. Yo ya lo sé.
La besó antes que ella pudiese pronunciar una sola palabra. Como soldado de fortuna que era, se aprovechó de su inmovilidad asombrada para rozar su boca a través de la de ella. La atrajo contra él y la tomó de tal manera que no había forma de escapar. El placer sensual pulsaba a través de su cuerpo mientras sentía los labios de ella, entonces su cuerpo se relajó contra el de él.
Conociendo a Emma, él tenía poco tiempo para debilitar sus defensas antes que se pusiese en guardia. Pero esperó su respuesta, de todas maneras, con su corazón latiendo, salvaje y esperanzado. Le pasó la mano por el pelo, desenredando un nudo, acunando su nuca, dando palmaditas a la piel caliente.
Ella se movió levemente, de manera que la boca de él quedó en su mejilla.
– ¿Estás haciéndome un proposición de matrimonio? -preguntó con una voz suave y precisa.
– Sí. -Se rió incrédulo, más feliz de lo que nunca había sido en su vida-. Sí.
Los ojos de ella buscaban en su cara alguna señal de engaño. Debía verse y sonar como un tonto. Tampoco le importaba, si ella aceptaba su propuesta. -¿Y esto es lo que querías discutir conmigo? -le preguntó su pequeña directora escéptica, la capataz sin la cual no podía sobrevivir-. ¿Por qué no lo dijiste desde un comienzo?
– ¿Y cuándo tuve una oportunidad? -exigió incrédulo-. Te seguí al puesto de los encajes, listo a lanzar la pregunta, solo para encontrar a Heath escogiendo un lindo pañuelo para él. No era un momento propicio para una propuesta.
Ella movió la cabeza apenada. -Ellos lo saben. Y nos matarán si nos pillan.
– Fuguémonos.
– ¿Fugarnos? ¿Esta noche?
Pasó el pulgar enguantado por su boca exuberante, en seguida lo deslizó hacia abajo por la barbilla al escote del vestido. -¿Por qué no? -preguntó con la mirada oscuramente tentadora.
Ella tuvo un escalofrío.
– ¿Y tener a mis hermanos persiguiéndonos por toda Inglaterra? Qué luna de miel, hecha en el infierno. Y qué ejemplo para la academia. Tendremos una boda adecuada, o ninguna.
Él sonrió abiertamente, frotando con el pulgar la curva rellena de su pecho. El pezón se anudó contra la palma grande y caliente.
– Entonces aceptaste.
– ¿Lo hice? -preguntó mirándolo a la cara, mientras él, audazmente, la acariciaba dejándola en un estado de placer aturdido.
Los ojos se le arrugaron levemente en las esquinas, cálidos, burlones. Lentamente sacó las manos para desamarrar los lazos del vestido y dejar libre los pechos blancos y firmes de ella. -Lo hiciste.
Ella cruzó las manos sobre sus pezones rosados e hinchados. Adrian sintió que la respiración se le aceleraba.
– Pero mis hermanos…
– Bésame Emma. -La llevó sobre sus rodillas al sofá-. Pon tus brazos alrededor de mi cuello -dijo con voz pastosa-. Necesito tus besos.
Agarró su chaqueta en un puño. A él se le contrajo el cuerpo, decepcionado, hasta que se dio cuenta que ella no lo estaba empujando lejos. No, bendita. Lo estaba acercando. Bajándolo hasta quedar encima de ella, abanicando el fuego que ardía en su interior.
Se robaban besos uno al otro. Hambrientos, violentos, desesperados. Ninguno de los dos era inocente. Adrian entendía el deseo, cómo excitar sexualmente, cómo satisfacer. Y prolongar el placer tanto, que la amante rogaba por el alivio.
Ella echó la cabeza hacia atrás en el respaldo del sofá, su directora sensual, sus miembros relajados, sus curvas invitantes. La miró con desesperación impotente. Se le contrajeron las ingles cuando ella le puso una mano en su rodilla.
Súbitamente sintió el cuerpo tan pesado de sexualidad que incluso la chaqueta se le hizo intolerable.
Comenzó a luchar para quitársela, solo para detenerse al sentir las manos de ella en sus hombros ayudándolo. Cerró los ojos y respiró irregularmente. -Esa primera noche fue un desorden. Me aproveché de ti, aunque no ha propósito.