Después se lo cobraría, con intereses, si pasaba una buena noche.
La puerta repiqueteo más duro. Una voz la llamó desde la ventana de arriba.
– Psss. Harriet. -Era la vocecilla de la insignificante de Butterfield la que la llamaba-. La señorita Boscastle te anda buscando.
Se paró de un salto. -Por las malditas campanas del infierno.
No había nada que hacer. Tenía que esconder la escalera de Romeo del idiota que golpeaba la puerta más allá, sin contar su propia persona descompuesta, de la patrulla de Charlotte Boscastle. No era la primera vez que acarreaba una escalera en su pequeña espalda escuálida en nombre de lo impropio; probablemente no sería la última. Claro que a este ritmo, ella podría retirarse, con todo lo que Su Señoría le debía por cumplir con su deber.
CAPÍTULO 15
Maldiciendo, Sir Gabriel Boscastle saltó sobre el banco que había desplazado de la puerta. Dios sabía que era una táctica simple para retrasar su entrada al jardín. Sin embargo, fue eficaz. No había querido romper la puerta. Si hubiera conocido la disposición de la casa un poco mejor, habría encontrado otro punto de salida. Bueno, quería ser incluido en todas las intrigas de la familia Boscastle en Londres. Era el momento de demostrar que podía convivir mejor con sus primos. Su propia familia le había dado más angustia que felicidad. ¿Quién hubiera pensado, que lo recibirían con los brazos abiertos, a pesar de lo mal que se había portado?
El jardín lucia tranquilo bajo la luz de la luna. Por lo que parecía dos de los sirvientes habían estado disfrutando de unos momentos robados a solas y él había arruinado sus planes. Casi se sentía culpable. Mientras paseaba alrededor, vio un gato gris sentado en la pared. Nada que levantara sospechas hasta que…, entrecerrando sus ojos, se detuvo. Una figura de cabello claro acababa de salir de la casa, sus movimientos mostraban una actitud sospechosa.
– ¿Qué diablos?
– ¿Charlotte? -dudando, dio un paso hacia ella, riéndose del pequeño grito que dio-. ¿Qué estás haciendo en el jardín?
Ella respiro sobresaltada. -Podría preguntarte lo mismo.
– Salí a fumar un cigarro -respondió, dando unas palmaditas en el bolsillo del chaleco, como para verificar la mentira.
– Bueno, estaba buscando… a Harriet. -Olfateó el aire-. No huelo el humo.
Miró a su alrededor. -No veo a Harriet, tampoco.
De repente, como si de una espía se tratara vio la escalera que estaba apoyada en precario equilibrio a un lado de la glorieta. Casi al mismo tiempo que Charlotte, a juzgar por su audible inspiración.
Ninguno de los dos dijo una palabra. Gabriel no tenía idea de cómo Charlotte hizo el descubrimiento. O lo que la escalera contra la pared significaba exactamente, a pesar de que esto era algo que Heath querría saber. No era asunto suyo juzgar, solo informar a los hermanos Boscastle tan pronto como fuera posible.
No podía imaginar a Wolf fugándose con Emma. O a alguien lo suficientemente valiente para ayudarla a hacerlo. Pensaba que era una pena que fuera tan mojigata. Con ese cabello de oro y una piel de alabastro, era una mujer hermosa y algún día tendría a algún pobre hombre completamente deslumbrado y obsesionado con ella.
– ¿Fue Lord Wolf?
– Bien, supongo que deberíamos regresar, antes de perdernos -dijo casualmente.
Charlotte prácticamente lo empujo en su prisa por llegar primero a la puerta. -Esplendida idea.
Un hilo de voz llegó hacia ellos desde la ventana de la buhardilla. Su cara pálida oculta bajo las sombras del volante rizado de su cofia, Harriet estaba encaramada en el alfeizar. -¿No preferirían tener esta charla en el interior?
Gabriel frunció el ceño. -¿No estaba hablándome a mi verdad, Srta. Sauce-Box?
– Bueno, ¿qué ocurre si le hablo a usted? -Harriet lo miro durante unos instantes-. Un momento, yo he visto su cara en otro lugar.
Soltó un bufido. -Si se refiere a mí, lo dudo.
– Lo he visto en los barrios pobres -insistió Harriet-. Tengo la sensación de que era usted.
– Está equivocada -dijo Gabriel con molestia. Por lo menos, no en los últimos años.
– Tal vez tienes un gemelo malvado -susurró Charlotte.
– Tal vez soy tan malvado como para ser trillizo -replico Gabriel-. Lo que me recuerda, ¿cómo son sus hermanos?
– No pregunte -lanzándole una mirada sospechosa-, ¿cómo son los suyos?
Se encogió de hombros. -No sé.
– Ah.
Harriet golpeó su puño en el alfeizar de la ventana. -Algunos de nosotros necesitamos un sueño reparador. Si continúan así, despertaran a toda la casa en un minuto.
Gabriel levantó la ceja. Tenía el presentimiento de que no solo toda la casa, sino todos en Mayfair, estarían alborotados antes de que amaneciera.
Emma gemía, hundiéndose en el colchón. -Por favor, cierra las cortinas -susurró. Como si la oscuridad pudiera ocultar el deseo indecente que sentían.
Inclinado sobre ella, su camisa colgando abierta hasta su cintura con su mirada cruda y sexual.
– ¿Y si me gusta mirarte?
– No deberías.
– Sssh, amor -dijo él, desabrochándose los pantalones.
– Me da vueltas la cabeza -dijo en voz baja-. Creo que voy a desmayarme.
Con los ojos entrecerrados, se apoyó en la cama. Con sus grandes manos recorrió suavemente su cara, su cuello, sus pechos. Su erección presionando con fuerza contra su cadera desnuda. Su aroma a limpio, menta y a hombre robaron seductoramente sus sentidos.
– No te vas a desmayar. -Besó las puntas de sus pechos hinchados, su voz en un susurro seductor sobre su piel. -Por lo menos, no hasta después de haber f…
– Adrian -exclamo ella, abriendo los ojos-. No digas esa palabra.
Riendo, coloco sus piernas sobre las de ella. -Bien -murmuro-. No la diré, pero lo haré Lady Emma. ¿Me dejaras chupar tus pechos primero o acariciar tu sexo?
Emma mordió su labio superior. -¿Debes describir todos los detalles de lo que vamos a hacer?
Sus dientes blancos y afilados se cerraron alrededor de un delicado pezón. Su columna se inclino del placer. -Todo está en los detalles, ¿no? -murmuró, haciéndose eco de lo que había hablado con él en la boda-. Los pequeños detalles.
Una risa ahogada lo dejo sin aliento. -Te iniciaré en tus deberes… más tarde.
Extendió el pulgar a través de los rizos empapados en roció que coronaban su hendidura. Inhaló entrecortadamente y comenzó a girar la perla dura de su sexo. -Estás tan mojada -dijo, con un suave gruñido-. Tentadora.
Tentadora. Ella. De todos los nombres que usaba para describirla, este era probablemente el más hermoso. -Oh, cielos. -Él introdujo otro dedo en su hendidura, tanto que podía sentirse tan estirada, llorando contra su mano, suplicando.
– Todavía no -susurró.
Dejó caer su cabeza, colocó su mano en su muslo. Su cuerpo temblaba de necesidad irreprimible. Su pulgar rodeó su clítoris, un gemido de profunda frustración brotó de su garganta. Sintió su grueso eje contra su muslo. Se humedeció el labio inferior con la lengua, imaginando su pene en la boca, entre sus piernas.
– Se siente como crema liquida, Emma -dijo, su rostro tenso-. Me gustaría probarte.
Se estaba muriendo, perdida, desesperada. Tan desesperada. -No lo digas.
– Me gustaría frotar mi cara aquí. Sobre toda esta crema.
Sus caderas corcovearon. Abrió las piernas sin pudor, montando sus nudillos cuando lo que realmente quería, necesitaba, era su grueso miembro en su interior, saciando su hambre. -No puedo…
– ¿Puedo probarte, por favor?
– Respira.
– No puedo pensar, ni respirar.
Retiró la mano, esperó un instante antes de hundir sus dedos en su esponjoso canal. Su espalda se arqueo, su vagina lo apretó con tanta fuerza que soltó un quejido, empezó a mover sus dedos con mayor rapidez. Sus sensibles músculos se estremecieron.