– Eso es mi amor -susurro, suave y perverso-. Así es como una dama le demuestra a su señor lo que quiere.
Lloraba, mientras su cuerpo se convulsionaba. Luego, antes que el placer se deshiciera por completo, él inclinó la cabeza sin previo aviso y enterró su rostro entre sus muslos. Una explosión de calor corrió por sus venas cuando su lengua sustituyó a sus dedos y la empujo entre sus pliegues hinchados.
Una dama.
Oh, sí. Sí. Pensaba, mientras apretaba sus hombros con sus piernas, abrazándose contra su duro cuerpo. Y a él parecía gustarle, aun estremeciéndose contra su boca. Con un gruñido enlazó sus manos en sus nalgas para acercarla.
Las pulsaciones seguían haciendo eco en todo su cuerpo cuando se retiro de encima de ella. Se deslizó fuera de la cama, su rostro en sombras. Se quedó estudiando las formas de su cuerpo; desnudo con su ágil elegancia él parecía adivinar cómo se dolía por contemplar su cuerpo. En efecto, Emma no podía apartar sus ojos de él.
Lujuriosa, eso es lo que era. Tan mal se comportó, al igual que Hermia al perseguir aristócratas para sus bocetos de arte. Pero Adrian era una obra maestra de la naturaleza. Su pecho desnudo podría haber sido esculpido en mármol, sus fuertes músculos y cicatrices eran un testimonio de su fuerza.
De hecho, estaba tan impresionada que bajó su mirada apreciativamente por sobre su duro y pesado pene que colgaba como acero pulido entre sus muslos. Un suspiro de puro deseo se le escapó. Era un hombre por el que cualquier mujer lloraría.
Cerró sus ojos colocando una máscara sobre sus pensamientos. Y le oyó reír mientras deslizaba su hermoso cuerpo en la cama. -Está bien que me mires, lo sabes -dijo, deslizando sus dedos por sus pechos, dando a cada pezón un pequeño tirón hasta que se pusieron duros y rugosos.
– Quiero verte -susurró-. Eres tan hermosa.
– Eres mejor que las cerezas con nata. ¿Te gustó lo que hice?
Ella se retorció contra su suave caricia, estaba insoportablemente sensible. -Yo creo que mi posición actual habla por sí misma.
Deslizó su mano libre por su parte inferior poniéndola de costado. -Entonces probaremos otra posición.
Levantó su mano de la palpitante carne que había estimulado recientemente, inhalando profundamente. Y entonces como si fuera un manjar, lamió la esencia de sus dedos. Estaba demasiado sorprendida y excitada para reaccionar. Sentía la satinada piel de su pene presionando entre las mejillas de su trasero, penetrando poco a apoco en su hendidura. La sensación, el placer de su enorme eje presionando en su vagina, le robó el aliento.
Ella arqueó sus hombros anticipándose. Él llevó sus manos hasta sus pechos y tiró de sus pezones entre sus dedos.
– Ahora -susurró, mordiendo su nuca-, quiero que olvides todo lo que sabes sobre ser una dama.
Rio entre dientes ante su indignado grito de asombro, pero un momento después estaba demasiado absorta en su pene hundiéndose en su vagina para pensar mucho menos hablar. Las paredes húmedas de su envoltura lo abrazaban en señal de bienvenida. Con cada centímetro que introducía en su interior podía sentir su carne resistiendo, las pulsaciones de su eje.
Sintió un escalofrió que recorrió su espalda. Enviándolo por encima del borde. Su dulce Emma tenía una espalda preciosa, mucho atractivo sexual y un bien formado trasero de cortesana. Suya. Casi estaba completamente en su interior. Sus dientes dolían.
Solo suya.
Levantó sus brazos sobre su cabeza, lanzando un gruñido suave, embistió fuertemente. Ella se resistió, gimiendo sobre la almohada, y elevándose sobre sus rodillas.
Él giró la cabeza, temiendo que si veía su delicioso cuerpo introduciéndolo en ella, derramaría su semilla sobre su muslo.
– ¿Te duele? -susurró, no muy seguro de poder detenerse en ese punto, de todos modos.
Ella sacudió su pequeña cabeza. -Solo un poco.
Él empujó. Ella arqueó su pelvis y giró sus caderas con una lentitud exquisita, enfundándose hasta la empuñadura. Se retiró, luchando por respirar, bombeándola cada vez más rápido hasta que sintió su pene a punto de estallar. Ella se quejó suavemente, tensando su cuerpo, mientras él se repetía que ya no era virgen, aunque no tenía mucha experiencia. Era una mujer que no había hecho el amor en años, pero que lo estremecía tanto que se quedaba sin palabras.
Por un momento tuvo miedo. Su falo era excepcionalmente grueso, y estaba a punto de perder el control. Escuchó sus jadeos, sintió sus suaves manos agarrar sus nalgas, frotar su suave botón contra él, animándolo a continuar. -No te detengas -susurró en voz baja, excitándolo-. Hagas lo que hagas…
No necesitaba decir nada más para dar rienda suelta a sus instintos.
Echó la cabeza hacia atrás y le dio lo que su cuerpo anhelaba. Sin sentido, se impulsó dentro y fuera, tan apretado, empujando fuerte en su interior. Su vagina absorbió todo el calor, el dolor de cada pulgada de él. Un gruñido de placer salió de su garganta.
– Muy bien -murmuro él. Ella se hundió en él, profundamente, tanto que lo asustó. Tenía que poseerla. Estaba consumido de deseo.
Tiró de sus caderas y la levantó contra él, tensando su cuerpo con los espasmos del clímax más potente que había conocido, moviéndose hasta que no podía respirar, entregándose a ella, con sus sentidos fragmentados y su corazón retumbando en su pecho y su cabeza.
Ella se sacudió debajo suyo, como si también se estuviera rompiendo, sostenida por su fuertes brazos alrededor de su cintura. Abrazada a él. Rogando a Dios tenerla entre sus brazos y hacerle el amor todas las noches, durante el resto de su vida, junto a él, en paz, con la única mujer que lo entendía y que llenaba de luz su vida.
Por fin se retorció contra su brazo, besando su cuello. Con renuencia se retiró de su cálido cuerpo para acostarse a su lado. Su dorado cabello cubriendo su piel como un velo. Lamentó nuevamente, su propósito de seducirla con una intensidad excesiva esa primera vez. Deseaba haber esperado para poder darle la atención que se merecía.
Era un hombre que había aprendido a marcar el paso del tiempo, solo a través de grandes acontecimientos. La muerte de su madre. La primera Navidad en que su padre admitió que pensaba que él no era su hijo. El día que abandonó su hogar, en octubre, mientras los graznidos de los cuervos se oían en la distancia.
El día que conoció a Emma.
Era una bendición no haberla perdido, que sus hermanos no la enviaran lejos. Y como no podía encontrar palabras para expresar lo que sentía, rodó sobre su costado y la besó, con la esperanza de que de alguna manera ella lo entendiera.
Ella cruzó los brazos alrededor de su cuello y se apretó contra su cuerpo húmedo. Una oleada de deseo arrojó por tierra sus nobles intenciones. -Emma -deslizando una mano por su trasero-. Tengo que hablar con tu hermano. Tus hermanos.
– ¿Ahora?
Su delicado cuerpo se deslizo fuera de su alcance. Antes de darse cuenta, ambos estaban sentados sobre la cama con la colcha entre sus piernas. Se veía tan desaliñada, tan deseable que anhelaba haber tenido el buen sentido de mantener la boca cerrada.
Pero había llegado el momento. Esta no era una indiscreción de la que se reiría en pocos meses. Lo que hizo, entrar en su habitación y seducirla, contrayendo así una deuda de honor. Afortunadamente, estaba más que dispuesto a pagarla, aunque deseaba haberlo hecho con más delicadeza.
– Seguramente no estarás pensando bajar y anunciar tus intenciones ¿ahora? -preguntó con una voz que no solo le hizo enderezar sus hombros, sino alcanzar una sabana para cubrir sus partes privadas-. ¿Después de lo que acabamos de hacer?
– Es preferible a que nos encuentren aquí, ¿no?
Ella lo miró con horror. -Preferiría ahogarme en el Támesis.
El hizo una mueca. Su ansiedad era contagiosa. -Voy a admitirlo ante toda tu familia…, el Príncipe Regente y cada poder de Europa, para reclamarte como mía.