Выбрать главу

Lo miró fijamente y comenzó a reír.

Alzó la frente. -¿Es que eso será de ayuda?

– No eres justa con todos los poderes de Europa.

Él le dio un beso en la nariz, cuando le dio otro ataque de risa. -¿Que le pasó a tu decoro, señora?

– Tú.

Él se levantó y se dirigió hacia la ventana, luciendo su escultural cuerpo desnudo.

– Proteger mi honor está muy bien- dijo Emma a su espalda-. Sin embargo, debes esperar hasta mañana.

– ¿Estás segura? de alguna manera siento que no debemos esperar.

Emma recuperó sus prendas de debajo de la ropa de cama desarreglada y se las colocó rápidamente. Nada unía mejor a los Hermanos Boscastle como una crisis. Emma literalmente resplandecía cuando los demás se veían obligados a depender de ella. -Creo que deberías salir silenciosamente.

– Demasiado tarde -murmuró desde la ventana por la que había entrado en su habitación.

La sangre se le enfrió mientras se colocaba detrás de él. -¿Que dices?

Sacudió la cabeza con incredulidad. -La escalera no está. Esa golfilla debe haberla movido. Me ha traicionado.

Miro sobre su hombro impotente. -¿Golfilla? -Se dio cuenta de lo que había dicho. Incluso completamente vestido, su proximidad perturbaba su lógica-. Oh, no, Adrian. Por favor, no me digas que solicitaste la ayuda de Harriet para tramar esto. De todas las ideas estúpidas…

– Quería verte. No había alguien más neutral en esta casa que me ayudara -él se encogió de hombros tímidamente luego se paso una mano por el pelo en un gesto que despertó arraigados instintos protectores en Emma. Ella había curado narices rotas de sus hermanos, vendado sus cortes y arreglado sus espadas de juguete en más ocasiones de las que podía contar. Curando el orgullo herido cuando era necesario, aunque no estaba totalmente convencida de que sus hermanos hubieran aprendido mucho de sus fechorías juveniles.

En cambio, había adquirido una experiencia invaluable de la mente masculina. Parecía un hombre lleno de orgullo y vulnerabilidad a partes iguales, de crudeza y una violencia indescriptible en sus peores momentos, de valor y sacrificio en su mejor momento.

Ella siempre había insistido que sus hermanos se defendieran por sí mismos, incluso cuando se escondían bajo sus alas para que los defendiera si era necesario.

Ahora, tan increíble como era, se estaba enfrentando contra los mismos hombres que había formado para ser sus protectores.

Adrian se echo a reír. -Parece que voy a tener que encontrar otra forma de escapar.

– ¿Crees que podrías trepar por el árbol que esta fuera de mi ventana? -le pregunto con ansiedad.

– Podría subir incluso dormido -replico él-. Sin embargo, no serviría de nada mientras Drake esté sentado en el banco del jardín, debajo de la ventana, fumando un cigarrillo.

– ¿Drake? ¿Estás seguro?

– No, a menos que haya un gnomo en tu jardín que fuma puros.

– No creo haber visto jamás a Drake sentado debajo de mi ventana antes. ¿Qué se supone que voy a hacer contigo ahora?

Se puso la camisa y los pantalones, para cubrir su desnudez. -Voy a salir a hurtadillas por las escaleras y si alguien me atrapa, supongo que tendré que decir de acabo de entrar en la casa.

Ella negó con la cabeza. -Es de mala educación entrar en una casa sin ser invitado. Nadie te creerá.

Beso la parte superior de su cabeza. -No es tan grosero como lo que estábamos haciendo, confía en mí. Dame mis botas, mi amor. No importa lo que me pase, valió la pena.

Con un bufido, salió debajo de la cama. Un momento después, estaba entre sus piernas, besándole, su lengua acariciando la suya como si tuvieran todo el tiempo del mundo para satisfacer su pasión.

– Me voy ahora -murmuró, liberándola con renuencia-. Pero que sepas que me está matando. Regresaré cuando haya hablado con tu familia. Oh, Emma, necesito estar contigo. Nos necesitamos.

Miro hacia la ventana. -Tal vez Drake ya se fue. Echaré un vistazo.

– Mirare fuera de tu puerta -dijo suspirando con desgana.

Se reunieron de nuevo en el centro del dormitorio quince segundos después.

– ¡Todavía está allí! -exclamó.

Adrian frunció el ceño. -Disimulando está recostado en el rellano de la escalera en una posición estratégica. Por lo que vi, está listo para acampar toda la noche.

– Es una trampa -dijo de espaldas contra la pared-. Adrian, hemos caído en una trampa Boscastle.

Miro a su alrededor ansiosamente. -¿Supongo que no hay puertas secretas o agujeros donde ocultarme a mi alcance?

– Lo siento -murmuró.

– Tus hermanos habrán tenido sus andanzas a escondidas en sus días, ¿no?

Ella le frunció el ceño. -Lamentablemente eso no lo puedo negar.

Se colocó a su lado. -¿A dónde lleva esta puerta? -pregunto, señalando hacia su vestidor.

– Allí duerme mi dama de compañía, y no entraremos sin anunciarnos antes. Tiene cuarenta y dos años y nunca ha tenido un hombre en su habitación.

Se arrodilló y miró por la cerradura de bronce. -Bueno, hay dos hombres allí ahora, pero ni rastro de la señora.

– ¿Qué? -incrédula, inclino la cabeza para mirar ella misma. -Que Dios nos ayude. Son Grayson y Weed.

Se enderezo con una resignada sonrisa. -Entonces, es una emboscada. Supongo que solo nos queda enfrentarlos juntos. Toda ruta de escape está bloqueada. Devon debe estar en la puerta de en frente.

Se levantó, alejándose de él. -Prefiero quedarme en mi habitación por el resto de mi vida antes que enfrentarme a mis hermanos en una situación así. Me harán la vida imposible y van a saborear cada momento.

– No tendrás la culpa de nada -le aseguro-. Yo soy al que darán una paliza. Por favor, asegúrate de darme un entierro apropiado.

Ella palideció ante la sola idea de una confrontación en su dormitorio entre Adrian y sus hermanos. Solo podía rezar para que controlaran su indignación y recordarles a sus alumnas. El escándalo de su romance aparecería por la mañana en todas las casas de Londres. Solo podía imaginar el cacareo de alegría de la vengativa Alice Clipstone al enterarse como su rival había sido sorprendida infraganti.

Sonrió de repente. Adrian tenía razón, sin embargo. Atrapados o no, esta noche juntos había valido la pena. Su amor significaba para ella mucho más que su reputación, que aun le importaba, pero ella no quería manchar a los demás por asociación. Pero la felicidad, la pasión, el amor de su vida.

Él valía la pena.

Él la necesitaba.

Regresó hacia el dormitorio. Arrastrándola con él. -Estás equivocado -murmuró-. Soy yo. Ellos quieren azotarme. He sido de todo menos humilde en la búsqueda de sus mejores intereses.

– ¿Discúlpame -se preguntó, girando para mirarla-, tus hermanos te lastimarían?

Ella sacudió la cabeza con impaciencia. -No de una manera física. Sin embargo, me veré obligada a escuchar sus burlas por el resto de mi vida. Nada les gustaría más a esos picaros que cogerme en una falta después de todos los sermones que les he dado. Brújula moral de la familia, suelen llamarme.

– Es mi culpa, sin embargo. -Tomando sus manos entre las suyas-. Déjalo en mis manos, Emma. ¿Alguna vez has tenido una relación con otro hombre?

– Por supuesto que no -señaló con un suspiro, con una vacilante sonrisa-. Muy bien. Lo enfrentaremos juntos. Seremos valientes.

Alguien llamó suavemente a la puerta principal de su dormitorio. Se quedó sin aliento, de repente no se sentía tan valiente.

– ¿Quieres que abra la puerta? -ofreció.

– Escóndete en el armario, hasta que te diga que puedes salir -susurró-. Tal vez pueda convencer a quien sea que se vaya.

Sonrió con tristeza. -¿Crees que hay una oportunidad?

Trago saliva. -Creo que Napoleón tiene más posibilidades de escapar de la isla Elba que tu de dejar esta habitación sin ser detectado.