Adrian le permitió dar dos vacilantes pasos hacia la puerta antes de decidir que tendría que intervenir. Paso junto a ella, sin darle tiempo a detenerlo. Realmente quería decir lo que dijo acerca de estar juntos el resto de sus vidas, era hora de probarse que era un hombre de palabra.
Su mirada buscó a Emma. Parecía tan aterrada que por un instante dudó. Él no era un hábil diplomático o un maestro de las buenas costumbres. Pero entonces el orgullo masculino se impuso.
Y abrió la puerta.
CAPÍTULO 16
Heath entró en la antecámara de la doncella, adosada a la pequeña suite de Emma. Su hermano Grayson merodeaba inquieto en el confinado espacio. -¿Algo interesante de que informar?
– Sí. Hay una tabla suelta en el suelo, frente a la ventana, que cruje.
Heath rió por lo bajo.-¿No hay señal de los amantes?
– Ni un atisbo. -Grayson entrecerró los ojos-. ¿Y las demás mujeres?
– Que yo sepa, todavía están en el salón pasando el rato y cotilleando. A propósito, Jane está aquí.
– ¿Jane? -Solo por un momento, Grayson pareció sorprendido-. Ya veo. Bueno, tal vez quiera un consejo sobre sus nuevos zapatos.
Heath vaciló. -Esperemos que sea eso.
– ¿Qué quieres decir?
– Nada. Es solo una sensación. Con todas esas mujeres reunidas…
– Todas las rutas de fuga están vigiladas, ¿No es así? -Grayson sonrió, satisfecho-. No hay un lugar por dónde Adrian pueda salir de la casa, sin encontrarse al menos con uno de nosotros.
Adrian se había preparado, tanto física como mentalmente, para defender su posición ante los hermanos de Emma. Lo cierto es que estaba más preocupado por defenderla, y dispuesto a cargar con las culpas de lo ocurrido. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo reaccionar al entreabrir la puerta, y encontrarse dos mujeres esperando en el pasillo.
La más joven, a quien Adrian reconoció como Jane, cuñada de Emma y Marquesa de Sedgecroft, tomó ventaja inmediata de su sorpresa y metió un pie por la estrecha rendija. Se tensó al darse cuenta de quién la acompañaba; el infierno en persona. La acompañante de Jane no era otra que Hermia, Lady Dalrymple, la dama de grandes huesos y artística malicia.
Jane cerró la puerta y le dio una vuelta a la llave con rapidez.
La miró fijamente. -¿Está todavía Hamm en la escalera?
– Sí -respondió pegando el oído a la puerta-. Y Devon patrullando el pasillo de la entrada. Toda la casa está rodeada por los enemigos del amor verdadero.
Emma se cubrió la cara, mortificada.
– Hay una explicación perfectamente comprensible de por qué me estoy escondiendo -empezó Adrian pero vaciló ante la mirada directa de Jane-. La hay -insistió-. ¿No es cierto, Emma?
Los oscuros ojos verdes de Jane destellaban de júbilo. -Bueno, dudo que apacigüe a cuatro demasiado protectores hermanos Boscastles.
– ¿Cómo supiste tú que estaba aquí? -preguntó Emma suavemente, bajando las manos.
– Charlotte le aplicó a Harriet la tortura Boscastle -respondió Jane.
Adrian abrió la boca para maldecir, pero recapacitó. -¿Te mandaron para hacerme prisionero? -le preguntó a Jane frunciendo el ceño.
– No. Vengo con un plan para que escapes.
– ¿Un plan? -sonrió, escéptico-. Lo veo imposible, pero agradezco tus esfuerzos en mi favor.
Emma abandonó súbitamente su triste expresión y se paró frente a él. -¿En qué consiste, Jane? ¿Julia y Charlotte también participan?
Jane asintió. -Todas las fuerzas femeninas, incluyendo a Chloe, están movilizadas y listas para poner en marcha las distracciones que hagan falta.
– Entonces proceded -dijo Emma, ahogando un suspiro-. Jane, no sé cómo agradecértelo.
Jane le sonrió con afecto. -Al entrar a formar parte de esta familia, fui entendiendo lo mucho que Grayson se preocupa y cuida de todos y cada uno… y también yo lo hago. Sin embargo, mi esposo y yo no pensamos lo mismo cuando se trata de ejecutar sus deberes hacia los que ama.
Adrian se limpió la garganta. -Perdona, pero…
– Sí. Dilo de una vez, Jane -dijo Hermia, desabrochándose la pesada capa de terciopelo dorado-. No tenemos toda la noche, y la oscuridad es nuestra aliada.
Jane cerró la boca con fuerza. -Tienes toda la razón. Siéntate Adrian… Tendrás que quitarte las botas.
– ¿Las botas? -dijo con la mirada en blanco, mientras se sentaba obedientemente en la silla.
– Tu peluca, Hermia -Jane estiró la mano.
Adrian se puso pálido al entender en qué consistía el plan. -¿Su peluca? No puedes estar sugiriendo… espera un momento… cuando dije que haría cualquier cosa para…
Hermia se quitó los canosos rizos rubios y se aproximó a la silla con el ceño fruncido. -Nuestro pelo era de un color parecido en nuestra juventud. Sin embargo, no recuerdo haber tenido la sombra de una barba en la mandíbula. Ni un hoyuelo en la barbilla.
– Bueno, no hay tiempo para afeitarle.
Emma negó con la cabeza hacia él con simpatía, avergonzada. -Lo siento Adrian. Realmente me duele ser testigo de tu humillación.
– No tanto como me duele a mí -balbuceó.
– Emma, si no quieres mirar -dijo Jane desabrochando el collar de Hermia -serías más útil quedándote, asegurándote de que Grayson no entre.
Emma retrocedió un paso.
– ¿No hay otra forma de sacarme a hurtadillas de la casa? -preguntó Adrian, sin esperar contestación.
Jane frunció el ceño mientras le colocaba la peluca. -¿Tienes una sugerencia mejor? Si es así, dila de una vez. El conde de Odham está afuera, esperando en su carruaje para recoger a Hermia. Está de acuerdo en ayudarte a escapar.
– ¿Y quién es el conde de Odham? -exigió, sintiendo como un actor en una improvisación teatral.
– Es un noble ya mayor que cortejó a Hermia hace algún tiempo -respondió Jane.
– Y me traicionó -agregó Hermia.
Adrian frunció el ceño. -Lamento escucharlo.
– No es necesario -dijo Hermia con una sonrisa implacable-. Lo ha estado pagando desde entonces. Puedes confiar en él. Nunca más me ha vuelto a engañar.
– ¿Se te ocurre otra idea, Emma? -preguntó Adrian esperanzado.
– Toda mi vida -respondió, remarcando cada palabra-, he intentado representar y obedecer las buenas costumbres, tal y como las entiendo.
– Es elegir engaño o enfrentamiento -dijo Hermia con franqueza-. Decídete de una vez, Wolverton.
– ¿Emma? -Adrian miró la peluca que se cernía sobre él, como si fuese la guillotina.
Esta asintió decididamente a Jane. -Creo que va a necesitar unas manchas de rouge si tiene que parecerse a Hermia. Y, cielo Santo, enrollémosle por lo menos los pantalones.
Adrian siguió a Jane por las escaleras, superando el escrutinio de Hamm. Aparentemente, el lacayo sentía aprecio por la robusta Lady Dalrymple, pues aunque se cuadró, e inclinó profundamente la cabeza a Jane, se quedó mirando lo que presumía era la fuerte figura de Hermia. -¿Puedo escoltar a su señoría al carruaje?
– No, no puedes, Hamm -dijo Jane firmemente-. Lady Dalrymple no se siente bien, lo que menos desea en este momento es que se deshagan en atenciones con ella.
Hamm pareció sufrir. -Lamento escucharlo. Espero que no sea nada grave.
– Es… -Jane vaciló-, ronquera, me parece. Debe irse a casa, ya, a descansar la voz.
– Por supuesto que debe hacerlo -dijo Hamm preocupado-. ¿Debo llevar un brasero de carbón al coche para que se caliente los pies?
Adrian maldecía por dentro, resistiendo la tentación de tirar a Hamm por las escaleras. Ya era suficientemente humillante tener que apoyarse en Jane para poder mantener el equilibrio. Apenas podía caminar con los zapatos negros de tacón con hebillas de Hermia, cuyas costuras habían descosido para poder embutir sus grandes pies.
– Su señoría no necesita que la mimen -dijo Jane con sonrisa tensa-. Si estás preocupado por su bienestar, abre la puerta para que el conde pueda llevarla a su casa.