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Adrian asintió vigorosamente.

– ¿Es usted, Hermia? ¿Y tú, Jane? -Lord Devon Boscastle, el hermano menor de Emma, echó un vistazo, deteniéndose al final de la escalera-. ¿Se va a casa?

Adrian frunció el ceño entre las sombras de la capucha que le ocultaba el rostro. Se debatió entre hacer una escapada rápida por el pasillo, o volver corriendo escaleras arriba, como un cobarde. Prometió que si Jane lo sacaba de este lío sin que Emma pasara más vergüenza, pondría su nombre a su primer hijo en homenaje, y emplearía a todos los zapateros de Europa, para qué mantuviesen sus delicados pies a la moda.

– Hermia no se siente bien, Devon. -Jane tomó a Adrian de la mano y tiró de él para acabar de bajar los últimos peldaños-. Es un problema de garganta y no debe respirar el húmedo aire nocturno. Serías un encanto si me traes los guantes que me he dejado en el salón.

Devon se enderezó, con expresión pensativa. -Bueno, en realidad se supone que debo estar en…

– ¡Devon! -su hermana Chloe vino corriendo por el pasillo y se lanzó sobre él-. ¡Eres un muchacho travieso! No te he visto desde hace una eternidad. Hablaba con Dominic de lo mucho que te he echado de menos.

Devon miró sobre su hombro a Adrian y a Jane, resistiéndose cuando Chloe trató de empujarle al otro lado. -¿No cenamos juntos hace tres días?

– Esto -le susurró Adrian a Jane, tirando de la capa de Hermia en sus hombros-, es una indignidad de la cual no me recuperaré.

Jane avanzó, su voz baja y estable. -Por favor, camina, Hermia, y no fuerces la voz con cháchara inútil. Ah, ahí está tu fiel Odham.

Adrian se tropezó con la hebilla de uno de los zapatos y hubiera acabado en el suelo si Jane no le hubiese prestado su hombro para apoyarse. El conde, un hombre vivaracho en la sesentena de pelo blanco, enamorado de Lady Dalrymple durante años, cruzó la calle desde su carruaje.

– ¿Sabe Odham el por qué de esta farsa? -preguntó Adrian con los dientes apretados.

Jane se encogió de hombros. -Se suponía que Julia tenía que decírselo. Pero no sé si logró traspasar la vigilancia de Heath.

Frunció el ceño. -¿No está Odham enamorado de Hermia? ¿Cómo voy a explicarle…?

– Sube a tu carruaje, mi pequeña flor traviesa -dijo Odham, deslizando su brazo, conspiratorio, por el de Adrian-. Excelente actuación, Wolverton. Me recuerda mis días de libertad. Un pequeño disfraz solo aumenta el deseo, ¿eh?

Súbitamente Adrian se vio trasladado de la calle al carruaje que esperaba. Apenas se había liberado de los zapatos, cuando Odham lo empujó al asiento y golpeó con los nudillos el techo. El cochero instó a los dos caballos a un trote rápido.

Odham dio un golpe con el pie de regocijo. -¡Lo logramos! Es lo más divertido que he hecho, en décadas. Hermia ha sido conocida siempre por su atrevimiento. Y que el cielo me ayude, Wolverton, te digo que esa mujer me vuelve loco. Y ahora he inclinado la balanza a mi favor.

Adrian se quitó la capucha, con expresión hosca. -No quiero parecer grosero. Obviamente estoy en deuda con usted de por vida. Sin embargo tengo que preguntarle, ¿ya nos conocíamos?

Los ojos oscuros del conde se iluminaron. -Hablando de un canalla a otro… ¿tiene importancia, realmente?

Adrian gruñó y miró por la ventana. Jane estaba en la acera con sonrisa satisfecha. Un hombre alto salía de la casa. No pudo saber cuál de los hermanos Boscastle era. Pero algo era seguro, la intrigante de Jane lo mantendría alejado.

Y mañana ya pagaría al diablo.

Heath se quedó al lado de su cuñada Jane, observando el carruaje que partía en la noche. Una horrible sospecha apareció en su mente. ¿De qué acababa de ser testigo? ¿De una fuga? No era posible. Finalmente Jane se volvió hacia él, suspirando profundamente. -Es tarde, ¿no? Debo acostar a mi hijo. ¿Grayson está con Drake?

Heath miró el carruaje que desaparecía. Una reticente sonrisa cruzó su rostro. -Por lo que sé, continúa arriba.

Jane lo miró. Una actriz notablemente convincente. -¿Arriba? ¿Haciendo qué? Creía que teníais vuestras cábalas masculinas en tu estudio.

Una divertida voz femenina les interrumpió. -¿Qué estáis susurrando, que no me he enterado?

Heath se giró. Su corazón no dejaba de reaccionar nunca a la presencia de su esposa. Incluso cuando, como estaba empezando a sospechar, Julia y las demás damas de la familia lo habían engañado.

Negó con la cabeza. No. No podía ser, pero… -¿Dónde está Tía Hermia?

Julia bajó los peldaños y puso la cabeza en su hombro. -Me parece que continúa arriba con Emma.

Pero Devon preguntó… -¿Quién se marchó en el coche de Odham?

Jane lo condujo de vuelta a la casa. -Odham, por supuesto. No creí que necesitaras preguntarlo.

Heath apretó los labios. -Pero creía que Hermia…

Julia se separó de él frunciendo el ceño. -Hermia está con Emma, Heath. Si estás preocupado por ella, estoy segura de que no tendrá ningún problema en confirmarte que está bien, aunque me parece que le dolía la garganta hace un rato.

– Ya veo -murmuró Heath.

Volvió caminando lentamente a la casa, subió las escaleras y se detuvo ante la puerta cerrada de la habitación de Emma. Allí fue, donde, varios minutos después, lo encontró su hermano Grayson.

– Entremos por sorpresa -dijo Grayson con el puño en la puerta. Está durando demasiado. Wolverton no puede ocultarse para siempre.

Heath negó con la cabeza. Un hombre sensato sabía cuando abandonar la partida. -Como quieras Grayson. Sin embargo, preferiría que no estropearas la puerta.

Grayson golpeó con fuerza.

Emma abrió, agitada. -Grayson -dijo molesta-. ¿Qué ocurre? ¿Por qué estás haciendo tanto escándalo? ¿Hay alguien enfermo?

La empujó a un lado y entró. -¿Por qué no sale Adrian de su escondite y responde a esa pregunta? ¿Está en tu baño?

Parecía ofendida. -Grayson Boscastle. Te prohíbo que des un paso más.

Se congeló. Tan imperativa había sido la orden. -No te culpo, Emma -dijo después de un momento-. Wolverton es un hombre atractivo. Heredero de un duque o no, tendrá que…

Se detuvo, tomó aire, y abrió la puerta del baño, para retroceder alarmado ante el chillido indignado que recibió su entrada.

– Oh, cielos. Oh, Dios Todopoderoso. Hermia… no tenía ni idea. Yo no…

Lady Dalrymple se plantó frente a él, sin peluca, con las manos en la cintura, su amplio pecho con multitud de arrugas, se estremecía. -Espero que tengas una explicación para esta invasión, Sedgecroft.

A Grayson se le quedó la cara de piedra de la impresión, incapaz de pronunciar ni una palabra en defensa propia. Hasta que Heath, riendo a carcajadas, lo empujó a un lado. -Se acabó.

– ¿Qué demonios quieres decir? -demandó Grayson, tropezando otra vez en el pasillo.

– Nos han vencido -dijo Heath con sonrisa compungida-. Es momento de retirarse.

– ¿Lo has encontrado? -preguntó Devon desde la entrada.

La voz grave de Hamm resonó a su espalda. -Lord Wolverton no ha cruzado las puertas de la entrada principal, señorías. He mantenido mi posición, tal y como me pidieron. No hay forma posible de que haya escapado a nuestra vigilancia.

Grayson se volvió a Heath con expresión airada. -¿Estás absolutamente seguro que Wolf estaba aquí?

Heath negó con la cabeza. -Debería haberlo imaginado -comentó asombrado.

– Yo lo sabía.

Grayson lo miró disgustado. -¿Entonces por qué no tomaste las medidas necesarias?

Heath sonrió.

Emma permaneció despierta toda la noche, o más bien lo que quedaba de ella, susurrando acerca de su compromiso secreto con las conspiradoras Julia, Chloe, Charlotte y Tía Hermia. Ahora que había aceptado la proposición de Adrian, y había admitido lo que sentía por él, no encontró ninguna razón para no compartir su alegría.